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Full text of "Jose Enrique Rodo 1947 Ariel"

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ARIEL 


Copyright hy 

COLOMBINO Hnos. Ltda . 

Piedras 477 - Montevideo - Uruguay 
Se ha hecho el deposito que marca la Ley 




A LA JUVENTUD DE AMERICA 








RODO 

\ 



COLOMBINO Hnos. Ltda. Editores 

MONTEVIDEO - MCMXLVII 






O L O 


G 


O 


P R 


I 

He aquí un libro bello y noble, al cual ha sonreído la glo- 
ria. Estas páginas juveniles y magníficas han tenido un destino 
triunfal. Ellas han recorrido la América despertando en las almas 
un eco armonioso, moviendo el entusiasmo, dando orientación 
desinteresada a las inteligencias, impulsando la voluntad heroica 
del bien. Jamás en nuestro continente y en el campo del habla 
castellana, se había producido un caso semejante; ni en más 
breve espacio de tiempo, ni en forma tan completa, un sistema 
de ideas había alcanzado, no sólo el favor de numerosos lecto- 
res, sino la fuerza de seducción para convertirse, como por la 
gracia mágica de un milagro, en el evangelio de una genera- 
ción. 

Habría que remontarse en el curso de los tiempos hasta el 
momento en que Fichte expone en sus discursos a la nación ale- 
mana, después de las guerras napoleónicas, el ideal de una patria 
soñada; o al fervor con que la Francia de la primera Restaura- 
ción templó en las páginas del Genio del Cristianismo de Cha- 
teaubriand su mística sed, renovada a la sombra de sus glorio- 
sas catedrales, para encontrar, en la historia de los libros move- 




dores de la conciencia colectiva de los pueblos, un caso, si me- 
nos amplio por la extensión de sus consecuencias inmediatas, 
análogo por la eficacia de su fervor ideal. 

La concordancia del contenido de su ideario con el estado 
psíquico colectivo, ha sido al par de su belleza plástica, una de 
las causas de su éxito triunfal. En él no han influido, ni el nom- 
bre del escritor — entonces casi desconocido en América, fuera 
del limitado círculo intelectual de su ciudad y de su patria, ni el 
prestigio del país, pequeño territorialmente y desprovisto, en el 
momento de su aparición, de la resonancia internacional que 
justicieramente, factores de índole especial no ajenos al conte- 
nido de la doctrina de Ariel y al sentido de su propaganda, han 
contribuido a singularizarlo dignamente, en el concierto de los 
pueblos latinos del Continente. Ni siquiera el de servir su pré- 
dica a determinada orientación política, o religiosa, que pudiera 
encontrar fácil arraigo en la comunidad de las diversas patrias 
de América, ha influido para extender el éxito de una difusión 
que sólo se ha abierto el camino, por la vía de la belleza y del 
arte. 

¿Cuáles son en sí mismas, las razones del éxito inusitado, 
que han contribuido en medida diversa a determinar ese clima 
moral en que sus ideas sobre la función del arte, en sus rela- 
ciones con la vida y la moral, y el contenido ético de la obra, y 
han determinado fácil arraigo en el alma de la juventud del 
continente? 

¿Por qué causa esas meditaciones del pensador solitario han 
abierto el camino de las almas y ha bastado su exposición mag- 
nifica, cumplida con singular e incomparable acierto, para con- 
vertirlas en el credo triunfal, en el programa soñado de la Amé- 
rica que se extiende desde el "golfo de México hasta los hielos 
sempiternos del sur”? 

Explicarlo someramente, importa la revisión del proceso 
mental de América — en la década final de la pasada centuria, 
bajo la acción directa de las grandes corrientes del pensamiento 
europeo. Es asistir virtualmente al drama moral cumplido en 
el alma de la generación, llamada en el albor del siglo a reco- 
ger su herencia magnífica y buscar la fórmula de su destino, 


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entre las sombras angustiosas del pasado y las luces indecisas del 
porvenir. 

Si Ariel, aparece a la generación de 1900, como un súbito 
y glorioso relámpago del genio del gran escritor, en lo que se 
refiere a su concepción y realización, no carece de antecedentes 
en el proceso espiritual de Rodó. Su anuncio inmediato está 
virtualmente contenido en las páginas juveniles de El que ven- 
drá , síntesis de ajustada belleza, en que su autor pasa revista 
en sus grandes líneas al movimiento literario, a la evolución de 
sus escuelas y tendencias y se detiene en actitud de ansiosa ex- 
pectativa ante el misterio, que el destino plantea, reclamando 
al revelador. Sin más conexión inmediata que la posición inte- 
lectual que el autor asume ante la vida, son dos obras que es 
necesario correlacionar en la perspectiva histórica y que cons- 
tituyen en cierta manera el antecedente y el complemento lógi- 
cos de un estado de espíritu, son dos momentos diversos, unidos 
por la estrecha e íntima relación de un proceso mental y de una 
actitud ética, en que el pensador, como fruto de su reacción per- 
sonal íntima, llega a la concepción amplia y armoniosa de un 
ideal de la vida y de la acción. / 

La atmósfera moral de los tiempos presentes en América, 
cargada todavía de los odios que la tempestad de la guerra ha 
desencadenado sobre el mundo, y ensombrecida con sus fulgu- 
raciones la tradición liberal y generosa, por las perturbaciones 
que en ella han determinado la creciente invasión de fermentos 
de reacción atávica y de barbarie ideológica extraños a su vo- 
cación de libertad, es de tal modo distinta a la de lps días sere- 
nos en que surgiera Ariel, que — a no mediar el esfuerzo de 
revivir el tono vital de aquel momento — puede incurrirse en el 
error de considerar somero el contenido del libro, cuanto lo de 
encontrar limitadas o pequeñas sus fórmulas. 

Esa falta de perspectiva en la visión ajustada a la realidad 
del momento histórico, ha originado en buena parte las defi- 
ciencias críticas de algunos de sus censores, al no colocarse en 
el punto justo de la época, prescindiendo del contenido del 
pensamiento del gran escritor. Quien encuentra incompleta su 
visión de la democracia americana, juzgando de las observa- 


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ciones de Rodó en su tiempo, antes de que aquélla rescatara con 
su sacrificio en las dos guerras mundiales, la parte del espíritu, 
libertándose de la servidumbre de Calibán. 

Quien, siguiendo las orientaciones del materialismo histó- 
rico, se queja de que el pensador se mantenga extraño al con- 
flicto de clases; quien reclama porque no es un filósofo y for- 
mule un sistema, cuando no se propuso establecerlo ni crearlo; 
o quien desconociendo la exactitud de sus observaciones a la ma- 
nera estrecha de concebir el destino de la vida en el orden social 
y político, traslade al orden particular de un momento concreto 
de la vida, lo que fue concebido suh specie aeternitatis prescin- 
diendo de los accidentes del caso particular. Es una falacia en 
que se incurre con frecuencia, y contra la cual debe prevenirse 
la crítica serena e imparcial. 

Es lo que un escritor francés — ha llamado la prueba de 
los filósofos. 

En lugar de tomar un libro en su conjunto y seguirlo en su 
desarrolla, se le interroga sobre las cuestiones que cada uno se 
formula, por cuenta propia, pidiéndole la respuesta inmediata. 
Se le reclama adaptarse a una exigencia determinada, que el 
autor no ha previsto, ni entraba en su plan resolver, cuando lo 
que se impone lógicamente es someterse el lector al libro, e 
interrogarlo sinceramente en la vía y el plan que se trazara su 
autor. 


II 

Nació José Enrique Rodó en Montevideo el 15 de Julio de 
1872, en un hogar dignísimo vinculado por su rama materna a 
una antigua y conocida familia de su ciudad natal. Don José 
Rodó, su padre, era de origen catalán. Doña Rosario Piñeyro, 
su madre, era uruguaya. El propio José Enrique, al arribar a 
Barcelona, debía de destacar en una de sus correspondencias li- 
terarias, la pequeña sorpresa de tropezar con su apellido en 
uno de los comercios de la ciudad, así como el aprendizaje hecho 
de como debía pronunciarse su nombre, emitiendo la primera 
sílaba compuesta de ó y u sin fundirlas en una sílaba común. 


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Inició Rodó los estudios elementales en la "Escuela Elbio 
Fernández”, institución laica, fundada bajo los auspicios de la 
"Sociedad de Amigos de la Educación Popular”, que procuraba, 
respondiendo al ideal pedagógico, formar el carácter sobre la 
base del sentimiento de la dignidad humana, ajeno a toda en- 
señanza o tendencia dogmática. 

De su aprovechamiento singular son testimonio las altas 
clasificaciones obtenidas. La escuela tenía — con singular acierto 
pedagógico — un sistema de clasificación que se cumplía por 
ministerio de los profesores al par que con la intervención de 
los alumnos. Y justo es consignar, a favor de aquel ensayo del 
sentimiento de la responsabilidad juvenil, que el fallo de sus 
pequeños compañeros, ratificando el de los maestros, antici- 
para también el de la justiciera posteridad. Rodó resulta el pri- 
mero en las listas, no sólo por su aplicación y su talento, sino 
por su conducta. El niño precoz revelaba, en el doble ejercicio 
de la inteligencia y de la acción, lo que sería el hombre lleno 
de dignidad y de nobleza, que fuera más tarde en su gloriosa 
madurez. 

También su vocación de escritor tuvo oportunidad de ma- 
nifestarse temprano, redactando con sus compañeros de estudios, 
algunos periódicos infantiles, como el que lleva por título: 
"Los primeros albores 

Poco más tarde, en 1885, inicia sus estudios de bachillerato, 
que lleva adelante, con cierta irregularidad, en cuanto a la asis- 
tencia de algunos cursos, pero con la suficiente continuidad, como 
para terminar aquéllos en 1894, fecha en que cierra la prepara- 
ción universitaria, con un examen de literatura excepcional en 
que obtiene la más alta clasificación en los dos cursos que en- 
tonces cofcnprendía la materia, dictada por el brillante periodista 
y crítico Samuel Blixen. 

Los que tuvieron oportunidad de tratarlo en las aulas, nos 
hablan de un joven singularmente aplicado en las materias de 
su preferencia, o en los puntos o temas que más particular- 
mente le interesaban, y que completaba a veces, las deficiencias 
de los cursos de la Universidad, bajo la guía de maestros parti- 
culares. Es así como estudió filosofía con el Dr. José Pedro Mas- 


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sera, e Historia Universal con el Dr. Miguel Lapeyre, bien que 
ambos catedráticos, no vacilaron en reconocer, atento al apro- 
vechamiento demostrado en el poco tiempo que aprendiera con 
ellos, que consideraban casi innecesario continuar su enseñanza. 

Si bien terminó el bachillerato, no parece sin embargo, que 
lo tentaran las carreras universitarias entonces accesibles: el de- 
recho, la medicina y la ingeniería. Las letras continuaron siendo 
por esos años de aprendizaje, el objetivo fundamental de su 
vocación. 

En 1895 funda con los hermanos Martínez Vigil (Carlos y 
Daniel) y Víctor Pérez Petit la "Revista Nacional de Literatura 
y Ciencias Sociales ” publicación literaria que alcanzó una rápida 
y merecida difusión. 

En ella Rodó se reserva, bien que no aparezca como función 
permanente, la tarea crítica y allí publica sus primeros ensayos 
a propósito de libros y autores, sobre los cuales se expide con 
ecuanimidad y con una penetración sorprendente, al par que su 
estilo refleja la potencia de un escritor dotado de todos los se- 
cretos de_ su oficio. 

Allí, entre diversos ensayos aparecen sus estudios sobre Juan 
Ma. Gutiérrez, El Iniciador, Juan Carlos Gómez, que más tarde 
han pasado al Mirador de Próspero y sus ensayos sobre la no- 
vela de Galdós, la crítica de Menéndez Pelayo, y las poesías de 
Balart. 

El don particular de gustar todas las formas de la belleza 
que estaba en el espíritu de Rodó, se revela desde el primer mo- 
mento en estas páginas, en toda la plenitud de su talento. La 
aptitud comprensiva, unida a la simpatía generosa, constituyen 
la nota personal de su acento. Ningún rasgo del carácter que re- 
vele una singularidad manifiesta de un escritor, escapa a su per- 
cepción finísima. Ninguna forma nueva o manifestación singular 
de la belleza, pasa inadvertida a su mirada zahori. Para este gus- 
tador eximio de todas las embriagueces de la belleza y del arte, 
su inquietud espiritual lo mismo le permite desentrañar las pri- 
meras manifestaciones o tentativas incompletas de los forjadores 
de nuestra modesta tradición literaria, que revelar en toda la 
belleza de su originalidad, el aporte glorioso de Rubén Darío, 


renovando los principios estéticos de la poesía nueva, que bajo 
el nombre de modernismo, surgió como una aurora en la últi- 
ma década de la pasada centuria. 

La formación intelectual de Rodó es una de las aventuras 
espirituales si menos conocida, por la natural reserva y la discre- 
ción con que acompañó siempre sus actos personales, digna de 
ser estudiada como un ejemplo fecundo a la manera que cabe 
serlo el caso singular de Stuart Mili — no ya por lo que pueden 
explicar su obra y sus ideas, sino en cuanto a que por su libertad 
y eficacia constituyen una pauta que revela la fecundidad dichosa 
de una amplia cultura libremente vivida y asimilada; es el 
"camino de perfección" que un hombre joven entre los 20 y 
25 años — realiza por sí heroicamente, proponiéndose por su 
esfuerzo' alcanzar una síntesis propia por sobre la superficial 
impregnación universitaria que resbala sobre el espíritu, sin pe- 
netrar en su entraña. 

Rodó rehace por sí mismo — en voluntarioso y tenaz es- 
fuerzo — el aprendizaje intelectual particularmente en letras, 
filosofía e historia. Ese trabajo, al margen de sus tareas de estu- 
diante, lo realiza por sí en todos los momentos, acudiendo a las 
bibliotecas, entregándose por entero, en la plenitud de los años 
que los jóvenes dedican a los placeres fáciles y al vagar errante, 
sin objetivo concreto, a ahondar día a día, el cauce de su propio 
saber. En "Motivos de Proteo ”, bien que en forma abstracta e 
impersonal está la huella de ese maravilloso viaje intelectual, 
que cumple amarrado como el forzado a su cadena, y cuya dig- 
nidad ejemplar resume o esboza en Ariel, en la figura estoica 
de Cleonte. Los que le conocieron joven, recuerdan a un mozí 
barbi lampiño, de agradable aspecto, estatura esbelta, y maneras 
corteses que atendía el despacho de una oficina de administra- 
ción de propiedades, situada en la calle Treinta y Tres, que po- 
seía su tío don Cristóbal Rodó, hombre de negocios, pero aman- 
te de la cultura y dotado de cierta instrucción. Allí el futuro 
crítico atenuaba lo prolongado del encierro y el tedio de las 
horas entregado a la lectura. De vez en cuando algún cliente 
interrumpía su ensimismamiento. Atendía entonces afable y 
presuroso, deseoso de volver cuanto antes al interrumpido co- 


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loquio con sus libros, y alejado el interesado visitante, volvía 
nuevamente al mundo de las formas soñadas de su incorpórea 
realidad. 

Esas lecturas personales, ajenas a la exigencia del examen 
o de la preparación angustiosa de la lección — no ya en los ma- 
nuales de información sintética, sino en las obras originales y 
fecundas, Rodó las continuó a lo largo de su vida. Durante 
años, concurrió con asiduidad a la Biblioteca Nacional — de 
la que por algún tiempo fué director interino — y a la Biblio- 
teca del Ateneo, donde fuera por mucho tiempo, tal vez el más 
asiduo lector (1). 

Este estudioso solitario y paciente amaba los libros con amo- 
rosa delectación. El culto del libro — cuyo valor directo había 
descubierto por su propia experiencia, surge a cada instante en 
su obra — ora exalte la virtud de los libros, como auxiliares 
poderosos de la cultura, o tónicos de la voluntad; ya colocán- 
dolos como el ornamento más digno en la sala del viejo maes- 
tro, al despedir el grupo de sus fieles discípulos para las jorna- 
das de la vida; ora dedique a la Imprenta el único canto de 
su juventud. Su noble preocupación por los libros, no cesa nun- 
ca. Cuando acaso la penuria editorial lo estimula como direc- 
tor de un diario a escribir sobre temas no necesariamente po- 
líticos, redacta artículos en el " Diario del Plata”, sobre la nece- 
sidad de dignificar la misión y el valor de la Biblioteca Nacio- 
nal, para que ésta sea lo que dignamente merece ser, y como 
diputado propone leyes, exonerando al libro de toda clase de 
derechos, al par que consagra el principio de la propiedad inte- 
lectual. 

Y para completar el rasgo de esta modalidad de su carácter, 
basta recordar que las contadas veces que su efusión lírica, (no 
pasan de tres composiciones), buscó en las formas métricas su 
realización artística, uno de sus sonetos, de factura parnasiana, 
que iguala alguno de los instantes de su prosa marmórea, lleva 


(1) El negro Felipe — portero del Ateneo — ¡todo una institución! me decía hace 
años mostrándome los gruesos volúmenes de la Historia de Lavisse y Rambaud : Vea niño 
(entonces mi escasa representación podía justificar la confusión) estos libros los leyó todos 
el Sr. Rodó. — Y Ud. cómo lo sabe? — Porque yo le servía los libros, agregaba entonces 
con cierta complacencia orgullosa. 


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por titulo: "Lecturas” y posee al propio tiempo, el carácter de 
una confesión literaria de preferencias y orientaciones. 

Esta simpatía por el libro es rasgo particular de los autodi- 
dactos. No porque no sean capaces de sentir y comprender el 
valor de la enseñanza impartida, sino porque en su inclinación 

se confunden a la par la confianza en el maestro y la devoción 
por la enseñanza. 

No obstante, pues, sus estudios universitarios, puede decir- 
se que Rodó fué un autodidacto tenaz y laborioso, pues la alta y 
superior cultura que alcanzó y que esfá de manifiesto en toda su 
obra, es efecto depurado de un largo y paciente estudio, cumpli- 
do con disciplina admirable y singular aprovechamiento, en que 
si lo primero es resultado de su voluntad paciente y bien orien- 
tada, lo segundo es el triunfo de una inteligencia noble, de un 
espíritu delicado y severo, capaz de gustar los más varios y sa- 
zonados frutos de la belleza y el arte. 

En el año 1898, el Rector de la Universidad doctor Alfredo 
Vázquez Acevedo, lo designa interinamente catedrático de lite- 
ratura, siéndole adjudicada más tarde la cátedra en propiedad, 
por nombramiento directo. 

Al año siguiente 1899, escribe su ensayo sobre "Rubén 
Darío ” el cual puesto al frente de la edición de París de "Prosas 
Profanas”, editado por la casa de Bouret, difundió el nombre 
de Rodó en todos los países del habla castellana y en particular 
en las repúblicas de Sud-América. 

Rodó declara en el estudio que es también modernista. Se 
siente solidarizado con el gran movimiento de renovación ar- 
tística que busca superar. 

"Yo también soy modernista”, expresa por su parte. Lo que 
si es que en el modernismo de Rodó — contrariamente a la po- 
sición de negación de sus secuaces — persiste un sentido com- 
prensivo de la belleza, que le permite gustar todas las esencias 
exquisitas de lo nuevo, al par que el valor incomparable de las 
creaciones del arte antiguo. Y como no es un iconoclasta, ni se 
presenta en actitud de rebeldía, ni procura destruir para crear, 
su posición ideológica le permite, admirando el arte nuevo, reunir 


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como los romanos en el Panteón, la gloria de todos los dioses de 
la tierra. 

En 1900, aparece Ariel. La crítica, representada por los jó- 
venes, lo recibe con admiración unánime. En poco tiempo la ti- 
rada de la primera edición ha desaparecido. La segunda edición 
que es del mismo año, ostenta ya como prólogo el artículo lau- 
datorio publicado por Leopoldo Alas (Clarín), en "Los Lunes”, 
de "El Imparcial”, de Madrid. 

Alas resume sustancialmente el contenido del libro, y pre- 
cisa para los lectores españoles su modalidad singular. 

"Ariel, no es una novela — dice — ni un libro didáctico; 
es de ese género intermedio que con tan buen éxito cultivan los 
franceses y que en España es casi desconocido”. 

"Se parece por su carácter, por ejemplo, a los diálogos de 
Renán, pero no es diálogo, es monólogo, es un discurso en que 
un maestro se despide de sus discípulos. Se llama Ariel tal vez 
por reminiscencia y por antítesis del Calibdn de Renán”. Y des- 
pués de definir la modalidad de Ariel agrega: "En la oposición 
entre Ariel y Calibán, está el símbolo del estudio filosófico y 
poético de Rodó. Se dirige a la juventud Americana, de la Amé- • 
rica que llamamos latina, y la excita a dejar los caminos de Ca- 
libán, el utilitarismo, la sensualidad sin ideal, y seguir los de 
Ariel, el genio del aire, de la espiritualidad que aúna la inteli- 
gencia por ella misma, la belleza, la gracia y los puros mis- 
terios de lo infinito”. 

¿De donde tomó Rodó la idea de dar a su exposición el ca- 
rácter de una oración magistral, dedicada a la juventud de Amé- 
rica, poniéndola bajo el signo del personaje inmortal del drama 
shakesperiano? 

Aún cuando para poder responder con plena conciencia 
sería necesario disponer de un "diario íntimo” o de las "confe- 
siones” del propio autor, creo que es posible acertar, bien que a 
título de una suposición, fundada en leves coincidencias y re- 
montándonos al proceso mental que ha debido necesariamente - 
desenvolverse, partiendo de la idea de la oposición original de 
ambas figuras. 

La Tempestad de Shakespeare, y la interpretación de Renán 


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han creado el símbolo, en cuya dualidad, Ariel y Calibán, ra- 
dica el fondo de la obra. 

En cuanto a la forma de su desarrollo a la manera de una 
oración universitaria, la sugestión inmediata debió de nacer en 
él de una memorable pieza universitaria, que el Dr. Lucio Vi- 
cente López, leyó en la Universidad de -Buenos Aires, en la cola- 
ción de grados de 1893. Aquel discurso particularmente notable, 
impresionó vivamente a Rodó; (dos o tres veces lo menciona en 
el curso de su obra), no sólo por su forma, sino también por su 
contenido. Los puntos que desenvuelve Lucio Vicente López, han 
servido como de sugestión para algunos de los temas de Ariel, 
como lo son las inquietudes que el porvenir de la juventud 
argentina y con ella también el de la patria, suscitan en la mente 
del orador que condena algunos rasgos del utilitarismo creciente 
que descubre. 

Una vida de pensamiento tan noblemente vivida, tan feliz-' 
mente progresiva en su desarrollo tranquilo como el curso se- 
reno de un río que ensancha su caudal, ondulando graciosamente 
ora entre bosques o jardines amenos, ora bordeando villas y ciu- 
dades, ora dilatándose en las llanuras, para estrecharse luego en 
el torrente caudaloso y luego tenderse, antes de confundirse con 
la inmensidad lejana del mar inmensurable, tal se nos ofrece la 
singularidad de su existencia a la cual, sólo le bastó para com- 
pletarse pródigamente, la posibilidad que concedía la forma de 
la vida en otros siglos, en que los humanistas ilustres, filósofos 
y r poetas encontraban la compensación material en la suntuosidad 
de una púrpura, que brindaba con el esplendor de una posición 
ambicionada y libre, la posibilidad de encontrar en el retiro que 
ella le confería, la libertad para entregarse de lleno a las tareas 
espirituales, libres del apremio enervante de la lucha cotidiana 
para satisfacer las inmediatas exigencias de la vida. En medio de 
una democracia deprovista de otras posibilidades para ofrendar 
al talento, que un pequeño retiro burocrático, pudo pensarse en 
el desamparo y la orfandad a que lo relegara la injusticia o la 
indiferencia de sus contemporáneos. 

Justo es decirlo, sin disminuir la parte indirecta de respon- 
sabilidad de los que pudieran contribuir a utilizar en oportuni- 




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dad sus talentos que no lo hicieran en tiempo o en la forma con 
que Rodó lo merecía, que no hubo durante su vida, ni descono- 
cimiento de sus méritos, ni olvido, ni ingratitud. Circunstancias 
políticas pudieron transitoriamente alejarlo de una colaboración 
activa en el gobierno de su país, pero no padeció miseria, ni eco- 
nómicamente sus estrecheces pueden parangonarse a la de tantos 
escritores ilustres, a quienes la necesidad, ha impuesto como el 
más duro castigo la miseria. 

La injusticia para con él nació de la incomprensión de su 
ideario más que de la voluntad de exclusión, de la incapacidad 
colectiva para valorar su justa significación y el mérito intrín- 
seco, fuera de los cuadros de la política militante, única unidad 
de medida para el sentimiento colectivo de la gloria, en estas 
"democracias inorgánicas", como las llamara Lucio Vicente Ló- 
pez. Su situación si no fué próspera no careció de la modesta hol- 
gura necesaria para vivir con la dignidad que correspondía a su 
posición social. Fué modesto y estoico en su vida llena de no- 
bleza y de patriarcal sencillez sin reclamar a pesar de alguna re- 
flexión de orden general contra las ingratitudes! del tiempo y el 
olvido de los hombres. Y cuando tuvo la ambición de efectuar 
su soñado viaje a Europa, su pluma de escritor fué lo bastante 
cotizada como para alcanzar por si misma la remuneración que 
por su alcurnia merecía. 

Es así como, esa su modesta posición de escritor en el seno ' 

de una democracia, alejado como Aquiles de las luchas de los 
bandos enconados, no comprometió por un sólo instante su li- 
bertad de pensar, ni tuvo que sacrificar al presente, las exigen- 
cias del porvenir. Jamás su pluma estuvo al servicio de ninguna 
idea o de ninguna causa, que no contara plenamente con la adhe- 
sión completa de sus convicciones. Esta honradez de su conducta 
se trasunta lo mismo en el pensamiento que en la acción, en la 
política como en el arte. Su dignidad como hombre está a la 
altura de su gloria como escritor. Y su conducta cívica, digna y 
austera, es al propio tiempo un ejemplo cívico, no ensombrecido 
por ninguna debilidad del carácter. 

Rodó era necesariamente una naturaleza reflexiva servida 
por un artista de excepción. El mundo se refleja en él en for- 


22 


ma de ideas. Naturalmente reflexivo toda excitación, todo re- 
clamo del mundo exterior, ponía en movimiento a aquella vigo- 
rosa intelectualidad despertando una serie de consideraciones en 
torno de la idea central que movía los ecos dormidos de su mun- 
do interior. 

No era una resonancia mística, ni el choque se expresaba 
en el desencadenamiento de las pasiones o los sentimientos con- 
tenidos, bien que su sensibilidad delicada supiera vibrar, con 
simpática resonancia a todos los vientos del espíritu. 

Su reacción tampoco se manifestaba en el sentimiento de la 
línea o del color, a la manera de un Teófilo Gauthier. Su moda- 
lidad armónica puede situarse en la línea media de Renán y de 
Taine, sus dos maestros del estilo y sus dos guías invalorables 
en el período de formación juvenil. 

No tuvo del primero la sonrisa, ni del segundo la rigidez 
sistemática. Había en ese su "entendimiento de hermosura” el 
don ecuánime de gustar como una abeja ática en todos los ver- 
geles de la sabiduría, la miel dorada de la belleza y el bien. Su 
lejana ascendencia mediterránea debió por atávicas influencias 
filtrar una gota de sangre helénica de aquellos artistas y coloni- 
zadores que difundieron en torno de la cuenca del "Mare Nos- 
trum” "el sentido universal de la belleza”. Otra influencia, la 
cantábrica, puso en sus venas el sentido del orden, que se alió 
a su selección de la hermosura. 

El medio americano, suavizó y depuró en la vibración del 
paisaje toda brusquedad o aspereza, todo desentono inesperado, 
toda rudeza genial. * 

Inclusive en las páginas del "Mirador de Próspero”, que es 
en cierto modo el diario íntimo de su espíritu y encerrado en la 
torre de los sueños, se advierte siempre que su voz se levanta 
para enseñar, para adoctrinar, para trasmitir a otras almas, el 
verbo del espíritu, jamás para la solitaria efusión de las ideas. 
Y no es que Rodó no posea el secreto de la confesión cordial, ni 
la intimidad de iin Montaigne, ni que carezca del sentido del 
análisis introspectivo de un Amiel, presuroso, aguzado para el 
análisis sutil y los secretos del alma. 

Es que en todo momento se siente llamado por su vocación 


apostólica y asume sin buscarlo, en el silencio vasto de América, 
el tono constante de su prédica. El ha venido a difundir entre 
los hombres de América la revelación de un evangelio. El ha 
venido a predicar la revelación de la fraternidad, ante la vio- 
lencia, la del amor frente al odio, la de la justicia ante el reina- 
do de la fuerza. 

El ha querido revelar esa América, dividida y fragmentada 
como los trozos de un planeta aventados por un cataclismo cós- 
mico, a los hijos de la propia América dispersos y distantes en 
medio de las murallas de su suelo incomparable, que se ignoran 
y se desvanecen. El busca dar unidad espiritual a la gran fami- 
lia dispersa, y en la cual la comunidad del idioma constituye el 
lazo más fuerte y perdurable. 

El quiere predicar el evangelio de la tolerancia, sobre la 
incomprensión y la injusticia. Busca exaltar en las figuras más 
altas y representativas de cada país del continente, las cualida- 
des perennes de la estirpe, para que ellos formen como el arque- 
tipo a que deba ajustarse el plan orgánico de una cultura moral 
superior y completar indirectamente la realidad de una tradición 
no apoyada en los privilegios, ni en la sangre, sino en la inteli- 
gencia y el carácter. 

Consciente de la fuerza de esa unidad continental nadie ha 
levantado así con más altura y dignidad la voz en defensa de esos 
ideales, nadie ha sabido esclarecerlos con más profundidad, na- 
die se ha sentido más libre y deliberadamente el ciudadano ideal 
de esa "ciudad mística" de América, que a la manera de una 
tierra prometida, señala incesantemente a los pueblos latinos 
del sur. 

Es natural por tanto, que el estilo, que el instrumento del 
pensamiento se ajuste al objetivo previsto. 

No posee la fuerza y el desborde torrentoso de un Sarmiento 
en quien la forma abrupta y magnífica recuerda la grandeza de 
la serranía que limita sus valles nativos, donde entre cúspides y 
abismos, surge de pronto la alegría de un valle del altiplano, 
que tiene el encanto, cuando no la dulzura del oasis en los are- 
nales del desierto.^ 

Tampoco su prosa posee esa modalidad arcaizante, esa des- 


treza singular en el juego de las relaciones de las formas, que 
presta al conceptismo de Montalvo la gracia de un Quevedo o 
un Gracián y le permite ese alarde singular de revivir el lengua- 
je del siglo de oro en los "Capítulos que se le olvidaron a Cer- 
vantes”. Ni la desbordada elocuencia de Martí en cuyo tumulto 
de imágenes, como las ondas de un mar movido por el viento, 
cantan todas las notas, desde el arrullo que despierta la brisa, 
hasta el estruendo que desencadena la tempestad. 

El esrtilo de Rodó es de una medida rítmica, personalísimo, 
al punto de que no obstante las admiraciones que ha suscitado 
es de los pocos escritores que según Zaldumbide, no ha sido 
imitado. 

Esa su prosa sustanciosa, construida con elegancia y armo- 
nía nace de un ajuste tan singular entre el pensamiento y la for- 
ma de que se reviste que no es posible, a no ser el propio 
Rodó, llegar a lo primero por la imposibilidad de reunir su ca- 
pacidad de síntesis genial. 

En una formación sociológica de aluvión, como es rasgo tí- 
pico de los países del Plata, tipo humano de esas características 
es poco común. En ese sentido y en nuestra América en que el 
desentono genial es la característica de nuestros grandes hom- 
1 b £es, ello constituye un caso único. De este escritor genuinamente 
americanista por su prédica puede decirse que es el más europeo 
por su sensibilidad, por su sentido de la civilización primorosa 
y delicada que veinte siglos de incesante renovación han determi- 
nado en el mundo occidental, creando como una flor preciosa 
de la humanidad, esa imponderable atmósfera de luz que ilumi- 
na bellamente el genio de Europa. Es un fruto depurado de una 
civilización, cuya madurez se trasunta en la justeza de una vi- 
sión serena de la vida y de las cosas comprendidas y medidas 
por la inteligencia. Ese sentido de la proporción y la justeza, es 
el elemento, que existe permanente en su pensamiento que tiene 
la euritmia de una columna dórica coronada por la gracia pe- 
renne del capitel’ 

Rodó es sin disputa uno de los primeros escritores del habla 
castellana en su tiempo, y tal vez el más completo escritor que 
haya nacido en tierras de América. 


25 


El es de la estirpe inmortal, en que cabe reunir las figuras 
señeras de Sarmiento, de Montalvo, de Bello y de Martí. 

El temple de su prosa ora se dilate en la onda amplia de 
sus párrafos majestuosos y elegantes; ora se ciña en sus formas 
precisas y lapidarias, mantiene siempre una armonía deleitosa, 
en que parece ajustarse a un ritmo interior, y en que una medida 
rige acompasadamente el movimiento armonioso de una marcha 
triunfal. Si no poseyó el don particular y divino de la poesía, 
ese secreto musical de expresar en manera única e intraductible 
el pensamiento que es condición suprema del verdadero poeta, 
si ese don de la magia del ritmo no constituyó una de las moda- 
lidades o rasgos de su personalidad de escritor, no hay duda de 
que en el manejo insuperable de la prosa, alcanzó un dominio, 
que le permitió señorear las más varias formas de la expresión 
ajustadas a una secreta armonía, y la sustancia si no la forma 
de muchas de sus páginas en prosa, son materia poética por exce- 
lencia. 

No conozco escritor americano en quien más completamen- 
te los secretos inefables del ritmo musical de la forma no versi- 
ficada le hayan sido concedidos con tanta largueza y plenitud, 
como a Rodó. Si el sabor local del ambiente, no trasciende en 
el mármol de su prosa, ajena a esas peculiaridades que dan 
carácter a muchos escritores de América, y ofrece una modali- 
dad tan típica en ciertas personalidades, su técnica tiene la 
armonía de una fórmula clásica ajustado al de un invariable 
y delicado buen gusto. En todo momento Rodó se siente que 
habla no para la intimidad, sino para el público; no como el 
solitario de celda de monje, sino para el ágora y la cátedra. 
En torno de la prédica llena de persuasiva unción, y ajustada 
a las normas del buen gusto, la muchedumbre escucha. Y el 
tono más alto de la voz, que se presiente que va subiendo gra- 
dualmente, anuncia que el escritor habla siempre en el mismo 
tono magistral, con que Próspero dialoga con sus discípulos, 
congregados en torno de la estatua de Ariel. 

A 



/ 


III 


Ariel se inicia con la manifestación de Próspero de que 
anhela colaborar en el programa que, al respirar el aire libre 
de la acción formularán sus discípulos en la intimidad del es- 
píritu, programa ideal que formulado o no, existe siempre 
en todas las agrupaciones y los pueblos que son algo más que 
A muchedumbres. 

Si la vida y la libertad según la fórmula de Goethe, sólo 
es digno de merecerlas quien es capaz de conquistarlas, el ho- 
nor de cada geQpración humana exige que se logre por la acti- 
vidad del pensamiento, su adhesión a un ideal y su determinado 
puesto en la evolución de las ideas. 

El piimer objeto de fe, debe ser la conciencia de sí mismo. 
La juventud es una fuerza, de cuya aplicación son obreros los 
jóvenes, un tesoro, de cuya inversión son responsables. 

Les incita a amar el tesoro y la fuerza de la vida que existe 
en sí mismos y a realizar la conquista de ese mundo interior. 

Cada generación humana renueva el tocado de novia de 
la ilusión y él embellece con la evocación de una página de 
Guyau su sentido profundo. Provocar la renovación del ideal 
en la Humanidad como un ritmo de la Naturaleza, es la obra 
de la juventud. Señala su valor en los pueblos, análogo en 
cierto sentido, a su significación en el alma del individuo. Gre- 
cia tuvo el tesoro de la juventud inextinguible. Gracias a ello 
realizó grandes cosas. Esas prendas del espíritu joven, el entu- 
siasmo y la esperanza que en las secretas armonías de la natu- 
raleza y de la historia, corresponden al movimiento y a la luz, 
aparecen como el ambiente natural de las cosas fuertes y her- 
mosas. 

El Cristianismo, en su origen, nos ofrece un cuadro de ju- 
ventud inmarcesible. Evoca entonces en una página de frescura 
encantadora, la gracia de su iniciación triunfal. 

Insiste en la necesidad de la posesión consciente de esa 
fuerza. La psicología colectiva de los últimos tiempos vista a 
través de las páginas de la novela contemporánea, inmensa 
superficie espectacular donde se refleja la imagen de la vida, 


27 


parece comprobar una disminución de la juventud interior en 
la persona de sus héroes, bien que un lisonjero renacimiento 
se señala ya en alguna de las corrientes (Lemaitre, Wizewa, 
Rod). 

Espera que la generación que se prepara a entrar en la 
acción, en los albores del siglo, permita soñar con generacio- 
nes que devuelvan a la vida, por una vigorosa resurrección de 
energías, una realidad de existencia colectiva, en que ella 
afirme su mágica influencia, como en la vida individual. 

Las inquietudes que las confidencias íntimas le han anti- 
cipado, hablan de indecisión, de duda, no de enervamiento ni 
de un definitivo quebranto de la voluntad. 

Esas notas de desaliento y de dolor, que han brotado de 
la meditación, no son indicio de un estado de alma permanente. 
La invocación al ideal que vendrá, con una voz de esperanza 
mesiánica, ha bastado para disiparlas. 

No se propone al hablar del entusiasmo y la esperanza co- 
mo virtudes altas y fecundas, determinar la línea infranqueable 
que separa el escepticismo de la fe, la decepción de la alegría. 
Tampoco pretende confundir su fuerza y espontaneidad con la 
frivolidad del pensamiento que compra el amor y la alegría al 
precio de la incomunicación y la ignorancia voluntarias. 

Hay que aceptar el reto de la esfinge y no esquivar su in- 
terrogación formidable. El dolor que enerva es un consejero pér- 
fido, porque entraña una filosofía que lleva a la abdicación de 
la voluntad y quien lo sigue merece ser calificado "de indolente 
soldado que milita bajo las banderas de la muerte” (1). Cuando 
el dolor es estímulo varonil para la lucha, cumple su función 
biológica al constituir el más poderoso impulso de la vida, aná- 
logo al hastío que para Helvecio, cuando impide a la sensibili- 
dad encerrarse en el odio, se convierte en vigilante estímulo de 
la acción. 

Pesimismos de esa índole revisten el carácter de optimis- 
mos paradógicos. 

Esa fe en el porvenir y la confianza en la eficacia del es- 

> 

(1) ¿De que poeta ha tomado Rodó, la cita tan oportuna de este verso? E)n una nota 
critica, cabe formularse una pequeña digresión para esclarecerla. Pertenece a J. J. Olmedo. 


28 


fuerzq humano son el antecedente de toda acción enérgica y de 
todo propósito fecundo. Quiere que la juventud afronte la vida 
con la altiva mirada de^nn conquistador. Quizá la juventud ha 
disminuido su influencia eficaz en las sociedades humanas. 

Gastón Deschamps lo señala para Francia. En cuanto a 
América el aislamiento doloroso, parecería justificar la obser- 
vación. 

"Y sin embargo agrega, yo creo ver expresada en todas 
partes la necesidad de una activa revelación de fuerzas: yo creo 
que América necesita grandemente de su juventud”. 

Sobre la diversidad de vocaciones debe velar el sentimien- 
to de que ninguna noble facultad del espíritu quede obliterada. 
Hay una profesión universal que es la de ser hombre, repite con 
Guyau. Hay que desarrollar la plenitud del ser. Previene con- 
tra el peligro de una especialidad restringida. El efecto moral 
es la indiferencia por los intereses de lo humano. El ejemplo 
de Grecia, que cinceló las cuatro faces del espíritu, le sirve de 
confirmación. 

El milagro griego , esa sonrisa de la historia, nace de ese 
florecimiento en su plenitud. Los intereses del alma , no con- 
sienten la indiferencia de nadie. 

Cuando el sentido de la utilidad material y el bienestar, 
con la energía del presente, dominan la vida, son fatales a las 
preocupaciones ideales, y constituyen como una suerte de ser- 
vidumbre oprobiosa contra la cual es menester defenderse en 
la milicia de la vida. La parábola del rey hospitalario, abre su 
fresco oasis. Este recurso de exposición alcanzará más tarde en 
"Motivos de Proteo 99 su más acabada realización. 

La absoluta indiferencia hacia el sentimiento de lo bello 
es el primer impulso de la regresión vulgarizadora. Todavía el 
argumento del apóstol traidor ante el vaso de nardo inútilmen- 
te derramado sobre la cabeza del Maestro, es una de las fórmu- 
las del sentido común. Lo superfluo del arte no vale para la 
¿nasa anónima, los trescientos denarios. 

El arte sigue siendo por su virtualidad el elemento de una 
educación humana capaz de formar un amplio concepto de la 
vida. El educado en el sentido de lo bello está más próximo a 


29 


la posesión del sentido de la justicia. El sentimiento del deber 
es más completo, cuando además de sentirlo como una imposi- 
ción, el ser humano lo percibe también como una armonía. 

Las páginas sobre la relación de la belleza y el bien, tie- 
nen la hermosura de un diálogo platónico. ¡Con qué penetra- 
ción y con qué finura espiritual, se adentra en los dominios de 
lo bello, señalando la eficacia, en las grandes revoluciones, de 
la parte que corresponde a la íntima belleza de las ideas! La 
originalidad de la obra de Jesús, está en haber hecho sensible 
con su prédica la poesía del precepto. El ascetismo que no supo 
encarar más que una faz del ideal, y excluyó de la idea de la 
perfección todo lo que hace la vida amable, delicada y hermo- 
sa, sólo sirvió para engendrar en la Italia del Renacimiento un 
tipo de civilización que únicamente creyó en la virtud de la 
apariencia fuerte y graciosa. 

El puritanismo, al divorciar la voluntad del sentido de lo 
bello, tendió una sombra de muerte que aún no ha conjurado 
Inglaterra, en las menos amables manifestaciones de su religio- 
sidad y sus costumbres. 

Quisiera como tipo de la perfección de la moralidad huma- 
na, infiltrar el espíritu de la caridad, en los moldes de la ele- 
gancia griega. Ese consorcio — entre los dos ideales más altos 
de la historia, pareció consumarse en la luminosa alegría de la 
antigüedad, cuando el Evangelio naciente se propaga en las 
colonias griegas de Tesalónica y Filipos. 

El buen gusto no sólo es una elegancia de la civilización, 
es también una "rienda firme del criterio”. Si a veces la edu- 
cación aparece unida al extravío de la moralidad, es porque ha 
sido cultivada como fuerza aislada. Como en las líneas inmor- 
tales del Partenón, cree con Taine, que la proporción armoniosa, 
es una "promesa de eternidad”. 

En el vértigo del sentido moral, y la limitación fanáti- 
ca de la razón que aparecen en el histrionismo de Nerón o en 
el impulso destructor de la Convención ¿qué parte no deberá 
tener en el primero la afectación retórica de Séneca y en el se- 
gundo la perversión de mal gusto? 

Afirma Rodó la idea de que un superior acuerdo entre el 


30 


buen gusto y el sentido moral, domina tanto en el individuo, 
como en las sociedades humanas. 

La hermosura difundida en el seno de la naturaleza no obra 
como un mero azar, como una superfluidad caprichosa, sino co- 
mo una función vital. El matiz de las flores, o su perfume con- 
vocan al insecto propagador del polen fecundo. El pintado plu- 
maje de las aves, señala las preferencias para la atracción del 
amor, y en la contienda vital la subsistencia de los seres mejor 
dotados de hermosura, sobre los menos dotados, demuestran el 
carácter realísimo de la función estética. 

Es cierto que para los devotos de lo severo y de lo útil hacer 
de la gracia una forma universal, equivale a menoscabar el tem- 
ple varonil y heroico de las sociedades y su capacidad utilitaria 
y positiva. Colocándose en el ponto de vista utilitario, sostiene 
entonces con ironía, que a los que se sienten inclinados a expul- 
sar a las golondrinas de los tejados, siguiendo el consejo de Pi- 
tágoras, corresponde argumentarles, no con la gracia monástica 
del ave y su leyenda de virtud, sino con que la permanencia de 
sus vidas, en manera alguna es inconciliable con la seguridad de 
los tejados. 

Como tipo de vida opuesta a esta armoniosa concepción de 
la existencia fundada entre sus fines esenciales, como norma de 
conducta en esa desinteresada visión de lo hermoso, señala la 
concepción utilitaria que sólo procura la inmediata finalidad del 


interés. 


Reivindica la noble figura de Guyau entre los pensadores 
que han intentado sellar la reconciliación de las conquistas del 
siglo XIX, en sus titánicos esfuerzos por subordinar las fuerzas 
de la naturaleza a la voluntad humana, con la renovación de las 
idealidades que han servido de devoción a la Humanidad. 

De las causas fundamentales a que generalmente se atribuye 
el desborde del espíritu de utilidad, las revelaciones de las cien- 
cias naturales y el triunfo de la idea democrática, Rodó se pro- 
pone tratar exclusivamente esta última. 

En esta parte, Rodó no sólo se aparta de Renán, sino que 
formula su crítica más formal, después de rendirle el debido ho- 
menaje a la manera de aquellos justadores del medio-evo, que 


\ 



31 


antes de entrar en liza, cumplían como un ritual al valor caba- 
lleresco, el saludo de armas. 

A menudo, entre los que han leído superficialmente a Rodó, 
pasa como moneda corriente, la afirmación que tiene caracteres 
de lugar común, de ser un discípulo de Renán. 

Si con ello se limitaran a afirmar que en el estilo de Rodó, 
hay algunos elementos, de la forma mágica del pensador francés, 
podía en pacte aceptarse. En modo alguno en lo que respecta al 
fondo de sus ideas y en particular en cuanto al problema de la 
democracia. 

En el "Calibán” de Renán, en que su autor se propone con- 
tinuar la "Tempestad” de Shakespeare, la obra termina con la 
derrota de Ariel. Próspero acepta su triunfo. Si pide a Calibán 
que retire su menosprecio para Ariel, reconoce que sin Calibán 
no existe la historia. "El áspero odio que lo lleva a suplantar a 
su dueño, es el principio del movimiento en la Humanidad". 
Calibán aparece justificado en el drama del pensador francés, 
como el mal necesario, como la parte impura y fatal que entra 
en el barro celeste, en qu£ se amasan las formas de la vida. 

Con la entronización de Calibán, Ariel es el vencido. El no 
puede participar de la vida fuerte pero impura. Su duelo será no 
participar más en las luchas de los hombres. 

Es lo contrario de lo que defiende y consagra Rodó. La de- 
mocracia abandonada a si misma, sin un ideal que la depure, 
puede llegar a extinguir toda alta superioridad. El Próspero 
quiere que continúe llevando el guión triunfal en la ascensión 
de la humanidad. 

La igualdad conquistada en el punto de partida, supone el 
allanamiento de las superioridades injustas. Pero la necesaria 
superación de ese postulado básico, radica "en suscitar por efi- 
caces estímulos, en su seno, la revelación y el dominio de las 
verdaderas superioridades humanas". 

El problema cobra para América caracteres imperiosos por 
el apresurado crecimiento, la agregación inmigratoria, sin que 
se cumpla el prgceso de asimilación, la dificultad de encauzar el 
torrente humano con los medios para consolidar la solidez de 
la estructura social. 


32 


Tomando la fórmula que Alberdi consagrara en las Bases , 
Rodó la defiende contra una estrecha interpretación. Gober- 
nar es poblar, dice, asimilando en primer término — educando y 
seleccionando, después. Si la importancia cuantitativa po- 

blación determina a menudo la aparición de la^^u^elevadas 
actividades humanas, dando lugar a la complei^^isión del tra- 
bajo, permite hacer efectivo el dominio cj^lcalidad. Es el coe- 
ficiente de una dirección moral, lo que convierte a la multitud en 
barbarie o civilización. Rodó defiende la democracia, previnien- 
do la necesidad de mantener la noción de las legítimas superio- 
ridades humanas. Ve en la mediocridad que acecha, el peligro 
de una barbarie cuyo "Atila podría personificarse en Mr. Ho- 
mais; cuyo heroísmo es la astucia", que odia en el mérito una 
rebeldía; que convierte en sabiduría al dogmatismo del sentido 
vulgar, y en gravedad a la avidez del corazón. 

La ferocidad igualitaria, cuya posteridad domesticada ace- 
cha en la sombra, ha cambiado su acometida primitiva en forma 
menos ruda, pero no menos peligrosa. 

Recorriendo el movimiento de las ideas pasa en revista las 
críticas a la realidad democrática, en las grandes figuras del 
siglo XIX, Renán, Taine, Carlyle, Emerson, Flaubert, Ibsen y 
Nietzsche. 

En todos ellos palpita el anhelo de una rectificación del es- 
píritu social que asegure a la vida de la heroicidad y el pensa- 
miento, un ambiente de dignidad y de justicia. Y encuentra en 
esa comunidad de anhelos algo así como la nota tónica, que en 
el ocaso de la centuria próxima a su término, la humanidad pro- 
pone para las armonías del futuro. 

Rodó ve en la democracia un principio de vida ineludible 
y por tanto disiente radicalmente de Renán en este punto, ha- 
ciendo notar — que por sobre las imperfecciones de sus formas 
históricas, en que se ha realizado, subsiste su realidad ineluctable 
y no siendo posible la destrucción de la igualdad, sólo cabe pen- 
sar en la educación de la democracia. 

Es así como la educación popular adquiere, en relación a 
esa misión, un interés supremo. Es por ello, que la obra de la 
escuela tiene un valor perdurable. Ella amasa "la dura arcilla 


de las muchedumbres”, ella levanta y prepara el porvenir. Ella 
debe velar por hacer efectivos "el sentido del orden, la idea y la 
voluntad de la justicia, el sentimiento de las legítimas autorida- 
des morales”. 

Todo un programa de educación está contenido en esta vi- 
sión tan alta como fecunda. Valdría la pena que los llamados 
a encararla y resolverla en nuestro país, se inspiraran en esta 
idealidad generosa, en esta orientación que empezara por for- 
mar el carácter, al par que cincelara las inteligencias por el saber. 

Retornando a la necesidad de consagrar el principio de la 
igualdad, sostiene que ella radica en el derecho idéntico a aspi- 
rar a las superioridades morales. Todos los seres están dotados 
pbr la naturaleza de facultades capaces de un noble desenvolvi- 
miento. El deber del Estado es colocar a todos los miembros de 
la sociedad en condiciones de tender a su perfeccionamiento, y 
en procurar la revelación de las superioridades, donde quieran 
que existan. 

La diferencia entre la aristocracia y la democracia es que 
la primera se funda en un principio de selección adscripto a gru- 
pos sociales y organizados sobre la injusticia y "el excecrable pri- 
vilegio de la casta”, y la segunda renueva sin cesar su aristocra- 
cia dirigente en las fuentes vivas del pueblo y la hace aceptar 
por la justicia y el amor. 

Crítica así al pasar el anti-igualitarismo de Nietzsche, cuya 
influencia se marca profunda en la moderna literatura de ideas, 
que reivindica los derechos implícitos del super-hombre, que 
niega a la fraternidad toda piedad, que crea un menosprecio 
satánico en su corazón por los débiles y los desheredados; al par 
que legitima los privilegios de la voluntad y de la fuerza. 

"Por fortuna — concluye — mientras exista en el mundo 
la posibilidad de disponer dos trozos de madera en forma de 
cruz, — es decir: siempre — la humanidad seguirá creyendo que 
es el amor el fundamento de todo orden estable y que la superior 
jerarquía en el orden no debe ser sino una superior capacidad 
de amar!” 

Es así como apenas mediado el cuarto de siglo de su exis- 


34 


tencia, encaraba el problema de democracia y lo resolvía con 
una visión de extraordinaria lucidez. 

El libro se cierra con un análisis de la "democracia, formi- 
dable y fecunda, que, allá en el Norte, ostenta las manifestacio- 
nes de su prosperidad y su poder, como una deslumbradora 
prueba que abona en favor de la eficacia de sus instituciones y 
de la dirección de sus ideas". 

Frente a la admiración por su grandeza y por su fuerza que 
suscita una suerte de conquista moral en nuestros hombres di- 
rigentes y tal vez mayor en las muchedumbres, fascinables por 
la impresión de la victoria, que llevarán cumpliéndose la ley de 
imitación a una América deslatinizada , Rodó, con alta ecuanimi- 
dad, reconociendo la conveniencia de rectificar por la educa- 
ción del carácter de una sociedad humana para concordar con 
nuevas exigencias de la civilización, expresa que no ve gloria 
en desnaturalizar el carácter, el genio personal , de los pueblos, 
por la identificación con un modelo extraño, al cual sacrifiquen 
la originalidad irreemplazable del espíritu, ni en la creencia de 
que pueda lograrse por procedimientos artificiales de imitación. 
Cree que hay en ello mucho de snobismo político, imitación im- 
potente de la grandeza y superioridad inalcanzable, con el sa- 
crificio de la personalidad. 

Aquel precepto de Cicerón, según el cual forma parte de los 
deberes humanos, el que cada uno cuide y defienda celosamente 
la originalidad de su carácter personal, que lo distinga y dife- 
rencie, respetando el impulso originario de la naturaleza, en todo 
lo que no sea contrario para el bien, cree que debe aplicarse a 
las colectividades humanas. 

Los americanos latinos poseen una herencia de raza "un 
vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la histo- 
ria” — y cuya continuación está confiada al futuro. Y el cosmo- 
politismo, condición material de nuestra formación, no excluye, 
ni esa fidelidad al pasado, ni la fuerza plasmante del genio de la 
raza para asimilar y fundir los elementos del futuro. 

Así como en la antigüedad Atenas y Lacedomonia conclu- 
yeron por forjar la grandeza del genio y el carácter de la civili- 
zación inmortal de Grecia, encuentra en esta dualidad continen- 


35 


tal, en esta diferencia genial y emuladora de Norte y Sud Amé- 
rica, el secreto de su misión gloriosa. 

En página de una precisión y de una visión de síntesis ad- 
mirable, Rodó, estudia el carácter de la civilización americana. 

No conozco en Sud América quien con más serenidad y más 
altura haya encarado este análisis. 

Se ha pretendido encontrar en estas páginas la influencia de 
la crítica de Paul Groussac, en su libro "Del Plata al Niágara”, 
escrito con motivo de su viaje a Estados Unidos en 1892, para 
concurrir a la World’ s Fair de Chicago. 

Es casi seguro que en la amplia información que caracte- 
rizó siempre la preparación de Rodó al asumir la responsabili- 
dad de escribir sobre cualquier tema, un libro de esta jerarquía 
no debió ignorarlo (1). 

Lo que es evidente, es que las impresiones personales de 
Groussac, escritas con ese estilo incisivo, graban el pensamiento 
como el mordiente de un ácido en la plancha de cobre, no ha 
sintetizado su juicio de conjunto sobre la civilización americana, 
aunque en cada línea se traduce su sentimiento marcadamente 
opuesto. 

La modalidad de Groussac es totalmente diferente de la de 
Rodó, aunque su amplia cultura y su sentido artístico, dieran a 
su crítica expresada con una libertad de pensamiento y una gran 
sinceridad, una autoridad excepcional. 

Hay pues una sola coincidencia, la condenación del utilitaris- 
mo que Rodó con una ecuanimidad ejemplar, atendía mostrando 
todas las virtudes geniales de la gran democracia del norte, al 
par que previene de los peligros que el sentido de la utilidad 
inmediata pueden representar en el desenvolvimiento de la vida. 
Por lo demás, son los propios americanos, especialmente aque- 
llos que miran el destino de su civilización, los primeros en ad- 
vertirlo. 

F. J. Stimson, ha dicho en el prólogo de su versión de Ariel 
al inglés "John Stuart Mili had a horrible phrase: "Utilities, fi- 


(1) “ Del Plata al Niágara *' apareció en Buenos Aires en 1897, pero una parte del 

libro, vió la luz en forma de correspondencias en “La Nación'' y otras en “La Biblioteca 
que dirigía el propio Groussac bajo el título de “Marinas y paisajes americanos . 


36 


xed and embodied in material objects”; and it has lately seemed, 
in that world of chesmistry and machinery which our modern 
life has evolved, as if only those Utilities which could be fixed 
and embodied in material objects and multiplied in great quan- 
tities for universal demand were deemed of any valué . . . But 
Ruskin followed Mili; and he asked humanity to consider what 
"valué” really means. It is not material, still less mechanical, but 
the life-giving quality of a thing: valor — valere — that v hich 
is sane, and well, and makes for the life of man; and thaí me- 
ans, in last analysis, the life of his soul”. 

Esto es precisamente lo que quiere Rodó: la vida del alma, 
la vida de su alma, la de todas las almas. 

Y por ello en las páginas finales del libro, Próspero 
señala que ante la historia todo un pueblo debe aparecer como 
vegetación que ha tendido a producir un fruto, donde su lozanía 
ofrece al porvenir su fragancia y la fecundidad de su simiente. 

Una gran civilización al desaparecer deja vibrante su espí- 
ritu y hace surgir ante la posteridad su legado imperecedero. 
Pero su grandeza no reside en acumular los elementos de la pros- 
peridad material. 

Así ni Babilonia ni Cartago, representan en la memoria 
de la humanidad "el hueco de una mano si se le compara con 
el espacio que va desde el Acrópolis al Píreo”. 

¿Cómo lograr que en América latina, ciudades cuya gran- 
deza material las acerca a participar del primer rango en el mun- 
do, puedan dar la impresión de la muerte espiritual y terminar 
en Sidón, en Tiro o en Cartago? 

La juventud que se levanta puede impedirlo predicando sin 
tregua el Evangelio de la delicadeza a los escitas, el Evangelio 
de la inteligencia a los beocios, el Evangelio del desinterés a 
los fenicios. 

Para ello basta que el pensamiento insista en ser, en demos- 
trar que existe, para que su triunfo sea seguro. 


37 


IV 




Antes de escribir estas líneas, acabo de recorrer nuevamente 
con emoción piadosa, las páginas del gran escritor, que el nombre 
de Ariel ha sellado inmortalmente de gloria. 

Al volver a ellas constato una vez más, fenómeno común en 
el eco de las grandes lecturas cuya resonancia persiste largamente 
en el espíritu, que existe un diferente tono de emoción, entre el 
deslumbramiento de la primera hora, y la que alcanza actual- 
mente, que no proviene de la constatación de una deficiencia en 
su factura técnica, ni de la imperfección de los medios artísticos 
que manejara su autor. 

Es que los grandes libros, no los leemos únicamente con 
los ojos del entendimiento, los vivimos también integralmente 
con nuestro espíritu y el tiempo implacable que cercena o amen- 
gua la sensibilidad y disminuye gradualmente en las almas la 
capacidad de emoción, también modifica la perspectiva de la vi- 
sión personal. 

Por instantes, esta vuelta al pasado, tiene el melancólico en- 
canto del retorno a una de esas gloriosas catedrales del medio- 
evo bajo cuyas bóvedas, que se levantan hacia el cielo, la fe con- 
gregara otrora las multitudes, en el fervor de la plegaria. 

La soberbia majestad de las naves, nos impone con su gran- 
deza. De las columnas esbeltas ascienden graciosamente las vo- 
lutas como si buscaran confundirse con la bóveda. En el vano de 
los altares, las imágenes sagradas conservan, sobre el fondo es- 
plendente de oro, apenas amortiguado por el tiempo, la sonrisa 
que aún parece hablar a los fieles su lenguaje inefable y angé- 
lico, de dulzura y amor. 

Sólo está ausente, no el mundo objetivo de la realidad, tal 
como fuera — sino el mundo de las almas, desprovisto de la fe 
primera e inmarcesible que animaba con su potencia fulgurante, 
los elementos del gran drama del corazón. 

Quizá algo de ello, se verifique al tornar con el espíritu en- 
sombrecido, a la contemplación de los ideales que fueron el he- 
chizo de la juventud. 

¿Es que entonces, el ensueño de Ariel ha muerto? ¿Es que 


38 


el genio del aire, se ha desvanecido en la noche, como un lampo 
de luz? — Esa noble concepción del destino humano realizándose 
en la pureza de la acción, bajo el imperio generoso del ideal de- 
sinteresado, no tiene en la época presente del reinado de Calibán, 
el sentido y el alcance que tuviera para las generaciones de Amé- 
rica, que llegaban al estadio de la vida, al cumplirse el centena- 
rio de la emancipación del Continente Americano; y sus fórmu- 
las, ¿serán lenguaje ininteligible, para las multitudes modernas, 
vastos ejércitos al servicio de Calibán, lenguaje no menos remoto 
e incomprensible que el que guardan los jeroglíficos de la Isla 
de Pascua, para los indígenas que sobreviven y sólo advierten la 
curiosidad del diseño, sin alcanzar a develar su sentido oculto y 
desvanecido? 

Quiero creer que no. 

Desde lo más íntimo de mi espíritu siento que asciende la 
protesta indignada. Como Juliano el Apóstata, no logro persua- 
dirme de la muerte de los antiguos dioses. 

Lo que la vida ha destruido, mis sentimientos íntimos rebe- 
lándose en las más hondas profundidades del espíritu, se em- 
peñan tenazmente para reclamar su realidad. 

No, ni la belleza, ni la poesía, ni el arte, ni el bien, conci- 
liados en el destino humwno, pueden morir. El progreso del es- 
píritu, cuya ascensión fatal se realiza en la humanidad, debe 
también cumplirse en el orden de la convivencia humana. El 
imperio de la democracia en el mundo, que importa el ideal de 
vida libre y concretamente realizado por la voluntad, debe re- 
solverse en una armonía con las más altas y puras idealidades 
del alma humana. 

Y este libro pequeño y primoroso, con que el arte de Gu- 
tenberg, permite renovar, como en el árbol la pompa floral de 
una risueña primavera, los nobles pensamientos de Rodó, lleve 
una vez más sobre el suelo de América, la buena nueva del eterno 
ideal, redivivo y triunfante, sobre las almas atentas a su mensaje 
de esperanza y de amor. 

Juan Carlos Gómez Haedo 

Montevideo, febrero de 1947. 






A quella tarde, el viejo y venerado maes- 
tro, á quien solían llamar Próspero, 
por alusión al sabio mago de La Tem- 
L pesiad shakspiriana, se despedía de sus 
jóvenes discípulos, pasado un año de tareas, congre- 
gándolos una vez más á su alrededor. 

Ya habían llegado ellos á la amplia sala de estu- 
dio, en la que un gusto delicado y severo esmerábase 
por todas partes en honrar la noble presencia de los 


libros, fieles compañeros de Próspero. Dominaba en la 
sala — como numen de su ambiente sereno — un 
bronce primoroso, que figuraba al Ariel de La Tem- 
pestad. Junto á este bronce se sentaba habitualmente 
el maestro, y por ello le llamaban con el nombre del 
mago á quien sirve y favorece en el drama el fantás- 
tico personaje que había interpretado el escultor. Qui- 
zá en su enseñanza y su carácter había, para el nom- 
bre, una razón y un sentido más profundos. 

Ariel, genio del aire, respresenta, en el simbolis- 
mo de la obra de Shakespeare, la parte noble y alada 
del espíritu. Ariel es el imperio de la razón y el senti- 
miento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad; 
es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresa- 
do en la acción, la espiritualidad de la cultura, la vi- 
vacidad y la gracia de la inteligencia, — el término 
ideal á que asciende la selección humana, rectificando 
en el hombre superior los tenaces vestigios de Calibán, 
símbolo de sensualidad y de torpeza, con el cincel per- 
severante de la vida. 

La estatua, de real arte, reproducía al genio aéreo 
en el instante en que, libertado por la magia de Prós- 
pero, va á lanzarse á los aires para desvanecerse en un 
lampo. Desplegadas las alas; suelta y flotante la leve 
vestidura, que la caricia de la luz en el bronce damas- 
quinaba de oro; erguida la amplia frente; entreabier- 
tos los labios por serena sonrisa, todo en la actitud de 
Ariel acusaba admirablemente el gracioso arranque 

42 


del vuelo; y con inspiración dichosa, el arte que había 
dado firmeza escultural á su imagen, había acertado á 
conservar en ella, al mismo tiempo, la apariencia será- 
fica y la levedad ideal. 

Próspero acarició, meditando, la frente de la es- 
tatua; dispuso luego al grupo juvenil en torno suyo; y 
con su firme voz, — voz magistral, que tenía para fi- 
jar la idea é insinuarse en las profundidades del espí- 
ritu, bien la esclarecedora penetración del rayo de luz, 
bien el golpe incisivo del cincel en el mármol, bien el 
toque impregnante del pincel en el lienzo ó de la onda 
en la arena, — comenzó á decir, frente á una atención 
afectuosa: 


43 









I 


J unto á la estatua que habéis visto presidir, cada 
tarde, nuestros coloquios de amigos, en los 
que he procurado despojar á la enseñanza de 
toda ingrata austeridad, voy a hablaros de 
nuevo, para que sea nuestra despedida como el sello 
estampado en un convenio de sentimientos y de ideas. 

Invoco á Ariel como mi numen. Quisiera ahora 
para mi palabra la más suave y persuasiva unción que 
ella haya tenido jamás. Pienso que hablar á la juven- 





tud sobre nobles y elevados motivos, cualesquiera que 
sean, es un género de oratoria sagrada. Pienso también 
que el espíritu de la juventud es un terreno generoso 
donde la simiente de una palabra oportuna suele ren- 
dir, en corto tiempo, los frutos de una inmortal vege- 
tación. 

Anhelo colaborar en una página del programa 
que, al prepararos á respirar el aire libre de la acción, 
formularéis, sin duda, en la intimidad de vuestro espí- 
ritu, para ceñir á él vuestra personalidad moral y vues- 
tro esfuerzo. Este programa propio, — que algunas 
veces se formula y escribe; — que se reserva otras para 
ser revelado en el mismo transcurso de la acción, — no 
falta nunca en el espíritu de las agrupaciones y los pue- 
blos que son algo más que muchedumbres. Si con re- 
lación á la escuela de la voluntad individual, pudo 
Goethe decir profundamente que sólo es digno de la 
libertad y la vida quien es capaz de conquistarlas día 
á día para sí, con tanta más razón podría decirse que 
el honor de cada generación humana exige que ella se 
conquiste, por la perseverante actividad de su pensa- 
miento, por el esfuerzo propio, su fe en determinada 
manifestación del ideal y su puesto en la evolución de 
las ideas. 

Al conquistar los vuestros, debéis empezar por 
reconocer un primer objeto de fe, en vosotros mismos. 
La juventud que vivís es una fuerza de cuya aplica- 
ción sois los obreros y un tesoro de cuya inversión sois 


46 


responsables. Amad ese tesoro y esa fuerza; haced que 
el altivo sentimiento de su posesión permanezca ar- 
diente y eficaz en vosotros. Yo os digo con Renán: La 
juventud es el descubrimiento de un horizonte inmen- 
so, que es la Vida”. El descubrimiento que revela las 
tierras ignoradas necesita completarse por el esfuerzo 
viril que las sojuzga. Y ningún otro espectáculo puede 
imaginarse más propio para cautivar á un tiempo el 
interés del pensador y el entusiasmo del artista, que el 
que presenta una generación humana que marcha al 
encuentro del futuro, vibrante con la impaciencia de 
la acción, alta la frente, en la sonrisa un altanero des- 
dén del desengaño, colmada el alma por dulces y re- 
motos mirajes que derraman en ella misteriosos estí- 
mulos, como las visiones de Cipango y El Dorado en 
las crónicas heroicas de los conquistadores. 

Del renacer de las esperanzas humanas; de las 
promesas que fían eternamente al porvenir la realidad 
de lo mejor, adquiere su belleza el alma que se entre- 
abre al soplo de la vida; dulce é inefable belleza, com- 
puesta, como lo estaba la del amanecer para el poeta 
de Las Contemplaciones, de un 'Vestigio de sueño y un 
principio de pensamiento”. 

La humanidad, renovando de generación en gene- 
ración su activa esperanza y su ansiosa fe en un ideal, 
al través de la dura experiencia de los siglos, hacía 
pensar á Guyau en la obsesión de aquella pobre enaje- 
nada cuya extraña y conmovedora locura consistía en 


47 


creer llegado, constantemente, el día de sus bodas. — 
Juguete de su ensueño, ella ceñía cada mañana á su 
frente pálida la corona de desposada y suspendía de su 
cabeza el velo nupcial. Con una dulce sonrisa, dispo- 
níase luego á recibir al prometido ilusorio, hasta que 
las sombras de la tarde, tras el vano esperar, traían la 
decepción á su alma. Entonces, tomaba un melancólico 
tinte su locura. Pero su ingenua confianza reaparecía 
con la aurora siguiente; y ya sin el recuerdo del desen- 
canto pasado, murmurando: Es boy cuando vendrá, 
volvía a ceñirse la corona y el velo y á sonreír en espe- 
ra del prometido. 

Es así como, no bien la eficacia de un ideal ha 
muerto, la humanidad viste otra vez sus galas nupcia- 
les para esperar la realidad del ideal soñado con nueva 
fe, con tenaz y conmovedora locura. Provocar esa re- 
novación, inalterable como un ritmo de la Naturaleza, 
es en todos los tiempos la función y la obra de la juven- 
tud. De las almas de cada primavera humana está te- 
jido aquel tocado de novia. Cuando se trata de sofocar 
esta sublime terquedad de la esperanza, que brota ala- 
da del seno de la decepción, todos los pesimismos son 
vanos. Lo mismo los que se fundan en la razón que los 
que parten de la experiencia, han de reconocerse inúti- 
les para contrastar el altanero no importa que surge 
del fondo de la Vida. Hay veces en que, por una apa- 
rente alteración del ritmo triunfal, cruzan la historia 
humana generaciones destinadas á personificar, desde 


48 


la cuna, la vacilación y el desaliento. Pero ellas pasan, 
— no sin haber tenido quizá su ideal como las otras, 
en forma negativa y con amor inconsciente; — y de 
nuevo se ilumina en el espíritu de la humanidad la es- 
peranza en el Esposo anhelado; cuya imagen, dulce y 
radiosa como en los versos de marfil de los místicos, 
basta para mantener la animación y el contento de la 
vida, aun cuando nunca haya de encarnarse en la rea- 


lidad. 


La juventud, que así significa en el alma de los 
individuos y la de las generaciones, luz, amor, energía, 
existe y lo significa también en el proceso evolutivo 
de las sociedades. De los pueblos que sienten y consi- 
deran la vida como vosotros, serán siempre la fecundi- 
dad, la fuerza, el dominio del porvenir. — Hubo una 
vez en que los atributos de la juventud humana se 
hicieron, más que en ninguna otra, los atributos de un 
pueblo, los caracteres de una civilización, y en que un 
soplo de adolescencia encantadora pasó rozando la 
frente serena de una raza. Cuando Grecia nació, los 
dioses le regalaron el secreto de su juventud inextin- 
guible. Grecia es el alma joven. "Aquel que en Delfos 
contempla la apiñada muchedumbre de los jonios 
— dice uno de los himnos homéricos — se imagina 
que ellos no han de envejecer jamás”. Grecia hizo 
grandes cosas porque tuvo, de la juventud, la alegría, 
que es el ambiente de la acción, y el entusiasmo, que 
es la palanca omnipotente. El sacerdote egipcio con 


49 


quien Solón hablo en el templo de Sais decía al legisla- 
dor ateniense, compadeciendo a los griegos por su vo- 
lubilidad bulliciosa: No sois sino unos niños! Y Mi- 
chelet ha comparado la actividad del alma helena con 
un festivo juego á cuyo alrededor se agrupan y sonríen 
todas las naciones del mundo. Pero de aquel divino 
juego de niños sobre las playas del Archipiélago y á la 
sombra de los olivos de Jonia, nacieron el arte, la filo- 
sofía, el pensamiento libre, la curiosidad de la investi- 
gación, la conciencia de la dignidad humana, todos 
esos estímulos de Dios que son aún nuestra inspiración 
y nuestro orgullo. Absorto en su austeridad hierática, 
el país del sacerdote representaba, en tanto, la senec- 
tud, que se concentra para ensayar el reposo de la eter- 
nidad y aleja, con desdeñosa mano, todo frívolo sueño. 
La gracia, la inquietud, están proscriptas de las actitu- 
des de su alma, como del gesto de sus imágenes la vida. 
Y cuando la posteridad vuelve las miradas á él, sólo 
encuentra una estéril noción del orden presidiendo al 
desenvolvimiento de una civilización que vivió para 
tejerse un sudario y para edificar sus sepulcros: la som- 
bra de un compás tendiéndose sobre la esterilidad de 
la arena. 

Las prendas del espíritu joven, — el entusiasmo 
y la esperanza, — corresponden en las armonías de la 
historia y la naturaleza, al movimiento y á la luz. 
Adondequiera que volváis los ojos, las encontrareis co- 
mo el ambiente natural de todas las cosas fuertes y 


50 


hermosas. Levantadlos al ejemplo más alto: — La idea 
cristiana, sobre la que aun se hace pesar la acusación 
de haber entristecido la tierra proscribiendo la alegría 
del paganismo, es una inspiración esencialmente juve- 
nil mientras no se aleja de su cuna. El cristianismo na- 
ciente es en la interpretación — que yo creo tanto más 
verdadera cuanto más poética — de Renán, un cuadro 
de juventud inmarcesible. De juventud del alma, ó, lo 
que es lo mismo, de un vivo sueño, de gracia, de can- 
dor, se compone el aroma divino que flota sobre las 
lentas jornadas del Maestro al través de los campos de 
Galilea; sobre sus prédicas, que se desenvuelven ajenas 
á toda penitente gravedad; junto á un lago celeste; en 
los valles abrumados de frutos; escuchadas por "las 
aves del cielo” y "los lirios de los campos”, con que se 
adornan las parábolas; propagando la alegría del "rei- 
no de Dios” sobre una dulce sonrisa de la Naturaleza. 
De este cuadro dichoso, están ausentes los ascetas que 
acompañaban en la soledad las penitencias del Bautis- 
ta. Cuando Jesús habla de los que á él le siguen, los 
compara á los paraninfos de un cortejo de bodas. — 
Y es la impresión de aquel divino contento la que in- 
corporándose á la esencia de la nueva fe, se siente per- 
sistir al través de la Odisea de los evangelistas; la que 
derrama en el espíritu de las primeras comunidades 
cristianas su felicidad candorosa, su ingenua alegría de 
vivir; y la que, al llegar á Roma con los ignorados cris- 
tianos del Transtevere, les abre fácil paso en los cora- 


zones; porque ellos triunfaron oponiendo el encanto de 
su juventud interior — la de su alma enbalsamada por 
la libación del vino nuevo — á la severidad de los es- 
toicos y á la decrepitud de los mundanos. 

Sed, pues, conscientes poseedores de la fuerza ben- 
dita que lleváis dentro de vosotros mismos. No creáis, 
sin embargo, que ella esté exenta de malograrse y des- 
vanecerse, como un impulso sin objeto, en la realidad. 
De la Naturaleza es la dádiva del precioso tesoro; pero 
es de las ideas, que él sea fecundo, ó se prodigue vana- 
mente, ó fraccionado y disperso en las conciencias per- 
sonales, no se manifieste en la vida de las sociedades hu- 
manas como una fuerza bienhechora. Un escritor sa- 
gaz rastreaba, ha poco, en las páginas de la novela de 
nuestro siglo, — esa inmensa superficie especular donde 
se refleja toda entera la imagen de la vida en los últi- 
mos vertiginosos cien años, — la psicología, los esta- 
dos de alma de la juventud, tales como ellos han sido 
en las generaciones que van desde los días de René hasta 
los que han visto pasar á Des Esseintes. — Su análisis 
comprobaba una progresiva disminución de juventud 
interior y de energía, en la serie de personajes repre- 
sentativos que se inicia con los héroes, enfermos, pero 
á menudo viriles y siempre intensos de pasión, de los 
románticos, y termina con los enervados de voluntad y 
corazón en quienes se reflejan tan desconsoladoras ma- 
nifestaciones del espíritu de nuestro tiempo como la del 
protagonista de A rebours ó la del Robert Greslou de 


52 


Le Disciple. — Pero comprobaba el análisis, también, 
un lisonjero renacimiento de animación y de esperanza 
en la psicología de la juventud de que suele hablarnos 
una literatura que es quizá nuncio de transformaciones 
más hondas; renacimiento que personifican los héroes 
nuevos de Lemaitre, de Wizewa, de Rod, y cuya más 
cumplida representación lo sería tal vez el David Grieve 
con que cierta novelista inglesa contemporánea ha re- 
sumido en un solo carácter todas las penas y todas las 
inquietudes ideales de varias generaciones, para solu- 
cionarlas en un supremo desenlace de serenidad y de 
amor. 

¿Madurará en la realidad esa esperanza? — Vo- 
sotros, los que vais á pasar, como el obrero en marcha 
á los talleres que le esperan, bajo el pórtico del nuevo 
siglo, ¿reflejaréis quizá sobre el arte que os estudie imá- 
genes más luminosas y triunfales que las que han que- 
dado de nosotros? Si los tiempos divinos en que las al- 
mas jóvenes daban modelos para los dialoguistas ra- 
diantes de Platón sólo fueron posibles en una breve pri- 
mavera del mundo; si es fuerza "no pensar en los dio- 
ses”, como aconseja la Forquias del segundo "Fausto” 
al coro de cautivas; ¿no nos será lícito, á lo menos, so- 
ñar con la aparición de generaciones humanas que de- 
vuelvan á la vida un sentido ideal, un grande entusias- 
mo; en las que sea un poder el sentimiento; en las que 
una vigorosa resurrección de las energías de la voluntad 
ahuyente, con heroico clamor, del fondo de las almas, 


53 


todas las cobardías morales que se nutren á los pechos 
de la decepción y de la duda? ¿Será de nuevo la juven- 
tud una realidad de la vida colectiva, como lo es de la 
vida individual? 

Tal es la pregunta que me inquieta mirándoos. — 
Vuestras primeras páginas, las confesiones que nos ha- 
béis hecho hasta ahora de vuestro mundo íntimo, ha- 
blan de indecisión y de estupor á menudo; nunca de 
enervación, ni de un definitivo quebranto de la volun- 
tad. Yo sé bien que el entusiasmo es una surgente viva en 
vosotros. Yo sé bien que las notas de desaliento y de do- 
lor que la absoluta sinceridad del pensamiento — virtud 
todavía más grande que la esperanza — ha podido ha- 
cer brotar de las torturas de vuestra meditación, en las 
tristes é inevitables citas de la Duda, no eran indicio de 
un estado de alma permanente ni significaron en nin- 
gún caso vuestra desconfianza respecto de la eterna vir- 
tualidad de la Vida. Cuando un grito de angustia ha 
ascendido del fondo de vuestro corazón, no lo habéis 
sofocado antes de pasar por vuestros labios, con la aus- 
tera y muda altivez del estoico en el suplicio, pero lo 
habéis terminado con una invocación al ideal que 
vendrá, con una nota de esperanza mesiánica. 

Por lo demás, al hablaros del entusiasmo y la es- 
peranza, como de altas y fecundas virtudes, no es mi 
propósito enseñaros á trazar la línea infranqueable que 
separe el escepticismo de la fe, la decepción de la ale- 
gría. Nada más lejos de mi ánimo que la idea de con- 


54 


fundir con los atributos naturales de la juventud, con 
la graciosa espontaneidad de su alma, esa indolente fri- 
volidad del pensamiento, que, incapaz de ver más que 
el motivo de un juego en la actividad, compra el amor 
y el contento de la vida al precio de su incomunicación 
con todo lo que pueda hacer detener el paso ante la faz 
misteriosa y grave de las cosas. — No es ése el noble 
significado de la juventud individual, ni ése tampoco 
el de la juventud de los pueblos. — Yo he conceptuado 
siempre vano el propósito de los que constituyéndose 
en avizores vigías del destino de América, en custodios 
de su tranquilidad, quisieran sofocar, con temeroso re- 
celo, antes de que llegase á nosotros, cualquiera reso- 
nancia del humano dolor, cualquier eco venido de lite- 
raturas extrañas, que, por triste ó insano, ponga en pe- 
ligro la fragilidad de su optimismo. — Ninguna firme 
educación de la inteligencia puede fundarse en el aisla- 
miento candoroso ó en la ignorancia voluntaria. Todo 
problema propuesto al pensamiento humano por la 
Duda; toda sincera reconvención que sobre Dios ó la 
Naturaleza se fulmine, del seno del desaliento y el 
dolor, tienen derecho á que les dejemos llegar á nues- 
tra conciencia y á que los afrontemos. Nuestra fuerza 
de corazón ha de probarse aceptando el reto de la Es- 
finge, y no esquivando su interrogación formidable. — 
No olvidéis, además, que en ciertas amarguras del pen- 
samiento hay, como en sus alegrías, la posibilidad de 
encontrar un punto de partida para la acción, hay á 


55 


menudo sugestiones fecundas. Cuando el dolor enerva; 
cuando el dolor es la irresistible pendiente que conduce 
al marasmo ó el consejero pérfido que mueve á la ab- 
dicación de la voluntad, la filosofía que le lleva en sus 
entrañas es cosa indigna de almas jóvenes. Puede en- 
tonces el poeta calificarle de "indolente soldado que 
milita bajo las banderas de la muerte”. Pero cuando lo 
que nace del seno del dolor es el anhelo varonil de la lu- 
cha para conquistar ó recobrar el bien que él nos niega, 
entonces es un acerado acicate de la evolución, es el más 
poderoso impulso de la vida; no de otro modo que como 
el hastío, para Helvecio, llega á ser la mayor y más 
preciosa de todas las prerrogativas humanas, desde el 
momento en que, impidiendo enervarse nuestra sensi- 
bilidad en los adormecimientos del ocio, se convierte en 
el vigilante estímulo de la acción. 

En tal sentido, se ha dicho bien que hay pesimis- 
mos que tienen la significación de un optimismo para- 
dójico. Muy lejos de suponer la renuncia y la condena- 
ción de la existencia, ellos propagan, con su descontento 
de lo actual, la necesidad de renovarla. Lo que á la hu- 
manidad importa salvar contra toda negación pesi- 
mista, es, no tanto la idea de la relativa bondad de lo 
presente, sino la de la posibilidad de llegar á un término 
mejor por el desenvolvimiento de la vida, apresurado 
y orientado mediante el esfuerzo de los hombres. La fe 
en el porvenir, la confianza en la eficacia del esfuerzo 
humano, son el antecedente necesario de toda acción 




enérgica y de todo propósito fecundo. Tal es la razón 
por la que he querido comenzar encareciéndoos la in- 
mortal excelencia de esa fe que, siendo en la juventud 
un instinto, no debe necesitar seros impuesta por nin- 
guna enseñanza, puesto que la encontraréis indefecti- 
blemente dejando actuar en el fondo de vuestro sér la 
sugestión divina de la Naturaleza. 

Animados por ese sentimiento, entrad, pues, á la 
vida, que os abre sus hondos horizontes, con la noble 
ambición de hacer sentir vuestra presencia en ella desde 
el momento en que la afrontéis con la altiva mirada del 
copquistador. — Toca al espíritu juvenil la iniciativa 
audaz, la genialidad innovadora. — Quizá universal- 
mente, hoy, la acción y la influencia de la juventud son 
en la marcha de las sociedades humanas menos efectivas 
é intensas que debieran ser. Gastón Deschamps lo hacía 
notar en Francia, hace poco, comentando la iniciación 
tardía de las jóvenes generaciones, en la vida pública 
y la cultura de aquel pueblo, y la escasa originalidad 
con que ellas contribuyen al trazado de las ideas domi- 
nantes. Mis impresiones del presente de América, en 
cuanto ellas pueden tener un carácter general á pesar 
del doloroso aislamiento en que viven los pueblos que 
la componen, justificarían acaso una observación pare- 
cida. — Y sin embargo, yo creo ver expresada en to- 
das partes la necesidad de una activa revelación de 
fuerzas nuevas; yo creo que América necesita grande- 
mente de su juventud. — He ahí por qué os hablo. He 


57 


ahí por qué me interesa extraordinariamente la orien- 
tación moral de vuestro espíritu. La energía de vuestra 
palabra y vuestro ejemplo puede llegar hasta incorpo- 
rar las fuerzas vivas del pasado á la obra del futuro. 
Pienso con Michelet que el verdadero concepto de la 
educación no abarca sólo la cultura del espíritu de los 
hijos por la experiencia de los padres, sino también, y 
con frecuencia mucho más, la del espíritu de los padres 
por la inspiración innovadora de los hijos. 

Hablemos, pues, de cómo consideraréis la vida 
que os espera. 


’» r 



L a divergencia de las vocaciones personales im- 
primirá diversos sentidos á vuestra actividad, 
y hará predominar una disposición, una ap- 
/ titud determinada, en el espíritu de cada uno 
de vosotros. — Los unos seréis hombres de ciencia; los 
otros seréis hombres de arte; los otros seréis hombres 
de acción. — Pero por encima de los afectos que ha- 
yan de vincularos individualmente á distintas aplica- 
ciones y distintos modos de la vida, debe velar, en lo 





íntimo de vuestra alma, la conciencia de la unidad fun- 
damental de nuestra naturaleza, que exige que cada in- 
dividuo humano sea, ante todo y sobre toda otra cosa, 
un ejemplar no mutilado de la humanidad, en el que* 
ninguna noble facultad del espíritu quede obliterada 
y ningún alto interés de todos pierda su virtud comu- 
nicativa. Antes que las modificaciones de profesión y 
de cultura está el cumplimiento del destino común de 
los seres racionales. "Hay una profesión universal, que 
es la de hombre ”, ha dicho admirablemente Guyau. Y 
Renán, recordando, á propósito de las civilizaciones 
desequilibradas y parciales, que el fin de la criatura 
humana no puede ser exclusivamente saber, ni sentir, 
ni imaginar, sino ser real y enteramente humana, de- 
fine el ideal de perfección á que ella debe encaminar 
sus energías como la posibilidad de ofrecer en un tipo 
individual un cuadro abreviado de la especie. 

Aspirad, pues, á desarrollar en lo posible, no un 
solo aspecto, sino la plenitud de vuestro sér. No os en- 
cojáis de hombros delante de ninguna noble y fecunda 
manifestación de la naturaleza humana, á pretexto de 
que vuestra organización individual os liga con prefe- 
rencia á manifestaciones diferentes. Sed espectadores 
atentos allí donde no podáis ser actores. — Cuando 
cierto falsísimo y vulgarizado concepto de la educa- 
ción, que la imagina subordinada exclusivamente al fin 
utilitario, se empeña en mutilar, por medio de ese uti- 
litarismo y de una especialización prematura, la inte- 

60 


\ 


gridad natural de los espíritus, y anhela proscribir de 
la enseñanza todo elemento desinteresado é ideal, no 
repara suficientemente en el peligro de preparar para 
el porvenir espíritus estrechos, que, incapaces de con- 
siderar más que el único aspecto de la realidad con que 
estén inmediatamente en contacto, vivirán separados 
por helados desiertos de los espíritus que, dentro de la 
misma sociedad, se hayan adherido á otras manifesta- 
ciones de la vida. 

Lo necesario de la consagración particular de ca- 
da uno de nosotros á una actividad determinada, á un 
solo modo de cultura, no excluye, ciertamente, la ten- 
dencia á realizar, por la íntima armonía del espíritu, 
el destino común de los seres racionales. Esa actividad, 
esa cultura, serán sólo la nota fundamental de la ar- 
monía. — El verso célebre en que el esclavo de la es- 
cena antigua afirmó que, pues era hombre, no le era 
ajeno nada de lo humano, forma parte de los gritos 
que, por su sentido inagotable, resonarán eternamente 
en la conciencia de la humanidad. Nuestra capacidad 
de comprender, sólo debe tener por límite la imposibi- 
lidad de comprender á los espíritus estrechos. Ser in- 
capaz de ver de la Naturaleza más que una faz; de las 
ideas é intereses humanos más que uno solo, equivale 
á vivir envuelto en una sombra de sueño horadada por 
un solo rayo de luz. La intolerancia, el exclusivismo, 
que cuando nacen de la tiránica absorción de un alto 
entusiasmo, del desborde de un desinteresado propósi- 


61 


to ideal, pueden merecer justificación, y aun simpatía, 
se convierten en la más abominable de las inferiorida- 
des cuando, en el círculo de la vida vulgar, manifiestan 
la limitación de un cerebro incapacitado para reflejar 
más que una parcial apariencia de las cosas. 

Por desdicha, es en los tiempos y las civilizaciones 
que han alcanzado una completa y refinada cultura 
donde el peligro de esa limitación de los espíritus tiene 
una importancia más real y conduce á resultados más 
temibles. Quiere, en efecto, la ley de evolución, mani- 
festándose en la sociedad como en la naturaleza por 
una creciente tendencia á la heterogeneidad, que, á 
medida que la cultura general de las sociedades avan- 
za, se limite correlativamente la extensión de las apti- 
tudes individuales y haya de ceñirse el campo de acción 
de cada uno á una especialidad más restringida. Sin de- 
jar de constituir una condición necesaria de progreso, 
ese desenvolvimiento del espíritu de especialización 
trae consigo desventajas visibles, que no se limitan á 
estrechar el horizonte de cada inteligencia, falseando 
necesariamente su concepto del mundo, sino que alcan- 
zan y perjudican, por la dispersión de las afecciones y 
los hábitos individuales, al sentimiento de la solidari- 
dad. — Augusto Comte ha señalado bien este peligro 
de las civilizaciones avanzadas. Un alto estado de per- 
feccionamiento social tiene para él un grave inconve- 
niente en la facilidad con que suscita la aparición de 
espíritus deformados y estrechos; de espíritus "muy 


62 


capaces bajo un aspecto único y monstruosamente inep- 
tos bajo todos los otros”. El empequeñecimiento de un 
cerebro humano por el comercio continuo de un solo 
género de ideas, por el ejercicio indefinido de un solo 
modo de actividad, es para Comte un resultado com- 
parable á la mísera suerte del obrero á quien la divi- 
sión del trabajo de taller obliga á consumir en la inva- 
riable operación de un detalle mecánico todas las ener- 
gías de su vida. En uno y otro caso, el efecto moral es 
inspirar una desastrosa indiferencia por el aspecto ge- 
neral de los intereses de la humanidad. Y aunque esta 
especie de automatismo humano — agrega el pensador 
positivista — no constituye felizmente sino la extrema 
influencia dispersiva del principio de especialización, 
su realidad, ya muy frecuente, exige que se atribuya á 
su apreciación una verdadera importancia (1). 

No menos que á la solidez, daña esa influencia 
dispersiva á la estética de la estructura social. — La 
belleza incomparable de Atenas, lo imperecedero del 
modelo legado por sus manos de diosa á la admiración 
y el encanto de la humanidad, nacen de que aquella 
ciudad de prodigios fundó su concepción de la vida en 
el concierto de todas las facultades humanas, en la li- 
bre y acordada expansión de todas las energías capa- 
ces de contribuir á la gloria y al poder de los hombres. 
Atenas supo engrandecer á la vez el sentido de lo ideal 


(1) A. Comte: Cotirs de philosophie positive, t. IV, p. 430, 2* edición. 


63 


y el de lo real, la razón y el instinto, las fuerzas del es- 
píritu y las del cuerpo. Cinceló las cuatro faces del al- 
ma. Cada ateniense libre describe en derredor de sí, 
para contener su acción, un círculo perfecto, en el que 
ningún desordenado impulso quebrantará la graciosa 
proporción de la línea. Es atleta y escultura viviente 
en el gimnasio, ciudadano en el Pnix, polemista y pen- 
sador en los pórticos. Ejercita su voluntad en toda suer- 
te de acción viril y su pensamiento en toda preocupa- 
ción fecunda. Por eso afirma Macaulay que un día de 
la vida pública del Atica es más brillante programa de 
enseñanza que los que hoy calculamos para nuestros 
modernos centros de instrucción. — Y de aquel libre 
y único florecimiento de la plenitud de nuestra natu- 
raleza, surgió el milagro griego, — una inimitable y 
encantadora mezcla de animación y de serenidad, una 
primavera del espíritu humano, una sonrisa de la his- 
toria. 

En nuestros tiempos, la creciente complejidad de 
nuestra civilización privaría de toda seriedad al pen- 
samiento de restaurar esa armonía, sólo posible entre 
los elementos de una graciosa sencillez. Pero dentro de 
la misma complejidad de nuestra cultura; dentro de la 
diferenciación progresiva de caracteres, de aptitudes, 
de méritos, que es la ineludible consecuencia del pro- 
greso en el desenvolvimiento social, cabe salvar una 
razonable participación de todos en ciertas ideas y sen- 
timientos fundamentales que mantengan la unidad y 


64 




el concierto de la vida, — en ciertos intereses del alma, 
ante los cuales la dignidad del ser racional no consien- 
te la indiferencia de ninguno de nosotros. 

Cuando el sentido de la utilidad material y el 
bienestar, domina en el carácter de las sociedades hu- 
manas con la energía que tiene en lo presente, los re- 
sultados del espíritu estrecho y la cultura unilateral 
son particularmente funestos á la difusión de aquellas 
preocupaciones puramente ideales que, siendo objeto 
de amor para quienes les consagran las energías más 
nobles y perseverantes de su vida, se convierten en una 
remota, y quizá no sospechada, región, para una in- 
mensa parte de los otros. — Todo género de medita- 
ción desinteresada, de contemplación ideal, de tregua 
íntima, en la que los diarios afanes por la utilidad ce- 
dan transitoriamente su imperio á una mirada noble y 
serena tendida de lo alto de la razón sobre las cosas, 
permanece ignorado, en el estado actual de las socie- 
dades humanas, para millones de almas civilizadas y 
cultas, á quienes la influencia de la educación ó la cos- 
tumbre reduce al automatismo de una actividad, en 
definitiva, material. — Y bien: este género de servi- 
dumbre debe considerarse la más triste y oprobiosa de 
todas las condenaciones morales. Yo os ruego que os 
defendáis, en la milicia de la vida, contra la mutilación 
de vuestro espíritu por la tiranía de un objetivo único 
é interesado. — No entreguéis nunca á la utilidad ó á 
la pasión, sino una parte de vosotros. Aun dentro de la 


65 


esclavitud material, hay la posibilidad de salvar la li- 
bertad interior: la de la razón y el sentimiento. No tra- 
téis, pues, de justificar, por la absorción del trabajo ó 
el combate, la esclavitud de vuestro espíritu. 

Encuentro el símbolo de lo que debe ser nuestra 
alma en un cuento que evoco de un empolvado rincón 
de mi memoria. — Era un rey patriarcal, en el Oriente 
indeterminado é ingenuo donde gusta hacer nido la 
alegre bandada de los cuentos. Vivía su reino la can- 
dorosa infancia de las tiendas de Ismael y los palacios 
de Pilos. La tradición le llamó después, en 1~ memoria 
de los hombres, el rey hospitalario. Inmensa era la pie- 
dad del rey. A desvanecerse en ella tendía, como por 
su propio peso, toda desventura. A su hospitalidad 
acudían lo mismo por blanco pan el miserable que 
el alma desolada por el bálsamo de la palabra que 
acaricia. Su corazón reflejaba, como sensible placa so- 
nora, el ritmo de los otros. Su palacio era la casa del 
pueblo. — Todo era libertad y animación dentro de 
este augusto recinto, cuya entrada nunca hubo guar 
das que vedasen. En los abiertos pórticos, formaban 
corro los pastores cuando consagraban á rústicos con- 
ciertos sus ocios; platicaban al caer la tarde los ancia 
nos; y frescos grupos de mujeres disponían, sobre tren- 
zados juncos, las flores y los racimos de que se compo- 
nía únicamente el diezmo real. Mercaderes de Ofir, bu- 
honeros de Damasco, cruzaban á toda hora las puertas 
anchurosas, y ostentaban en competencia, ante las mi- 


66 


radas del rey, las telas, las joyas, los perfumes. Junto á 
su trono reposaban los abrumados peregrinos. Los pá- 
jaros se citaban al mediodía para recoger las migajas 
de su mesa; y con el alba, los niños llegaban en bandas 
bulliciosas al pie del lecho en que dormía el rey de bar- 
ba de plata y le anunciaban la presencia del sol. — Lo 
mismo a los seres sin ventura que á las cosas sin alma 
alcanzaba su liberalidad infinita. La Naturaleza sentía 
también ia atracción de su llamado generoso; vientos, 
aves y plantas parecían buscar, — como en el mito de 
Orfeo y en la leyenda de San Francisco de Asís, — la 
amistad humana en aquel oasis de hospitalidad. Del 
germen caído al acaso, brotaban y florecían, en las jun- 
turas de los pavimentos y los muros, los alhelíes de las 
ruinas, sin que una mano cruel los arrancase ni los ho- 
llara un pie maligno. Por las francas ventanas se ten- 
dían al interior de las cámaras del rey las enredaderas 
osadas y curiosas. Los fatigados vientos abandonaban 
largamente sobre el alcázar real su carga de aromas y 
armonías. Empinándose desde el vecino mar, como si 
quisieran ceñirle en un abrazo, le salpicaban las olas 
con su espuma. Y una libertad paradisial, una inmensa 
reciprocidad de confianzas, mantenían por dondequie- 
ra la animación de una fiesta inextinguible. . . 

Pero dentro, muy dentro; aislada del alcázar rui- 
doso por cubiertos canales; oculta á la mirada vulgar 
como la perdida iglesia” de Uhland en lo esquivo 
del bosque — al cabo de ignorados senderos, una mis- 


67 


teriosa sala se extendía, en la que á nadie era lícito po- 
ner la planta, sino al mismo rey, cuya hospitalidad se 
trocaba en sus umbrales en la apariencia de ascético 
egoísmo. Espesos muros la rodeaban. Ni un eco del bu- 
llicio exterior; ni una nota escapada al concierto de la 
Naturaleza, ni una palabra desprendida de los labios 
de los hombres, lograban traspasar el espesor de los si- 
llares de pórfido y conmover una onda del aire en la 
prohibida estancia. Religioso silencio velaba en ella la 
castidad del aire dormido. La luz, que tamizaban es- 
maltadas vidrieras, llegaba lánguida, medido el paso 
por una inalterable igualdad, y se diluía, como copo 
de nieve que invade un nido tibio, en la calma de un 
ambiente celeste. — Nunca reinó tan honda paz; ni en 
oceánica gruta, ni en soledad nemorosa. — Alguna 
vez, — cuando la noche era diáfana y tranquila, — 
abriéndose á modo de dos valvas de nácar la arteso- 
nada techumbre, dejaba cernerse en su lugar la mag- 
nificencia de las sombras serenas. En el ambiente flo- 
taba como una onda indisipable la casta esencia del 
nenúfar, el perfume sugeridor del adormecimiento pen- 
seroso y de la contemplación del propio ser. Graves ca- 
riátides custodiaban las puertas de marfil en la actitud 
del silenciario. En los testeros, esculpidas imágenes ha- 
blaban de idealidad, de ensimismamiento, de reposo . . . 
— Y el viejo rey aseguraba que, aun cuando á nadie 
fuera dado acompañarle hasta allí, su hospitalidad se- 


68 


r 


guía siendo en el misterioso seguro tan generosa y gran- 
de como siempre, sólo que los que él congregaba den- 
tro de sus muros discretos eran convidados impalpables 
y huéspedes sutiles. En él soñaba, en él se libertaba de 
la realidad, el rey legendario; en él sus miradas se vol» 
vían á lo interior y se bruñían en la meditación sus pen- 
samientos como las guijas lavadas por la espuma; en 
él se desplegaban sobre su noble frente las blancas alas 
de Psiquis ... Y luego, cuando la muerte vino á recor- 
darle que él no había sido sino un huésped más en su 
palacio, la impenetrable estancia quedó clausurada y 
muda para siempre; para siempre abismada en su re- 
poso infinito; nadie la profanó jamás, porque nadie 

hubiera osado poner la planta irreverente allí donde el 

* 

viejo rey quiso estar solo con sus sueños y aislado en la 
última Thule de su alma. 

Yo doy al cuento el escenario de vuestro reino 
interior. Abierto con una saludable liberalidad, como 
la casa del monarca confiado, á todas las corrientes del 
mundo, exista en el, al mismo tiempo, la celda escon- 
dida y misteriosa que desconozcan los huéspedes pro- 
fanos y que á nadie más que á la razón serena perte- 
nezca. Sólo cuando penetréis dentro del inviolable se- 
guro podréis llamaros, en realidad, hombres libres. No 
lo son quienes, enajenando insensatamente el dominio 
de sí á favor de la desordenada pasión ó el interés utili- 
tario, olvidan que, según el sabio precepto de Mon- 


69 


/ 

taigne, nuestro espíritu puede ser objeto de préstamo, 
pero no de cesión. — Pensar, soñar, admirar: he ahí los 
nombres de los sutiles visitantes de mi celda. Los anti- 
guos los clasificaban dentro de su noble inteligencia del 
ocio, que ellos tenían por el más elevado empleo de una 
existencia verdaderamente racional, identificándolo con 
la libertad del pensamiento emancipado de todo inno- 
ble yugo. El ocio noble era la inversión del tiempo que 
oponían, como expresión de la vida superior, á la acti- 
vidad económica. Vinculando exclusivamente á esa alta 
y aristocrática idea del reposo su concepción de la dig- 
nidad de la vida, el espíritu clásico encuentra su co- 
rrección y su complemento en nuestra moderna creen- 
cia en la dignidad del trabajo útil; y entrambas aten- 
ciones del alma pueden componer, en la existencia in- 
dividual, un ritmo, sobre cuyo mantenimiento nece- 
sario nunca será inoportuno insistir. — La escuela es- 
toica, que iluminó el ocaso de la antigüedad como por 
un anticipado resplandor del cristianismo, nos ha lega- 
do una sencilla y conmovedora imagen de la salvación 
de la libertad interior, aun en medio á los rigores de 
la servidumbre, en la hermosa figura de Cleanto; de 
aquel Cleanto que, obligado á emplear la fuerza de 
sus brazos de atleta en sumergir el cubo de una fuente 
y mover la piedra de un molino, concedía á la medi- 
tación las treguas del quehacer miserable y trazaba, 
con encallecida mano, sobre las piedras del camino, las 


70 


máximas oídas de labios de Zenón. Toda educación ra- 
cional, todo perfecto cultivo de nuestra naturaleza, to- 
marán por punto de partida la posibilidad de estimular 
en cada uno de nosotros, la doble actividad que sim- 
boliza Cleanto. 

Una vez más: el principio fundamental de vuestro 
desenvolvimiento, vuestro lema en la vida, deben ser 
mantener la integridad de vuestra condición hum^pa. 
Ninguna función particular debe prevalecer jamás so- 
bre esa finalidad suprema. Ninguna fuerza aislada 
puede satisfacer los fines racionales de la existencia in- 
dividual, como no puede producir el ordenado con- 
cierto de la existencia colectiva. Así como la deformi- 
dad y el empequeñecimiento son, en el alma de los in- 
dividuos, el resultado de un exclusivo objeto impuesto 
á la acción y un solo modo de cultura, la falsedad de lo 
artificial vuelve efímera la gloria de las sociedades que 
han sacrificado el libre desarrollo de su sensibilidad y 
su pensamiento, ya á la actividad mercantil, como 
en Fenicia; ya á la guerra, como en Esparta; ya al 
misticismo, como en el terror del milenario; ya á la 
vida de sociedad y de salón, como en la Francia del si- 
glo xviii. — Y preservándoos contra toda mutilación 
de vuestra naturaleza moral; aspirando á la armoniosa 
expansión de vuestro sér en todo noble sentido; pensad 
al mismo tiempo en que la más fácil y frecuente de las 
mutilaciones es, en el carácter actual de las sociedades 


71 


humanas, la que obliga al alma á privarse de ese gé- 
nero de vida interior, donde tienen su ambiente propio 
todas las cosas delicadas y nobles que, á la intemperie 
de la realidad, quema el aliento de la pasión impura y 
el interés utilitario proscribe: la vida de que son parte 
la meditación desinteresada, la contemplación ideal, el 
ocio antiguo, la impenetrable estancia de mi cuento! 


72 



A si como el primer impulso de la profana- 
ción será dirigirse á lo más sagrado del 
santuario, la regresión vulgarizadora 
L contra la que os prevengo comenzará 
por sacrificar lo más delicado del espíritu. — De todos 
los elementos superiores de la existencia racional, es el 
sentimiento de lo bello, la visión clara de la hermosura 
de las cosas, el que más fácilmente marchita la aridez 
de la vida limitada á la invariable descripción del 


círculo vulgar, conviniéndole en el atributo de una mi- 
noría que lo custodia, dentro de cada sociedad humana, 
como el depósito de un precioso abandono. La emo- 
ción de belleza es al sentimiento de las idealidades co- 
mo el esmalte del anillo. El efecto del contacto brutal 
por ella empieza fatalmente, y es sobre ella como obra 
de modo más seguro. Una absoluta indiferencia llega á 
ser, así, el carácter normal, con relación á lo que de- 
biera ser universal amor de las almas. No es más in- 
tensa la estupefacción del hombre salvaje en presencia 
de los instrumentos y las formas materiales de la civi- 
lización, que la que experimenta un número relativa- 
mente grande de hombres cultos frente á los actos en 
que se revele el propósito y el hábito de conceder una 
seria realidad á la relación hermosa de la vida. 

El argumento del apóstol traidor ante el vaso de 
nardo derramado inútilmente sobre la cabeza del Maes- 
tro, es, todavía, una de las fórmulas del sentido común. 
La superfluidad del arte no vale para la masa anónima 
los trescientos denarios. Si acaso la respeta, es como á 
un culto esotérico. Y sin embargo, entre todos los ele- 
mentos de educación humana que pueden contribuir á 
formar un amplio y noble concepto de la vida, nin- 
guno justificaría más que el arte un interés universal, 
porque ninguno encierra, — según la tesis desenvuelta 
en elocuentes páginas de Schiller, — la virtualidad de 
una cultura más extensa y completa, en el sentido de 


74 


prestarse á un acordado estímulo de todas las faculta- 
des del alma. 

Aunque el amor y la admiración de la belleza no 
respondiesen á una noble espontaneidad del sér ra- 
cional y no tuvieran, con ello, suficiente valor para ser 
cultivados por sí mismos, sería un motivo superior de 
moralidad el que autorizaría á proponer la cultura de 
los sentimientos estéticos, como un alto interés de 
0 todos. — Si á nadie es dado renunciar á la educación 
del sentimiento moral, este deber trae implícito el de 
disponer el alma para la clara visión de la belleza. Con- 
siderad al educado sentido de lo bello el colaborador 
más eficaz en la formación de un delicado instinto de 
justicia. La dignificación, el ennoblecimiento interior, 
no tendrán nunca artífice más adecuado. Nunca la cria- 
tura humana se adherirá de más segura manera al cum- 
plimiento del deber que cuando, además de sentirle co- 
mo una imposición, le sienta estéticamente como una 
armonía. Nunca ella será más plenamente buena, que 
cuando sepa, en las formas con que se manifieste ac- 
tivamente su virtud, respetar en los demás el senti- 
miento de lo hermoso. 

Cierto es que la santidad del bien purifica y en- 
salza todas las groseras apariencias. Puede él induda- 
blemente realizar su obra sin darle el prestigio exte- 
rior de la hermosura. Puede el amor caritativo llegar á 
la sublimidad con medios toscos, desapacibles y vulga- 
res. Pero no es sólo más hermosa, sino mayor, la cari- 


75 


dad que anhela transmitirse en las formas de lo deli- 
cado y lo selecto; porque ella añade á sus dones un be- 
neficio más, una dulce á inefable caricia que no se 
substituye con nada y que realza el bien que se concede, 
como un toque de luz. 

Dar á sentir lo hermoso es obra de misericordia. 
Aquellos que exigirían que el bien y la verdad se ma- 
nifestasen invariablemente en formas adustas y severas, 
me han parecido siempre amigos traidores del bien y la 
verdad. La virtud es también un género de arte, un arte 
divino; ella sonríe maternalmente á las Gracias. — La 
enseñanza que se proponga fijar en los espíritus la idea 
del deber, como la de la más seria realidad, debe tender 
á hacerla concebir al mismo tiempo como la más alta 
poesía. Guyau, que es rey en las comparaciones her- 
mosas, se vale de una insubstituible para expresar este 
doble objeto de la cultura moral. Recuerda el pensador 
los esculpidos respaldos del coro de una gótica iglesia, 
en los que la madera labrada bajo la inspiración de la 
fe» presenta, en una faz, escenas de una vida de santo, y 
en la otra faz, ornamentales círculos de flores. Por tal 
manera, á cada gesto del santo, significativo de su pie- 
dad ó su martirio; á cada rasgo de su fisonomía ó su ac- 
titud, corresponde, del opuesto lado, una corola ó un 
pétalo. Para acompañar la representación simbólica del 
bien, brotan, ya un lirio, ya una rosa. Piensa Guyau que 
no de otro modo debe estar esculpida nuestra alma; y 
él mismo, el dulce maestro, ¿no es por la evangélica 


76 


hermosura de su genio de apóstol, un ejemplo de esa 
viva armonía? 

Yo creo indudable que el que ha aprendido á dis- 
tinguir de lo delicado lo vulgar, lo feo de lo hermoso, 
lleva hecha media jornada para distinguir lo malo de 
lo bueno. No es, por cierto, el buen gusto, como querría 
cierto liviano dilettantismo moral, el único criterio para 
apreciar la legitimidad de las acciones humanas; pero 
* menos debe considerársele, con el criterio de un estrecho 
ascetismo, una tentación del error y una sirte engañosa. 
No le señalaremos nosotros como la senda misma del 
bien; sí como un camino paralelo y cercano que man- 
tiene muy aproximados á ella el paso y la mirada del 
viajero. A medida que la humanidad avance, se conce- 
birá más claramente la ley moral como una estética de 
la conducta. Se huirá del mal y del error como de una 
disonancia; se buscará lo bueno como el placer de una 
armonía. Cuando la severidad estoica de Kant inspira, 
simbolizando el espíritu de su ética, las austeras pa- 
labras: "Dormía, y soñé que la vida era belleza; des- 
perté, y advertí que ella es deber”, desconoce que, si 
el deber es la realidad suprema, en ella puede hallar 
realidad el objeto de su sueño, porque la conciencia 
del deber le dará, con la visión clara de lo bueno, la 
complacencia de lo hermoso. 

En el alma del redentor, del misionero, del filán- 
tropo, debe exigirse también entendimiento de hermo- 
sura, hay necesidad de que colaboren ciertos elementos 


77 




del genio del artista. Es inmensa la parte que corres- 
ponde al dón de descubrir y revelar la íntima belleza 
de las ideas, en la eficacia de las grandes revoluciones 
morales. Hablando de la más alta de todas, ha podido 
decir Renán profundamente que "la poesía del pre- 
cepto, que le hace amar, significa más que el precepto 
mismo, tomado como verdad abstracta". La originali- 
dad de la obra de Jesús no está, efectivamente, en la 
acepción literal de su doctrina, — puesto que ella pue- 
de reconstituirse toda entera sin salir de la moral de la 
Sinagoga, buscándola desde el Deuteronomio hasta el 
Talmud, — sino en haber hecho sensible, con su pré- 
dica, la poesía del precepto, es decir, su belleza íntima. 

Pálida gloria será la de las épocas y las comunio- 
nes que menosprecien esa relación estética de su vida ó 
de su propaganda. El ascetismo cristiano, que no supo 
encarar más que una sola faz del ideal, excluyó de su 
concepto de la perfección todo lo que hace á la vida 
amable, delicada y hermosa; y su espíritu estrecho sir- 
vió para que el instinto indomable de la libertad, vol- 
viendo en una de esas arrebatadas reacciones del espí- 
ritu humano, engendrase, en la Italia del Renacimien- 
to, un tipo de civilización que consideró vanidad el 
bien moral y sólo creyó en la virtud de la apariencia 
fuerte y graciosa. El puritanismo, que persiguió toda 
belleza y toda selección intelectual; que veló indignado 
la casta desnudez de las estatuas; que profesó la afec- 
tación de la fealdad en las maneras, en el traje, en los 




78 


discursos; la secta triste que, imponiendo su espíritu 
desde el Parlamento inglés, mandó extinguir las fiestas 
que manifestasen alegría y segar los árboles que diesen 
flores, — tendió junto á la virtud, al divorciarla del 
* sentimiento de lo bello, una sombra de muerte que aun 
no ha conjurado enteramente Inglaterra, y que dura en 
las menos amables manifestaciones de su religiosidad y 
sus costumbres. — Macaulay declara preferir la grosera 
"caja de plomo” en que los puritanos guardan el tesoro 
de la libertad, al primoroso cofre esculpido en que la 
corte de Carlos II hizo acopio de sus refinamientos. 
Pero como ni la libertad ni la virtud necesitan guar- 
darse en caja de plomo, mucho más que todas las seve- 
ridades de ascetas y de puritanos, valdrán siempre, para 
la educación de la humanidad, la gracia del ideal an- 
tiguo, la moral armoniosa de Platón, el movimiento 
pulcro y elegante con que la mano de Atenas tomó, 
para llevarla á los labios, la copa de la vida. 

La perfección de la moralidad humana consistiría 
en infiltrar el espíritu de la caridad en los moldes de la 
elegancia griega. Y esta suave armonía ha tenido en 
el mundo una pasajera realización. Cuando la palabra 
del cristianismo naciente llegaba con San Pablo al seno 
de las colonias griegas de Macedonia, á Tesalónica y 
Filipos, y el Evangelio, aun puro, se difundía en el al- 
ma de aquellas sociedades finas y espirituales, en las que 
el sello de la cultura helénica mantenía una encanta- 
dora espontaneidad de distinción, pudo creerse que los 


79 


dos ideales más altos de la historia iban á enlazarse para 
siempre. En el estilo epistolar de San Pablo queda la 
huella de aquel momento en que la caridad se heleniza. 
Este dulce consorcio duró poco. La armonía y la sere- 
nidad de la concepción pagana de la vida se apartaron 
cada vez más de la idea nueva que marchaba entonces 
á la conquista del mundo. Pero para concebir la ma- 
nera cómo podría señalarse al perfeccionamiento moral 
de la humanidad un paso adelante, sería necesario so- 
ñar que el ideal cristiano se reconcilia de nuevo con la 
serena y luminosa alegría de la antigüedad; imagi- 
narse que el Evangelio se propaga otra vez en Tesaló- 
nica y Filipos. 

Cultivar el buen gusto no significa sólo perfeccio- 
nar una forma exterior de la cultura, desenvolver una 
actitud artística, cuidar, con exquisitez superflua, una 
elegancia de la civilización. El buen gusto es "una rien- 
da firme del criterio”. Martha ha podido atribuirle 
exactamente la significación de una segunda conciencia 
que nos orienta y nos devuelve á la luz cuando la pri- 
mera se obscurece y vacila. El sentido delicado de la 
belleza es, para Bagehot, un aliado del tacto seguro de 
la vida y de la dignidad de las costumbres. "La educa- 
ción del buen gusto — agrega el sabio pensador — se 
dirige á favorecer el ejercicio del buen sentido, que es 
nuestro principal punto de apoyo en la complejidad de 
la vida civilizada”. Si algunas veces veis unida esa edu- 
cación, en el espíritu de los individuos y las sociedades, 


80 


# 


al extravío del sentimiento ó la moralidad, es porque 
en tales casos ha sido cultivada como fuerza aislada y 
exclusiva, imposibilitándose de ese modo el efecto de 
perfeccionamiento moral que ella puede ejercer dentro 
de un orden de cultura en el que ninguna facultad del 
espíritu sea desenvuelta prescindiendo de su relación 
con las otras. — En el alma que haya sido objeto de 
una estimulación armónica y perfecta, la gracia íntima 
y la delicadeza del sentimiento de lo bello serán una 
misma cosa con la fuerza y la rectitud de la razón. No 
de otra manera observa Taine que, en las grandes obras 
de la arquitectuia antigua, la belleza es una manifes- 
tación sensible de la solidez, la elegancia se identifica 
con la apariencia de la fuella: ''las mismas líneas del 
Partenón que halagan á la mirada con proporciones 
armoniosas, contentan á la inteligencia con promesas 
de eternidad”. 

Hay una relación orgánica, una natural y estrecha 
simpatía, que vincula á las subversiones del sentimiento 
y de la voluntad con las falsedades y las violencias del 
mal gusto. Si nos fuera dado penetrar en el misterioso 
laboratorio de las almas y se reconstruyera la historia 
íntima de las del pasado para encontrar la fórmula de 
sus definitivos caracteres morales, sería un interesante 
objeto de estudio determinar la parte que corresponde, 
entre los factores de la refinada perversidad de Nerón, 
al germen de histrionismo monstruoso depositado en el 
alma de aquel cómico sangriento por la retórica afee- 


81 


tada de Séneca. Cuando se evoca la oratoria de la Con- 
vención, y el hábito de una abominable perversión re- 
tórica se ve aparecer por todas partes, como la piel fe- 
lina del jacobinismo, es imposible dejar de relacionar, 
como los radios que parten de un mismo centro, como 
los accidentes de una misma insania, el extravío del 
gusto, el vértigo del sentido moral, y la limitación fa- 
nática de la razón. 

Indudablemente, ninguno más seguro entre los 
resultados de la estética que el que nos enseña á distin- 
guir en la esfera de lo relativo, lo bueno y lo verdade- 
ro, de lo hermoso, y á aceptar la posibilidad de una be- 
lleza del mal y del error. Pero no se necesita descono- 
cer esta verdad, definitivamente verdadera, para creer 
en el encadenamiento simpático de todos aquellos altos 
fines del alma, y considerar á cada uno de ellos como 
el punto de partida, no único, pero sí más seguro, de 
donde sea posible dirigirse al encuentro de los otros. 

La idea de un superior acuerdo entre el buen gus- 
to y el sentido moral es, pues, exacta, lo mismo en el 
espíritu de los individuos que en el espíritu de las so- 
ciedades. Por lo que respecta á estas últimas, esa rela- 
ción podría tener su símbolo en la que Rosenkranz 
afirmaba existir entre la libertad y el orden moral, por 
una parte, y por la otra la belleza de las formas huma- 
nas como un resultado del desarrollo de las razas en el 
tiempo. Esa belleza típica refleja, para el pensador 
hegeliano, el efecto ennoblecedor de la libertad; la es- 


82 




clavitud afea al mismo tiempo que envilece; la con- 
ciencia de su armonioso desenvolvimiento imprime á 
las razas libres el sello exterior de la hermosura. 

En el carácter de los pueblos, los dones derivados 
de un gusto fino, el dominio de las formas graciosas, la 
delicada aptitud de interesar, la virtud de hacer ama- 
bles las ideas, se identifican, además, con el "genio de 
la propaganda”, — es decir: con el dón poderoso de 
la universalidad. Bien sabido es que, en mucha parte, 
á la posesión de aquellos atributos escogidos, debe re- 
ferirse la significación humana que el espíritu francés 
acierta á comunicar á cuanto elige y consagra. — Las 
ideas adquieren alas potentes y veloces, no en el hela- 
do seno de la abstracción, sino en el luminoso y cálido 
ambiente de la forma. Su superioridad de difusión, su 
prevalencia á veces, dependen de que las Gracias las 
hayan bañado con su luz. Tal así, en las evoluciones de 
la vida, esas encantadoras exterioridades de la natura- 
leza, que parecen representar, exclusivamente, la dá- 
diva de una caprichosa superfluidad, — la música, el 
pintado plumaje, de las aves; y como reclamo para el 
insecto propagador 3el polen fecundo, el matiz de las 
flores, su perfume, — han desempeñado, entre los ele- 
mentos de la concurrencia vital, una función realísi- 
ma; puesto que significando una superioridad de mo- 
tivos, una razón de preferencia, para las atracciones 
del amor, han hecho prevalecer, dentro de cada espe- 


83 


cié, á los seres mejor dotados de hermosura sobre los 
menos ventajosamente dotados. 

Para un espíritu en que exista el amor instintivo 
de lo bello, hay, sin duda, cierto género de mortifica- 
ción, en resignarse á defenderle por medio de una serie 
de argumentos que se funden en otra razón, en otro 
principio, que el mismo irresponsable y desinteresado 
amor de la belleza, en la que halla su satisfacción uno 
de los impulsos fundamentales de la existencia racio- 
nal. Infortunadamente, este motivo superior pierde su 
imperio sobre un inmenso número de hombres, á quie- 
nes es necesario enseñar el respeto debido á ese amor 
del cual no participan, revelándoles cuáles son las re- 
laciones que lo vinculan á otros géneros de intereses 
humanos. — Para ello, deberá lucharse muy á menudo 
con el concepto vulgar de estas relaciones. En efecto: 
todo lo que tienda á suavizar los contornos del carácter 
social y las costumbres; á aguzar el sentido de la belle- 
za; á hacer del gusto una delicada impresionabilidad 
del espíritu y de la gracia una forma universal de la 
actividad, equivale, para el criterio de muchos devotos 
de lo severo ó de lo útil, á menoscabar el temple varo- 
nil y heroico de las sociedades, por una parte, su capa- 
cidad utilitaria y positiva, por la otra. — He leído en 
Los trabajadores del viar, que, cuando un buque de 
vapor surcó por primera vez las ondas del canal de la 
Mancha, los campesinos de Jérsey lo anatematizaban 
en nombre de una tradición popular que consideraba 


84 


# 


elementos irreconciliables y destinados fatídicamente á 
la discordia, el agua y el fuego. — El criterio común 
abunda en la creencia de enemistades parecidas. — Si 
os proponéis vulgarizar el respeto por lo hermoso, em- 
pezad por hacer comprender la posibilidad de un ar- 
mónico concierto de todas las legítimas actividades 
humanas, y ésa será más fácil tarea que la de convertir 
directamente el amor de la hermosura, por ella misma, 
en atributo de la multitud. Para que la mayoría de los 
hombres no se sientan inclinados á expulsar á las go- 
londrinas de la casa, siguiendo-el consejo de Pitágoras, 
es necesario argumentarles, no con la gracia monástica 
del ave ni su leyenda de virtud, sino con que la perma- 
nencia de sus nidos no es en manera alguna inconcilia- 
ble con la seguridad de los tejados! 


85 








A la concepción de la vida racional que se 
funda en el libre y armonioso desen- 
volvimiento de nuestra naturaleza, é 
u incluye, por lo tanto, entre sus fines 
esenciales, el que se satisface con la contemplación sen- 
tida de lo hermoso, se opone — como norma de la con- 
ducta humana — la concepción utilitaria, por la cual 
nuestra actividad, toda entera, se orienta en relación á 
la inmediata finalidad del interés. 


La inculpación de utilitarismo estrecho que suele 
dirigirse al espíritu de nuestro siglo, en nombre del 
ideal, y con rigores de anatema, se funda, en parte, so- 
bre el desconocimiento de que sus titánicos esfuerzos 
por la subordinación de las fuerzas de la naturaleza á 
la voluntad humana y por la extensión del bienestar 
material, son un trabajo necesario que preparará, co- 
mo el laborioso enriquecimiento de una tierra agotada, 
la florescencia de idealismos futuros. La transitoria 
predominancia de esa función de utilidad que ha ab- 
sorbido á la vida agitada y febril de estos cien años sus 
más potentes energías, explica, sin embargo — ya que 
no las justifique, — muchas nostalgias dolorosas, mu- 
chos descontentos y agravios de la inteligencia, que se 
traducen, bien por una melancólica y exaltada ideali- 
zación de lo pasado, bien por una desesperanza cruel 
del porvenir. Hay, por ello, un fecundísimo, un bien- 
aventurado pensamiento, en el propósito de cierto gru- 
po de pensadores de las últimas generaciones, — entre 
los cuales sólo quiero citar una vez más la noble figura 
de Guyau, — que han intentado sellar la reconciliación 
definitiva de las conquistas del siglo con la renovación 
de muchas viejas devociones humanas, y que han in- 
vertido en esa obra bendita tantos tesoros de amor co- 
mo de genio. 

Con frecuencia habréis oído atribuir á dos causas 
fundamentales el desborde del espíritu de utilidad que 
da su nota á la fisonomía moral del siglo presente, con 


88 


menoscabo de la consideración estética y desinteresada 
de la vida. Las revelaciones de la ciencia de la natura- 
leza — que, según intérpretes, ya adversos, ya favora- 
bles á ellas, convergen á destruir toda idealidad por su 
base, — son la una; la universal difusión y el triunfo 
de las ideas democráticas, la otra. Yo me propongo 
hablaros exclusivamente de esta última causa; porque 
confío en que vuestra primera iniciación en las revela- 
ciones de la ciencia ha sido dirigida como para preser- 
varos del peligro de una interpretación vulgar; — So- 
bre la democracia pesa la acusación de guiar á la huma- 
nidad, mediocrizándola, á un Sacro Imperio del utili- 
tarismo. La acusación se refleja con vibrante intensi- 
dad en las páginas — para mí siempre llenas de un 
sugestivo encanto — del más amable entre los maes- 
tros del espíritu moderno: en las seductoras páginas de 
Renán, á cuya autoridad ya me habéis oído varias ve- 
ces referirme y de quien pienso volver á hablaros á me- 
nudo. — Leed á Renán, aquellos de vosotros que lo 
ignoréis todavía, y habréis de amarle como yo. — Na- 
die como él me parece, entre los modernos, dueño de 
’ ese arte de "enseñar con gracia”, que Anatole France 
considera divino. Nadie ha acertado como él á herma- 
nar, con la ironía, la piedad. Aun en el rigor del aná- 
lisis, sabe poner la unción del sacerdote. Aun cuando 
enseña á dudar, su suavidad exquisita tiende una onda 
balsámica sobre la duda. Sus pensamientos suelen dila- 
tarse, dentro de nuestra alma, con ecos tan inefables y 


89 


tan vagos, que hacen pensar en una religiosa música 
de ideas. Por su infinita comprensibilidad ideal, acos- 
tumbran las clasificaciones de la crítica personificar en 
él el alegre escepticismo de los dilettanti que convier- 
ten en traje de máscara la capa del filósofo; pero si al- 
guna vez intimáis dentro de su espíritu, veréis que la 
tolerancia vulgar de los escépticos se distingue de su 
tolerancia como la hospitalidad galante de un salón 
del verdadero sentimiento de la caridad. 

Piensa, pues, el maestro, que una alta preocupa- 
ción por los intereses ideales de la especie es opuesta 
del todo al espíritu de la democracia. Piensa que la 
concepción de la vida, en una sociedad donde ese espí- 
ritu domine, se ajustará progresivamente á la exclusi- 
va persecución del bienestar material como beneficio 
propagable al mayor número de personas. Según él, 
siendo la democracia la entronización de Calibán, Ariel 
no puede menos que ser el vencido de ese triunfo. — 
Abundan afirmaciones semejantes á éstas de Renán, en 
la palabra de muchos de los más caracterizados repre- 
sentantes que los intereses de la cultura estética y la se- 
lección del espíritu tienen en el pensamiento contem- 
poráneo. Así, Bourget se inclina á creer que el triunfo 
universal de las instituciones democráticas hará perder 
á la civilización en profundidad lo que la hace ganar 
en extensión. Ve su forzoso término en el imperio de 
un individualismo mediocre. ‘'Quien dice democracia 
— agrega el sagaz autor de Andrés Cornelis — dice 


90 


desenvolvimiento progresivo de las tendencias indivi- 
duales y disminución de la cultura”. — Hay en la cues- 
tión que plantean estos juicios severos, un interés viví- 
simo, para los que amamos — al mismo tiempo -7- por 
convencimiento, la obra de la Revolución, que en nues- 
tra América se enlaza además con las glorias de su Gé- 
nesis; y por instinto, la posibilidad de una noble y se- 
lecta vida espiritual que en ningún caso haya de ver 
sacrificada su serenidad augusta á los caprichos de la 
multitud. — Para afrontar el problema, es necesario 
empezar por reconocer que cuando la democracia no 
enaltece su espíritu por la influencia de una fuerte 
preocupación ideal que comparta su imperio con la 
preocupación de los intereses materiales, ella conduce 
fatalmente á la privanza de la mediocridad, y carece, 
más que ningún otro régimen, de eficaces barreras con 
las cuales asegurar dentro de un ambiente adecuado la 
inviolabilidad de la alta cultura. Abandonada á sí mis- 
ma, — sin la constante rectificación de una activa au- 
toridad moral que la depure y encauce sus tendencias 
en el sentido de la dignificación de la vida, — la de- 
mocracia extinguirá gradualmente toda idea de supe- 
rioridad que no se traduzca en una mayor y más osada 
aptitud para las luchas del interés, que son entonces la 
forma más innoble de las brutalidades de la fuerza. — 
La selección espiritual, el enaltecimiento de la vida por 
la presencia de estímulos desinteresados, el gusto, el 
arte, la suavidad de las costumbres, el sentimiento de 


91 


admiración por todo perseverante propósito ideal y de 
acatamiento á toda noble supremacía, serán como de* 
bilidades indefensas allí donde la igualdad social que 
ha destruido las jerarquías imperativas é infundadas, 
no las substituya con otras, qiíe tengan en la influencia 
moral su único modo de dominio y su principio en una 
clasificación racional. 

Toda igualdad de condiciones es en el orden de 
las sociedades, como toda homogeneidad en el de la 
Naturaleza, un equilibrio instable. Desde el momento 
en que haya realizado la democracia su obra de nega- 
ción con el allanamiento de las superioridades injustas, 
la igualdad conquistada no puede significar para ella 
sino un punto de partida. Resta la afirmación. Y lo 
afirmativo de la democracia y su gloria consistirán en 
suscitar, por eficaces estímulos, en su seno, la revela- 
ción y el dominio de las verdaderas superioridades 
humanas. 

Con relación á las condiciones de la vida de Amé- 
rica, adquiere esta necesidad de precisar el verdadero 
concepto de nuestro régimen social, un doble imperio. 
El presuroso crecimiento de nuestras democracias por 
la incesante agregación de una enorme multitud cos- 
mopolita; por la afluencia inmigratoria, que se incor- 
pora á un núcleo aun débil para verificar un activo 
trabajo de asimilación y encauzar el torrente humano 
con los medios que ofrecen la solidez secular de la es- 
tructura social, el orden político seguro y los elemen- 


92 


tos de una cultura que haya arraigado íntimamente, 
— nos expone en el porvenir á los peligros de la dege- 
neración democrática, que ahoga bajo la fuerza ciega 
del número toda noción de calidad; que desvanece en 
la conciencia de las sociedades todo justo sentimiento 
del orden; y que, librando su ordenación jerárquica á 
la torpeza del acaso, conduce forzosamente á hacer 
triunfar las más injustificadas é innobles de las supre- 
macías. 

Es indudable que nuestro interés egoísta debería 
llevarnos, — á falta de virtud, — á ser hospitalarios. 
Ha tiempo que la suprema necesidad de colmar el va- 
cío moral del desierto, hizo decir á un publicista ilus- 
tre que, en América, gobernar es poblar. — Pero esta 
fórmula famosa encierra una verdad contra cuya estre- 
cha interpretación es necesario prevenirse, porque con- 
duciría á atribuir una incondicional eficacia civiliza- 
dora al valor cuantitativo de la muchedumbre. — Go- 
bernar es poblar, asimilando, en primer término; edu- 
cando y seleccionando, después. — Si la aparición y el 
florecimiento, en la sociedad, de las más elevadas acti- 
vidades humanas, de las que determinan la alta cultu- 
ra, requieren como condición indispensable la existen- 
cia de una población cuantiosa y densa, es precisamente 
porque esa importancia cuantitativa de la población, 
dando lugar á la más compleja división del trabajo, 
posibilita la formación de fuertes elementos dirigentes 
que hagan efectivo el dominio de la calidad sobre el 


93 


número. — La multitud, la masa anónima, no es nada 
por sí misma. La multitud será un instrumento de bar- 
barie ó de civilización según carezca ó no del coeficien- 
te de una alta dirección moral. Hay una verdad pro- 
funda en el fondo de la paradoja de Emerson que exige 
que cada país del globo sea juzgado según la minoría 
y no según la mayoría de sus habitantes. La civilización 
de un pueblo adquiere su carácter, no de las manifes- 
taciones de su prosperidad ó de su grandeza material, 
sino de las superiores maneras de pensar y de sentir 
que dentro de ella son posibles; y ya observaba Comte, 
para mostrar cómo en cuestiones de intelectualidad, de 
moralidad, de sentimiento, sería insensato pretender 
que la calidad pueda ser substituida en ningún caso 
por el número, que ni de la acumulación de muchos 
espíritus vulgares se obtendrá jamás el equivalente de 
un cerebro de genio, ni de la acumulación de muchas 
virtudes mediocres el equivalente de un rasgo de abne- 
gación ó de heroísmo. — Al instituir nuestra democra- 
cia la universalidad y la igualdad de derechos, sancio- 
naría, pues, el predominio innoble del número, si no 
cuidase de mantener muy en alto la noción de las legí- 
timas superioridades humanas, y de hacer, de la auto- 
ridad vinculada al voto popular, no la expresión del 
sofisma de la igualdad absoluta, sino, según las pala- 
bras que recuerdo de un joven publicista francés, "la 
consagración de la jerarquía, emanando de la li- 
bertad”. 


94 



La oposición entre el régimen de la democracia y 
la alta vida del espíritu es una realidad fatal cuando 
aquel régimen significa el desconocimiento de las des- 
igualdades legítimas y la substitución de la fe en el 
heroísmo — en el sentido de Carlyle — por una con- 
cepción mecánica de gobierno. — Todo lo que en la 
civilización es algo más que un elemento de superio- 
ridad material y de prosperidad económica, constituye 
un relieve que no tarda en ser allanado cuando la au- 
toridad moral pertenece al espíritu de la medianía. — 
En ausencia de la barbarie irruptora que desata sus 
hordas sobre los faros luminosos de la civilización, con 
heroica, y á veces regeneradora, grandeza, la alta cul- 
tura de las sociedades debe precaverse contra la obra 
mansa y disolvente de esas otras hordas pacíficas, acaso 
acicaladas; las hordas inevitables de la vulgaridad, — 
cuyo Atila podría personificarse en Mr. Homais; cuyo 
heroísmo es la astucia puesta al servicio de una repug- 
nancia instintiva hacia lo grande; cuyo atributo es el 
rasero nivelador. — Siendo la indiferencia inconmo- 
vible y la superioridad cuantitativa, las manifestacio- 
nes normales de su fuerza, no son por eso incapaces de 
llegar á la ira épica y de ceder á los impulsos de la aco- 
metividad. Charles Morice las llama entonces "falan- 
ges de Prudhommes feroces que tienen por lema la 
palabra Mediocridad y marchan animadas por el odio 
de lo extraordinario”. 

Encumbrados, esos Pfudhommes harán de su vo- 


95 


luntad triunfante una partida de caza organizada con- 
tra todo lo que manifieste la aptitud y el atrevimiento 
del vuelo. Su fórmula social será una democracia que 
conduzca á la consagración del pontífice "Cualquiera”, 
á la coronación del monarca "Uno de tantos”. Odiarán 
en el mérito una rebeldía. En sus dominios toda noble 
superioridad se hallará en las condiciones de la estatua 
de mármol colocada á la orilla de un camino fangoso, 
desde el cual le envía un latigazo de cieno el carro que 
pasa. Ellos llamarán al dogmatismo del sentido vulgar, 
sabiduría; gravedad, á la mezquina aridez del corazón; 
criterio sano, á la adaptación perfecta á lo mediocre; 
y despreocupación viril, al mal gusto. — Su concep- 
ción de la justicia los llevaría á substituir, en la histo- 
ria, la inmortalidad del grande hombre, bien con la 
identidad de todos en el olvido común, bien con la me- 
moria igualitaria de Mitrídates, de quien se cuenta que 
conservaba en el recuerdo los nombres de todos sus 
soldados. Su manera de republicanismo se satisfaría 
dando autoridad decisiva al procedimiento probatorio 
de Fox, que acostumbraba experimentar sus proyectos 
en el criterio del diputado que le parecía más perfecta 
personificación del country- gentleman, por la limita- 
ción de sus facultades y la rudeza de sus gustos. Con 
ellos se estará en las fronteras de la zoocracia de que 
habló una vez Baudelaire. La Titania de Shakespeare, 
poniendo un beso en la cabeza asinina, podría ser el 
emblema de la Libertad que otorga su amor á los me- 


96 


diocres. Jamás, por medio de una conquista más fecun- 
da, podrá llegarse á un resultado más fatal! 

Embriagad al repetidor de las irreverencias de la 
medianía, que veis pasar por vuestro lado; tentadle á 
hacer de héroe; convertid su apacibilidad burocrática 
en vocación de redentor, — y tendréis entonces la hos- 
tilidad rencorosa é implacable contra todo lo hermoso, 
contra todo lo digno, contra todo lo delicado, del espí- 
ritu humano, que repugna, todavía más que el bárbaro 
derramamiento de la sangre, en la tiranía jacobina; que, 
ante su tribunal, convierte en culpas la sabiduría de 
Lavoisier, el genio de Chénier, la dignidad de Males- 
herbes; que, entre los gritos habituales en la Conven- 
ción, hace oir las palabras: — Desconfiad de ese hom- 
bre, que ha hecho un libro!; y que refiriendo el ideal 
de la sencillez democrática al primitivo estado de natu- 
raleza de Rousseau, podría elegir el símbolo de la dis- 
cordia que establece entre la democracia y la cultura, 
en la viñeta con que aquel sofista genial hizo acompa- 
ñar la primera edición de su famosa diatriba contra las 
artes y las ciencias en nombre de la moralidad de las 
costumbres: un sátiro imprudente que pretendiendo 
abrazar, ávido de luz, la antorcha que lleva en su mano 
Prometeo, oye al titán filántropo que su fuego es mor- 
tal á quien le toca! 

La ferocidad igualitaria no ha manifestado sus vio- 
lencias en el desenvolvimiento democrático de nuestro 
siglo, ni se ha opuesto en formas brutales á la serení- 


97 


dad y la independencia de la cultura intelectual. Pero, 
á la manera de una bestia feroz en cuya posteridad do- 
mesticada hubiérase cambiado la acometividad en man- 
sedumbre artera é innoble, el igualitarismo, en la forma 
mansa de la tendencia á lo utilitario y lo vulgar, puede 
ser un objeto real de acusación contra la democracia del 
siglo XIX. No se ha detenido ante ella ningún espíritu 
delicado y sagaz á quien no hayan hecho pensar an- 
gustiosamente algunos de sus resultados, en el aspecto 
social y en el político. Expulsando con indignada ener- 
gía, del espíritu humano, aquella falsa concepción de 
la igualdad que sugirió los delirios de la Revolución, 
el alto pensamiento contemporáneo ha mantenido, al 
mismo tiempo, sobre la realidad y sobre la teoría de la 
democracia, una inspección severa, que os permite á 
vosotros, los que colaboraréis en la obra del futuro, fi- 
jar vuestro punto de partida, no ciertamente para des- 
truir, sino para educar, el espíritu del régimen que en- 
contráis en pie. 

Desde que nuestro siglo asumió personalidad é 
independencia en la evolución de las ideas, mientras el 
idealismo alemán rectificaba la utopía igualitaria de la 
filosofía del siglo xvm y sublimaba, si bien con viciosa 
tendencia cesarista, el papel reservado en la historia á 
la superioridad individual, el positivismo de Comte, 
desconociendo á la igualdad democrática otro carácter 
que el de "un disolvente transitorio de las desigualda- 
des antiguas” y negando con igual convicción la efica- 


98 


cia definitiva de la soberanía popular, buscaba en los 
principios de las clasificaciones naturales el fundamen- 
to de la clasificación social que habría de substituir á 
las jerarquías recientemente destruidas. — La crítica 
de la realidad democrática toma formas severas en la 
generación de Taine y de Renán. Sabéis que á este de- 
licado y bondadoso ateniense sólo complacía la igual- 
dad de aquel régimen social, siendo, como en Atenas, 
"una igualdad de semidioses”. En cuanto á Taine, es 
quien ha escrito los Orígenes de la Francia contempo- 
ránea; y si, por una parte, su concepción de la sociedad 
como un organismo, le conduce lógicamente á rechazar 
toda idea de uniformidad que se oponga al principio 
de las dependencias y las subordinaciones orgánicas, 
por otra parte su finísimo instinto de selección intelec- 
tual le lleva á abominar de la invasión de las cumbres 
por la multitud. La gran voz de Carlyle había predi- 
cado ya, contra toda niveladora irreverencia, la vene- 
ración del heroísmo, entendiendo por tal el culto de 
cualquier noble superioridad. Emerson refleja esa voz 
en el seno de la más positivista de las democracias. La 
ciencia nueva habla de selección como de una necesidad 
de todo progreso. Dentro del arte, que es donde el sen- 
tido de lo selecto tiene su más natural adaptación, vi- 
bran con honda resonancia las notas que acusan el sen- 
timiento, que podríamos llamar de extrañeza, del es- 
píritu, en medio de las modernas condiciones de la vida. 
Para escucharlas, no es necesario aproximarse al par- 


99 


nasianismo de estirpe delicada y enferma, á quien un 
aristocrático desdén de lo presente llevó á la reclusión 
en lo pasado. Entre las inspiraciones constantes de Flau- 
bert — de quien se acostumbra á derivar directamente 
la más democratizada de las escuelas literarias, — nin- 
guna más intensa que el odio de la mediocridad enva- 
lentonada por la nivelación y de la tiranía irresponsa- 
ble del número. — Dentro de esa contemporánea lite- 
ratura del Norte, en la cual la preocupación por las al- 
tas cuestiones sociales es tan viva, surge á menudo la 
expresión de la misma idea, del mismo sentimiento; 
Ibsen desarrolla la altiva arenga de su "Stóckmann” 
alrededor de la afirmación de que "las mayorías com- 
pactas son el enemigo más peligroso de la libertad y la 
verdad”; y el formidable Nietzsche opone al ideal de 
una humanidad mediotizada la apoteosis de las almas 
que se yerguen sobre el nivel de la humanidad como 
una viva marea. — El anhelo vivísimo por una rectifi- 
cación del espíritu social que asegure á la vida de la 
heroicidad y el pensamiento un ambiente más puro de 
dignidad y de justicia, vibra hoy por todas partes, y se 
diría que constituye uno de los fundamentales acordes 
que este ocaso de siglo propone para las armonías que 
ha de componer el siglo venidero. 

Y sin embargo, el espíritu de la democracia es, 
esencialmente, para nuestra civilización, un principio 
de vida contra el cual sería inútil rebelarse. Los descon- 
tentos sugeridos por las imperfecciones de su forma 


100 


histórica actual, han llevado á menudo á la injusticia 
con lo que aquel régimen tiene de definitivo y de fe- 
cundo. Así, el aristocratismo sabio de Renán formula 
la más explícita condenación del principio fundamen- 
tal de la democracia: la igualdad de derechos; cree á 
este principio irremisiblemente divorciado de todo po- 
sible dominio de la superioridad intelectual; y llega 
hasta á señalar en él, con una enérgica imagen, "las 
antípodas de las vías de Dios, — puesto que Dios no ha 
querido que todos viviesen en el mismo grado la vida 
del espíritu”. — Estas paradojas injustas del maestro, 
complementadas por su famoso ideal de una oligarquía 
omnipotente de hombres sabios, son comparables á la 
reproducción exagerada y deformada, en el sueño, de 
un pensamiento real y fecundo que nos ha preocupado 
en la vigilia. — Desconocer la obra de la democracia, 
en lo esencial, porque, aun no terminada, no ha llegado 
á conciliar definitivamente su empresa de igualdad con 
una fuerte garantía social de selección, equivale á des- 
conocer la obra, paralela y concorde, de la ciencia, por- 
que interpretada con el criterio estrecho de una escuela, 
ha podido dañar alguna vez al espíritu de religiosidad 
ó al espíritu de poesía. — La democracia y la ciencia 
son, en efecto, los dos insustituibles soportes sobre los 
que nuestra civilización descansa; ó, expresándolo con 
una frase de Bourget, las dos “obreras” de nuestros 
destinos futuros. "En ellas somos, vivimos, nos move- 
mos ”, Siendo, pues, insensato pensar, como Renán, en 


101 


obtener una consagración más positiva de todas las su- 
perioridades morales, la realidad de una razonada je- 
rarquía, el dominio eficiente de las altas dotes de la in- 
teligencia y de la voluntad, por la destrucción de la 
igualdad democrática, sólo cabe pensar en la educación 
de la democracia y su reforma. Cabe pensar en que pro- 
gresivamente se encarnen, en los sentimientos del pue- 
blo y sus costumbres, la idea de las subordinaciones ne- 
cesarias, la noción de las superioridades verdaderas, el 
culto consciente y espontáneo de todo lo que multipli- 
ca, á los ojos de la razón, la cifra del valor humano. 

La educación popular adquiere, considerada en re- 
lación á tal obra, como siempre que se la mira con el 
pensamiento del porvenir, un interés supremo (i). Es en 
la escuela, por cuyas manos procuramos que pase la dura 
arcilla de las muchedumbres, donde está la primera y 
más generosa manifestación de la equidad social, que 
consagra para todos la accesibilidad del saber y de los 
medios más eficaces de superioridad. Ella debe comple- 
mentar tan noble cometido, haciendo objetos de una 
educación preferente y cuidadosa el sentido del orden, 
la idea y la voluntad de la justicia, el sentimiento de 
las legítimas autoridades morales. 

Ninguna distinción más fácil de confundirse y 
anularse en el espíritu del pueblo que la que enseña 
-- 

(i) “Plus l’instruction se répand, plus elle doit faire de part aux idees 
genérales et généreuses. On croit que l’instruction populaire doit étre terre 
á terre. C*est le contraire qui est la vérite’’. — Fouillée: L’idée moderne dit 
droit lib. 5 P IV. 


102 


que la igualdad democrática puede significar una igual 
posibilidad, pero nunca una igual realidad, de influen- 
cia y de prestigio, entre los miembros de una sociedad 
organizada. En todos ellos hay un derecho idéntico para 
aspirar á las superioridades morales que deben dar ra- 
zón y fundamento á las superioridades efectivas; pero 
sólo á los que han alcanzado realmente la posesión de 
las primeras, debe ser concedido el premio de las últi- 
mas. El verdadero, el digno concepto de la igualdad, 
reposa sobre el pensamiento de que todos los seres ra- 
cionales están dotados por naturaleza de facultades ca- 
paces de un desenvolvimiento noble. El deber del Es- 
tado consiste en colocar á todos los miembros de la 
sociedad en indistintas condiciones de tender á su perfec- 
cionamiento. El deber del Estado consiste en predispo- 
ner los medios propios para provocar, uniformemeqte, 
la revelación de las superioridades humanas, donde 
quiera que existan. De tal manera, más allá de esta 
igualdad inicial, toda desigualdad estará justificada, 
porque será la sanción de las misteriosas elecciones de 
la Naturaleza ó del esfuerzo meritorio de la volun- 
tad. — Cuando se la concibe de este modo, la igualdad 
democrática, lejos de oponerse á la selección de las cos- 
tumbres y de las ideas, es el más eficaz instrumento de 
selección espiritual, es el ambiente providencial de la 
cultura. La favorecerá todo lo que favorezca al predo- 
minio de la energía inteligente. No en distinto sentido 
pudo afirmar Tocqueville que la poesía, la elocuencia, 


103 


las gracias del espíritu, los fulgores de la imaginación, 
la profundidad del pensamiento, ''todos esos dones del 
alma, repartidos por el cielo al acaso”, fueron colabo- 
radores en la obra de la democracia, y la sirvieron, aun 
cuando se encontraron de parte de sus adversarios, 
porque convergieron todos á poner de relieve la natu- 
ral, la no heredada grandeza, de que nuestro espíritu 
es capaz. — La emulación, que es el más poderoso estí- 
mulo entre cuantos pueden sobreexcitar, lo mismo la 
vivacidad del pensamiento que la de las demás activi- 
dades humanas, necesita, á la vez, de la igualdad en el 
punto de partida, para producirse, y de la desigualdad 
que aventajará á los más aptos y mejores, como objeto 
final. Sólo un régimen democrático puede conciliar en 
su seno esas dos condiciones de la emulación, cuando 
no degenera en nivelador igualitarismo y se limita á 
considerar como un hermoso ideal de perfectibilidad 
una futura equivalencia de los hombres por su ascen- 
sión al mismo grado de cultura. 

Racionalmente concebida, la democracia admite 
siempre un imprescriptible elemento aristocrático, que 
consiste en establecer la superioridad de los mejores, 
asegurándola sobre el consentimiento libre de los aso- 
ciados. Ella consagra, como las aristocracias, la distin- 
ción de calidad; pero la resuelve á favor de las calida- 
des realmente superiores, — las de la virtud, el carác- 
ter, el espíritu, — y sin pretender inmovilizarlas en 
clases constituidas aparte de las otras, que mantengan 


104 


á su favor el privilegio execrable de la casta, renueva 
sin cesar su aristocracia dirigente en las fuentes vivas 
del pueblo y la hace aceptar por la justicia y el amor. 
Reconociendo, de tal manera, en la selección y la pre- 
dominancia de los mejor dotados una necesidad de to- 
do progreso, excluye de esa ley universal de la vida, 
al sancionarla en el orden de la sociedad, el efecto de 
humillación y de dolor que es, en las concurrencias de 
la naturaleza y en las de las otras organizaciones socia- 
les, el duro lote del vencido. "La gran ley de la selec- 
ción natural, ha dicho luminosamente Fouillée, conti- 
nuará realizándose en el seno de las sociedades huma- 
nas, sólo que ella se realizará de más en más por vía 
de libertad”. — El carácter odioso de las aristocracias 
tradicionales se originaba de que ellas eran injustas, 
por su fundamento, y opresoras, por cuanto su autori- 
dad era una imposición. Hoy sabemos que no existe 
otro límite legítimo para la igualdad humana que el 
que consiste en el dominio de la inteligencia y la vir- 
tud, consentido por la libertad de todos. Pero sabemos 
también que es necesario que este límite exista en rea- 
lidad. — Por otra parte, nuestra concepción cristiana 
de la vida nos enseña que las superioridades morales, 
que son un motivo de derechos, son principalmente un 
motivo de deberes, y que todo espíritu superior se debe 
á los demás en igual proporción que los excede en ca- 
pacidad de realizar el bien. El anti-igualitarismo de 
Nietzsche, — que tan profundo surco señala en la que 


105 


podríamos llamar nuestra moderna literatura, de ideas, 
— ha llevado á su poderosa reivindicación de los dere- 
chos que él considera implícitos en las superioridades 
humanas, un abominable, un reaccionario espíritu; 
puesto que, negando toda fraternidad, toda piedad, 
pone en el corazón del super-bombre á quien endiosa 
un menosprecio satánico para los desheredados y los 
débiles; legitima en los privilegiados de la voluntad y 
de la fuerza el ministerio del verdugo; y con lógica re- 
solución llega, en último término, á afirmar que, "la 
sociedad no existe para sí sino para sus elegidos”. — 
No es, ciertamente, esta concepción monstruosa la que 
puede oponerse, como lábaro, al falso igualitarismo 
que aspira á la nivelación de todos por la común vul- 
garidad. Por fortuna, mientras exista en el mundo la 
posibilidad de disponer dos trozos de madera en forma 
de cruz, — es decir: siempre, — la humanidad seguirá 
creyendo que es el amor el fundamento de todo orden 
estable y que la superioridad jerárquica en el orden no 
debe ser sino una superior capacidad de amar! 

Fuente de inagotables inspiraciones morales, la 
ciencia nueva nos sugiere, al esclarecer las leyes de la 
vida, cómo el principio democrático puede conciliarse, 
en la organización de las colectividades humanas, con 
una aristarquia de la moralidad y la cultura. — Por 
una parte, — como lo ha hecho notar, una vez más, en 
un simpático libro, Henri Bérenger, — las afirmacio- 
nes de la ciencia contribuyen á sancionar y fortalecer 


106 


en la sociedad el espíritu de la democracia, revelando 
cuánto es el valor natural del esfuerzo colectivo; cuál 
la grandeza de la obra de los pequeños; cuán inmensa 
la parte de acción reservada al colaborador anónimo 
y obscuro en cualquiera manifestación del desenvolvi- 
miento universal. Realza, no menos que la revelación 
cristiana, la dignidad de los humildes, esta nueva re- 
velación, que atribuye, en la naturaleza, á la obra de 
los infinitamente pequeños, á la labor del nummulite 
y el briozóo en el fondo obscuro del abismo, la cons- 
trucción de los cimientos geológicos; que hace surgir 
de la vibración de la célula informe y primitiva, todo 
el impulso ascendente de las formas orgánicas; que ma- 
nifiesta el poderoso papel que en nuestra vida psíquica 
es necesario atribuir á los fenómenos más inaparentes 
y más vagos, aun á las fugaces percepciones de que no 
tenemos conciencia; y que, llegando á la sociología y 
á la historia, restituye al heroísmo, á menudo abnega- 
do, de las muchedumbres, la parte que le negaba el si- 
lencio en la gloria del héroe individual, y hace patente 
la lenta acumulación de las investigaciones que, al tra- 
vés de los siglos, en la sombra, en el taller, ó el labora- 
torio de obreros olvidados, preparan los hallazgos del 
genio. 

Pero á la vez que manifiesta así la inmortal efica- 
cia del esfuerzo colectivo, y dignifica la participación 
de los colaboradores ignorados en la obra universal, la 
ciencia muestra cómo en la inmensa sociedad de las co- 


107 


sas y los seres, es una necesaria condición de todo pro- 
greso el orden jerárquico; son un principio de la vida 
las relaciones de dependencia y de subordinación entre 
los componentes individuales de aquella sociedad y en- 
tre los elementos de la organización del individuo; y 
es, por último, una necesidad inherente á la ley univer- 
sal de imitación, si se la relaciona con el perfecciona- 
miento de las sociedades humanas, la presencia, en 
ellas, de modelos vivos é influyentes, que las realcen 
por la progresiva generalización de su superioridad. 

Para mostrar ahora cómo ambas enseñanzas uni- 
versales de la ciencia pueden traducirse en hechos, con- 
ci liándose, en la organización y en el espíritu de la so- 
ciedad, basta insistir en la concepción de una democra- 
cia noble, justa; de una democracia dirigida por la 
noción y el sentimiento de las verdaderas superiorida- 
des humanas; de una democracia en la cual la supre- 
macía de la inteligencia y la virtud, — únicos límites 
para la equivalencia meritoria de los hombres, — reci- 
ba su autoridad y su prestigio de la libertad, y descien- 
da sobre las multitudes en la efusión bienhechora del 
amor. 

Al mismo tiempo que conciliará aquellos dos 
grandes resultados de la observación del orden natural, 
se realizará dentro de una sociedad semejante — según 
lo observa, en el mismo libro de que os hablaba, Bé- 
renger, — la armonía de los dos impulsos históricos 
que han comunicado á nuestra civilización sus carac- 


108 


teres esenciales, los principios reguladores de su vida. 
— Del espíritu del cristianismo nace, efectivamente, 
el sentimiento de igualdad, viciado por cierto ascético 
menosprecio de la selección espiritual y la cultura. De 
la herencia de las avocaciones clásicas nacen el senti- 
do del orden, de la jerarquía, y el respeto religioso del 
genio, viciados por cierto aristocrático desdén de los 
humildes y los débiles. El porvenir sintetizará ambas 
sugestiones del pasado, en una fórmula inmortal. La de- 
mocracia, entonces, habrá triunfado definitivamente. 
Y ella, que, cuando amenaza con lo innoble del rasero 
nivelador, justifica las protestas airadas y las amargas 
melancolías de los que creyeron sacrificados por su 
triunfo toda distinción intelectual, todo ensueño de arte, 
toda delicadeza de la vida, tendrá, aún más que las vie- 
jas aristocracias, inviolables seguros para el cultivo de 
las flores del alma que se marchitan y perecen en el 
ambiente de la vulgaridad y entre las impiedades del 
tumulto! 


109 









L a concepción utilitaria, como idea del destino 
humano, y la igualdad en lo mediocre, como 
norma de la proporción social, componen, 
/ íntimamente relacionadas, la fórmula de lo 
que ha solido llamarse, en Europa, el espíritu de ameri- 
canismo. — Es imposible meditar sobre ambas inspira- 
ciones de la conducta y la sociabilidad, y compararlas 
con las que les son opuestas, sin que la asociación trai- 
ga, con insistencia, á la mente, la imagen de esa demo- 


cracia formidable y fecunda, que, allá en el Norte, os- 
tenta las manifestaciones de su prosperidad y su poder, 
como una deslumbradora prueba que abona en favor 
de la eficacia de sus instituciones y de la dirección de 
sus ideas. — Si ha podido decirse del utilitarismo, que 
es el verbo del espíritu inglés, los Estados Unidos pue- 
den ser considerados la encarnación del verbo utilita- 
rio. Y el Evangelio de este verbo, se difunde por todas 
partes á favor de los milagros materiales del triunfo. 
Hispano-América ya no es enteramente calificable, con 
relación á él, de tierra de gentiles. La poderosa fede- 
ración va realizando entre nosotros una suerte de con- 
quista moral. La admiración por su grandeza y por su 
fuerza es un sentimiento que avanza á grandes pasos en 
el espíritu de nuestros hombres dirigentes, y aun más 
quizá, en el de las muchedumbres, fascinables por la 
impresión de la victoria. — Y de admirarla se pasa 
por una transición facilísima á imitarla. La admiración 
y la creencia son ya modos pasivos de imitación para el 
psicólogo. "La tendencia imitativa de nuestra natura- 
leza moral — decía Bagehot — tiene su asiento en 
aquella parte del alma en que reside la credibilidad”. 
— El sentido y la experiencia vulgares serían suficien- 
tes para establecer por sí solos esa sencilla relación. Se 
imita á aquel en cuya superioridad ó cuyo prestigio se 
cree. — Es así como la visión de una América deslati- 
nizada por su propia voluntad, sin la extorsión de la 
conquista, y regenerada luego á imagen y semejanza 


112 


del arquetipo del Norte, flota ya sobre los sueños de 
muchos sinceros interesados por nuestro porvenir, ins- 
pira la fruición con que ellos formulan á cada paso los 
más sugestivos paralelos, y se manifiesta por constantes 
propósitos de innovación y de reforma. Tenemos nuestra 
nordomanía. Es necesario oponerle los límites que la 
razón y el sentimiento señalan de consuno. 

No doy yo á tales límites el sentido de una absoluta 
negación. — Comprendo bien que se adquieran inspi- 
raciones, luces, enseñanzas, en el ejemplo de los fuer- 
tes; y no desconozco que una inteligente atención fijada 
en lo exterior para reflejar de todas partes la imagen 
de lo beneficioso y de lo útil es singularmente fecunda 
cuando se trata de pueblos que aun forman y modelan 
su entidad nacional. 

Comprendo bien que se aspire á rectificar, por la 
educación perseverante, aquellos trazos del carácter de 
una sociedad humana que necesiten concordar con nue- 
vas exigencias de la civilización y nuevas oportunida- 
des de la vida, equilibrando así, por medio de una in- 
fluencia innovadora* las fuerzas de la herencia y la cos- 
tumbre. — Pero no veo la gloria, ni en el propósito de 
desnaturalizar el carácter de los pueblos, — su genio 
personal, — para imponerles la identificación con un 
modelo extraño al que ellos sacrifiquen la originalidad 
irreemplazable de su espíritu; ni en la creencia inge- 
nua de que eso pueda obtenerse alguna vez por proce- 
dimientos artificiales é improvisados de imitación. — 


113 


Ese irreflexivo traslado de lo que es natural y espontá- 
neo en una sociedad al seno de otra, donde no tenga 
raíces ni en la naturaleza ni en la historia, equivalía 
para Michelet á la tentativa de incorporar, por simple 
agregación, una cosa muerta á un organismo vivo. En 
sociabilidad, como en literatura, como en arte, la imi- 
tación inconsulta no hará nunca sino deformar las lí- 
neas del modelo. El engaño de los que piensan haber 
reproducido en lo esencial el carácter de una colectivi- 
dad humana, las fuerzas vivas de su espíritu, y con 
ellos el secreto de sus triunfos y su prosperidad, repro- 
duciendo exactamente el mecanismo de sus institucio- 
nes y las formas exteriores de sus costumbres, hace 
pensar en la ilusión de los principiantes candoro- 
sos que se imaginan haberse apoderado del genio del 
maestro cuando han copiado las formas de su estilo o 
sus procedimientos de composición. 

En ese esfuerzo vano hay, además, no sé qué cosa 
de innoble. Género de snobismo político podría lla- 
marse al afanoso remedo de cuanto hacen los prepon- 
derantes y los fuertes, los vencedores y los afortunados; 
género de abdicación servil, como en la que en algunos 
de los snobs encadenados para siempre á la tortura de 
la sátira por el libro de Tháckeray, hace consumirse 
tristemente las energías de los ánimos no ayudados por 
la naturaleza ó la fortuna, en la imitación impotente 
de los caprichos y las volubilidades de los encumbrados 
de la sociedad. — El cuidado de la independencia inte - 


114 


rior, — la de la personalidad, la del criterio, — es una 
principalísima forma del respeto propio. Suele, en los 
tratados de ética, comentarse un precepto moral de Ci- 
cerón, según el cual forma parte de los deberes huma- 
nos el que cada uno de nosotros cuide y mantenga celo- 
samente la originalidad de su carácter personal, lo que 
haya en él que lo diferencie y determine, respetando, 
en todo cuanto no sea inadecuado para el bien, el im- 
pulso primario de la Naturaleza, que ha fundado en la 
varia distribución de sus dones el orden y el concierto 
del mundo. — Y aun me parecería mayor el imperio 
del precepto si se le aplicase, colectivamente, al carác- 
ter de las sociedades humanas. — Acaso oiréis decir 
que no hay un sello propio y definido, por cuya per- 
manencia, por cuya integridad deba pugnarse, en la 
organización actual de nuestros pueblos. Falta tal vez, 
en nuestro carácter colectivo, el contorno seguro de la 
"personalidad”. Pero en ausencia de esa índole perfec- 
tamente diferenciada y autonómica, tenemos — los 
americanos latinos — una herencia de raza, una gran 
tradición étnica que mantener, un vínculo sagrado que 
nos une á inmortales páginas de la historia, confiando á 
nuestro honor su continuación en lo futuro. El cosmo- 
politismo, que hemos de acatar como una irresistible ne- 
cesidad de nuestra formación, no excluye, ni ese senti- 
miento de fidelidad á lo pasado, ni la fuerza directriz 
y plasmante con que debe el genio de la raza imponerse 


115 


en la refundición de los elementos que constituirán al 
americano definitivo del futuro. 

Se ha observado más de una vez que las grandes 
evoluciones de la historia, las grandes épocas, los 
períodos más luminosos y fecundos en el desenvol- 
vimiento de la humanidad, son casi siempre la resul- 
tante de dos fuerzas distintas y co-actuales, que man- 
tienen, por los concertados impulsos de su oposi- 
ción, el interés y el estímulo de la vida, los cuales 
desaparecerían, agotados, en la quietud de una uni- 
dad absoluta. — Así, sobre los dos polos de Atenas 
y Lacedemonia se apoya el eje al rededor del cual 
gira el carácter de la más genial y civilizadora de 
las razas. — América necesita mantener en el presente 
la dualidad original de su constitución, que convierte 
en realidad de su historia el mito clásico de las dos 
águilas soltadas simultáneamente de uno y otro polo 
del mundo, para que llegasen á un tiempo al límite de 
sus dominios. Esta diferencia genial y emuladora no 
excluye, sino que tolera y aun favorece en muchísimos 
aspectos, la concordia de la solidaridad. Y si una con- 
cordia superior pudiera vislumbrarse desde nuestros 
días, como la fórmula de un porvenir lejano, ella no 
sería debida á la imitación unilateral — que diría Tar- 
de — de una raza por otra, sino á la reciprocidad de 
sus influencias y al atinado concierto de los atributos 
en que se funda la gloria de las dos. 

Por otra parte, en el estudio desapasionado de esa 


116 


civilización que algunos nos ofrecen como único y ab- 
soluto modelo, hay razones no menos poderosas que 
las que se fundan en la indignidad y la inconvenien- 
cia de una renuncia á todo propósito de originalidad, 
para templar los entusiasmos de los que nos exigen su 
consagración idolátrica. — Y llego, ahora, á la rela- 
ción que directamente tiene, con el sentido general de 
esta plática mía, el comentario de semejante espíritu 
de imitación. 

Todo juicio severo que se formule de los ameri- 
canos del Norte debe empezar por rendirles, como se 
haría con altos adversarios, la formalidad caballeresca 
de un saludo. — Siento fácil mi espíritu para cum- 
plirla. — Desconocer sus defectos no me parecería tan 
insensato como negar sus cualidades. Nacidos — para 
emplear la paradoja usada por Baudelaire á otro res- 
pecto con la experiencia innata de la libertad, ellos 
se han mantenido fieies á la ley de su origen, y han 
desenvuelto, con la precisión y la seguridad de una pro- 
gresión matemática, los principios fundamentales de 
su organización, dando á su historia una consecuente 
unidad que, si bien ha excluido las adquisiciones de ap- 
titudes y méritos distintos, tiene la belleza intelectual 
de la lógica. — La huella de sus pasos no se borrará 
jamás en los anales del derecho humano; porque ellos 
han sido los primeros en hacer surgir nuestro moderno 
concepto de la libertad, de las inseguridades del ensayo 
y de las imaginaciones de la utopía, para convertirla 


117 


en bronce imperecedero y realidad viviente; porque han 
demostrado con su ejemplo la posibilidad de extender 
á un inmenso organismo nacional la inconmovible au- 
toridad de una república; porque, con su organización 
federativa, han revelado — según la feliz expresión de 
Tocqueville — la manera como se pueden conciliar 
con el brillo y el poder de los estados grandes la felici- 
dad y la paz de los pequeños. — Suyos son algunos de 
los rasgos más audaces con que ha de destacarse en la 
perspectiva del tiempo la obra de este siglo. Suya es la 
gloria de haber revelado plenamente acentuando la 
más firme nota de belleza moral de nuestra civilización 
la grandeza y el poder del trabajo; esa fuerza ben- 
dita que la antigüedad abandonaba á la abyección de 
la esclavitud, y que hoy identificamos con la más alta 
expresión de la dignidad humana, fundada en la con- 
ciencia y la actividad del propio mérito. Fuertes, tena- 
ces, teniendo la inacción por oprobio, ellos han puesto 
en manos del mechante de sus talleres y el jármer de 
sus campos, la clava hercúlea del mito, y han dado al 
genio humano una nueva é inesperada belleza ciñén- 
dole el mandil de cuero del forjador. Cada uno de ellos 
avanza á conquistar la vida como el desierto los pri- 
mitivos puritanos. Perseverantes devotos de ese culto 
de la energía individual que hace de cada hombre el 
artífice de su destino, ellos han modelado su sociabi- 
lidad en un conjunto imaginario de ejemplares de Ró- 
binson, que después de haber fortificado rudamente su 

118 




personalidad en la práctica de la ayuda propia, entra- 
rán á componer los filamentos de una urdimbre fir- 
mísima. — Sin sacrificarle esa soberana concepción 
del individuo, han sabido hacer al mismo tiempo, del 
espíritu de asociación, el más admirable instrumento 
de su grandeza y de su imperio; y han obtenido de la 
suma de las fuerzas humanas, subordinada á los pro- 
pósitos de la investigación, de la filantropía, de la in- 
dustria, resultados tanto más maravillosos, por lo mis- 
mo que se consiguen con la más absoluta integridad de 
la autonomía personal. — Hay en ellos un instinto de 
curiosidad despierta é insaciable, una impaciente avi- 
dez de toda luz; y profesando el amor por la instruc- 
ción del pueblo con la obsesión de una monomanía glo- 
riosa y fecunda, han hecho de la escuela el quicio más 
seguro de su prosperidad, y del alma del niño la más 
cuidada entre las cosas leves y preciosas. — Su cultura, 
que está lejos de ser refinada ni espiritual, tiene una 
eficacia admirable siempre que se dirige prácticamente 
á realizar una finalidad inmediata. No han incorpo- 
rado á las adquisiciones de la ciencia una sola ley ge- 
neral, un solo principio; pero la han hecho maga por 
las maravillas de sus aplicaciones, la han agigantado 
en los dominios de la utilidad, y han dado al mundo, 
en la caldera de vapor y en la dinamo eléctrica, billo- 
nes de esclavos invisibles que centuplican, para servir 
al Aladino humano, el poder de la lámpara maravi- 
llosa. — El crecimiento de su grandeza y de su fuerza 


119 


será objeto de perdurables asombros para el porvenir. 
Han inventado, con su prodigiosa aptitud de improvi- 
sación, un acicate para el tiempo; y al conjuro de su 
voluntad poderosa, surge en un día, del seno de la ab- 
soluta soledad, la suma de cultura acumulable por la 
obra de los siglos. — La libertad puritana, que les en- 
vía su luz desde el pasado, unió á esta luz el calor de 
una piedad que aún dura. Junto á la fábrica y la es- 
cuela, sus fuertes manos han alzado, también, los tem- 
plos de donde evaporan sus plegarias muchos millones 
de conciencias libres. Ellos han sabido salvar, en el 
naufragio de todas las idealidades, la idealidad más 
alta, guardando viva la tradición de un sentimiento re- 
ligioso que, si no levanta sus vuelos en alas de un espl- 
ritualismo delicado y profundo, sostiene, en parte, 
entre las asperezas del tumulto utilitario, la rienda fir- 
me del sentido moral. — Han sabido, también, guar- 
dar, en medio á los refinamientos de la vida civilizada, 
el sello de cierta primitividad robusta. Tienen el culto 
pagano de la salud, de la destreza, de la fuerza; tem- 
plan y afinan en el músculo el instrumento precioso de 
la voluntad; y obligados por su aspiración insaciable 
de dominio á cultivar la energía de todas las activida- 
des humanas, modelan el torso del atleta para el cora- 
zón del hombre libre. — Y del concierto de su civili- 
zación, del acordado movimiento de su cultura, surge 
una dominante nota de optimismo, de confianza, de fe, 
que dilata los corazones impulsándolos al porvenir ba- 


120 


jo la sugestión de una esperanza terca y arrogante; la 
nota del Excelsior y el Salmo de la vida con que sus 
poetas han señalado el infalible bálsamo contra toda 
amargura en la filosofía del esfuerzo y de la acción. 

Su grandeza titánica se impone así, aun á los más 
prevenidos por las enormes desproporciones de su ca- 
rácter ó por las violencias recientes de su historia. Y 
por mi parte, ya veis que, aunque no les amo, les admi- 
ro. Les admiro, en primer término, por su formidable 
capacidad de querer, y me inclino ante "la escuela de 
voluntad y de trabajo” que — como de sus progenito- 
res nacionales dijo Philaréte-Chasles — ellos han ins- 
tituido. 

En el principio la acción era. Con estas célebres 
palabras del "Fausto” podría empezar un futuro histo- 
riador de la poderosa república, el Génesis, aun no 
concluido, de su existencia nacional. Su genio podría 
definirse, como el universo de los dinamistas, la fuerza 
en movimiento. Tiene, ante todo y sobre todo, la capa- 
cidad, el entusiasmo, la vocación dichosa de la acción. 
La voluntad es el cincel que ha esculpido á ese pueblo 
en dura piedra. Sus relieves característicos son dos ma- 
nifestaciones del poder de la voluntad: la originalidad 
y la audacia. Su historia es, toda ella, el arrebato de 
una actividad viril. Su personaje representativo se lla- 
ma Yo quiero, como el "super-hombre” de Nietzsche. — 
Si algo le salva colectivamente de la vulgaridad, es ese 
extraordinario alarde de energía que lleva á todas par- 


121 


tes y con el que imprime cierto carácter de épica gran- 
deza aun á las luchas del interés y de la vida material. 
Así de los especuladores de Chicago y de Mineápolis, 
ha dicho Paul Bourget que son á la manera de comba- 
tientes heroicos en los cuales la aptitud para el ataque 
y la defensa es comparable á la de un grognard del 
gran Emperador. — Y esta energía suprema con la que 
el genio norteamericano parece obtener — hipnotiza- 
dor audaz — el adormecimiento y la sugestión de los 
hados, suele encontrarse aun en las particularidades 
que se nos presentan como excepcionales y divergentes, 
de aquella civilización. Nadie negará que Edgard Poe 
es una individualidad anómala y rebelde dentro de su 
pueblo. Su alma escogida representa una partícula in- 
asimilable del alma nacional, que no en vano se agitó 
entre las otras con la sensación de una soledad infinita. 
Y sin embargo, la nota fundamental — que Baudelaire 
ha señalado profundamente — en el carácter de los 
héroes de Poe, es, todavía, el temple sobrehumano, la 
indómita resistencia de la voluntad. Cuando ideó á Li- 
geia, la más misteriosa y adorable de sus criaturas, Poe 
simbolizó en la luz inextinguible de sus ojos, el himno 
de triunfo de la Voluntad sobre la Muerte. 

Adquirido, con el sincero reconocimiento de cuan- 
to hay de luminoso y grande en el genio de la pode- 
rosa nación, el derecho de completar respecto á él la 
fórmula de la justicia, una cuestión llena de interés pi- 
de expresarse. — ¿Realiza aquella sociedad, ó tiende á 


122 


realizar, por lo menos, la idea de la conducta racional 
que cumple á las legítimas exigencias del espíritu, á la 
dignidad intelectual y moral de nuestra civilización? 
— ¿Es en ella donde hemos de señalar la más aproxi- 
mada imagen de nuestra "ciudad perfecta ? Esa fe- 
bricitante inquietud que parece centuplicar en su seno 
el movimiento y la intensidad de la vida, ¿tiene un ob- 
jeto capaz de merecerla y un estímulo bastante para 
justificarla? 

Herbert Spencer, formulando con noble sinceri- 
dad su saludo á la democracia de America en un ban- 
quete de Nueva York, señalaba el rasgo fundamental 
de la vida de los norteamericanos, en esa misma des- 
bordada inquietud que se manifiesta por la pasión in- 
finita del trabajo y la porfía de la expansión material 
en todas sus formas. Y observaba después que, en tan 
exclusivo predominio de la actividad subordinada á los 
propósitos inmediatos de la utilidad, se revelaba una 
concepción de la existencia, tolerable sin duda como 
carácter provisional de una civilización, como tarea 
preliminar de una cultura, pero que urgía ya rectificar, 
puesto que tendía á convertir el trabajo utilitario en 
fin y objeto supremo de la vida, cuando él en ningún 
caso puede significar racionalmente sino la acumula- 
ción de los elementos propios para hacer posible el to- 
tal y armonioso desenvolvimiento de nuestro sér. 
Spencer agregaba que era necesario predicar á los nor- 
teamericanos el Evangelio del descanso ó el recreo; é 


123 


identificando nosotros la más noble significación de es- 
tas palabras con la del ocio tal cual lo dignificaban los 
antiguos moralistas, clasificaremos dentro del Evange- 
lio en que debe iniciarse á aquellos trabajadores sin 
reposo, toda preocupación ideal, todo desinteresado 
empleo de las horas, todo objeto de meditación levan- 
tado sobre la finalidad inmediata de la utilidad. 

La vida norteamericana describe efectivamente ese 
círculo vicioso que Pascal señalaba en la anhelante per- 
secución del bienestar, cuando él no tiene su fin fuera 
de sí mismo. Su prosperidad es tan grande como su im- 
posibilidad de satisfacer á una mediana concepción del 
destino humano. Obra titánica, por la enorme tensión 
de voluntad que representa, y por sus triunfos inaudi- 
tos en todas las esferas del engrandecimiento material, 
es indudable que aquella civilización produce en su 
conjunto una singular impresión de insuficiencia y de 
vacío. Y es que si, con el derecho que da la historia de 
treinta siglos de evolución presididos por la dignidad 
del espíritu clásico y del espíritu cristiano, se pregunta 
cuál es en ella el principio dirigente, cuál su substratum 
ideal, cuál el propósito ulterior á la inmediata preocu- 
pación de los intereses positivos que estremecen aque- 
lla masa formidable, sólo se encontrará, como fórmula 
del ideal definitivo, la misma absoluta preocupación 
del triunfo material. — Huérfano de tradiciones muy 
hondas que le orienten, ese pueblo no ha sabido subs- 
tituir la idealidad inspiradora del pasado con una alta 


124 


y desinteresada concepción del porvenir. Vive para la 
realidad inmediata, del presente, y por ello subordina 
toda su actividad al egoísmo del bienestar personal y 
colectivo. — De la suma de los elementos de su riqueza 
y su poder podría decirse lo que el autor de Mensonges 
de la inteligencia del marqués de Norbert que figura 
en uno de sus libros: es un monte de leña al cual no se 
ha hallado modo de dar fuego. Falta la chispa eficaz 
que haga levantarse la llama de un ideal vivificante é 
inquieto, sobre el copioso combustible. — Ni siquiera 
el egoísmo nacional, á falta de más altos impulsos; ni 
siquiera el exclusivismo y el orgullo de raza, que son 
los que transfiguran y engrandecen, en la antigüedad, 
la prosaica dureza de la vida de Roma, pueden tener 
vislumbres de idealidad y de hermosura en un pueblo 
donde la confusión cosmopolita y el atomismo de una 
mal entendida democracia impiden la formación de 
una verdadera conciencia nacional. 

Diríase que el positivismo genial de la Metrópoli 
ha sufrido, al transmitirse á sus emancipados hijos de 
América, una destilación que le priva de todos los ele- 
mentos de idealidad que le templaban, reduciéndole, 
en realidad, á la crudeza que, en las exageraciones de 
la pasión ó de la sátira, ha podido atribuirse al positi- 
vismo de Inglaterra. — El espíritu inglés, bajo la áspe- 
ra corteza de utilitarismo, bajo la indiferencia mercan- 
til, bajo la severidad puritana, esconde, á no dudarlo, 
una virtualidad poética escogida, y un profundo vene- 


125 


ro de sensibilidad, el cual revela, en sentir de Taine, 
que el fondo primitivo, el fondo germánico de aquella 
raza, modificada luego por la presión de la conquista 
y por el hábito de la actividad comercial, fué una ex- 
traordinaria exaltación del sentimiento. El espíritu 
americano no ha recibido en herencia ese instinto poé- 
tico ancestral, que brota, como surgente límpida, del 
seno de la roca británica, cuando es el Moisés de un 
arte delicado quien la toca. El pueblo inglés tiene, en 
la institución de su aristocracia, — por anacrónica é 
injusta que ella sea bajo el aspecto del derecho polí- 
tico, — un alto é inexpugnable baluarte que oponer al 
mercantilismo ambiente y á la prosa ínvasora; tan alto 
é inexpugnable baluarte que es el mismo Taine quien 
asegura que desde los tiempos de las ciudades griegas, 
no presentaba la historia ejemplo de una condición de 
vida más propia para formar y enaltecer el sentimiento 
de la nobleza humana. En el ambiente de la democra- 
cia de América, el espíritu de vulgaridad no halla ante 
sí relieves inaccesibles para su fuerza de ascensión, y se 
extiende y propaga como sobre la llaneza de una pam- 
pa infinita. 

Sensibilidad, inteligencia, costumbres, — todo es- 
tá caracterizado, en el enorme pueblo, por una radical 
ineptitud de selección, que mantiene, junto al orden 
mecánico de su actividad material y de su vida política, 
un profundo desorden en todo lo que pertenece al do- 
minio de las facultades ideales. — Fáciles son de seguir 


126 


las manifestaciones de esta ineptitud, partiendo de las 
más exteriores y aparentes, para llegar después á otras 
más esenciales y más íntimas. — Pródigo de sus rique- 
zas — porque en su codicia no entra, según acertada- 
mente se ha dicho, ninguna parte de Harpagón, — el 
norteamericano ha logrado adquirir con ellas, plena- 
mente, la satisfacción y la vanidad de la magnificencia 
suntuaria; pero no ha logrado adquirir la nota escogi- 
da del buen gusto. El arte verdadero sólo ha podido 
existir, en tal ambiente, á título de rebelión individual. 
Emerson, Poe, son allí como los ejemplares de una fau- 
na expulsada de su verdadero medio por el rigor de 
una catástrofe geológica. — Habla Bourget, en Outre 
mer, del acento concentrado y solemne con que la pa- 
labra arte vibra en los labios de los norteamericanos 
que ha halagado el favor de la fortuna; de esos recios 
y acrisolados héroes del self-help, que aspiran á coro- 
nar, con la asimilación de todos los refinamientos hu- 
manos, la obra de su encumbramiento reñido. Pero 
nunca les ha sido dado concebir esa divina actividad 
que nombran con énfasis, sino como un nuevo motivo 
de satisfacerse su inquietud invasora y como un trofeo 
de su vanidad. La ignoran, en lo que ella tiene de des- 
interesado y de escogido; la ignoran, á despecho de la 
munificencia con que la fortuna individual suele em- 
plearse en estimular la formación de un delicado sen- 
tido de belleza; á despecho de la esplendidez de los mu- 
seos y las exposiciones con que se ufanan sus ciudades; 


127 


á despecho de las montañas de mármol y de bronce que 
han esculpido para las estatuas de sus plazas públicas. 
Y si con su nombre hubiera de caracterizarse alguna 
vez un gusto de arte, él no podría ser otro que el que 
envuelve la negación del arte mismo: la brutalidad del 
efecto rebuscado, el desconocimiento de todo tono sua- 
ve y de toda manera exquisita, el culto de una falsa 
grandeza, el sensacionismo que excluye la noble sere- 
nidad inconciliable con el apresuramiento de una vida 
febril. 

La idealidad de lo hermoso no apasiona al descen- 
diente de los austeros puritanos. Tampoco le apasiona 
la idealidad de lo verdadero. Menosprecia todo ejer- 
cicio del pensamiento que prescinda de una inmediata 
finalidad, por vano é infecundo. No le lleva á la cien- 
cia un desinteresado anhelo de verdad, ni se ha mani- 
festado ningún caso capaz de amarla por sí misma. La 
investigación no es para el sino el antecedente de la 
aplicación utilitaria. — Sus gloriosos empeños por di- 
fundir los beneficios de la educación popular, están 
inspirados en el noble proposito de comunicar los ele- 
mentos fundamentales del saber al mayor número; pero 
no nos revelan que, al mismo tiempo que de ese acre- 
centamiento extensivo de la educación, se preocupe de 
seleccionarla y elevarla, para auxiliar el esfuerzo de 
las superioridades que ambicionen erguirse sobre la ge- 
neral mediocridad. Así, el resultado de su porfiada 
guerra á la ignorancia, ha sido la semi-cultura univer- 


128 


sal y una profunda languidez de la alta cultura. — En 
igual proporción que la ignorancia radical, disminu- 
yen en el ambiente de esa gigantesca democracia, la 
superior sabiduría y el genio. He ahí porqué la historia 
de su actividad pensadora es una progresión decreciente 
de brillo y de originalidad. Mientras en el período de 
la independencia y la organización surgen para repre- 
sentar, lo mismo el pensamiento que la voluntad de 
aquel pueblo, muchos nombres ilustres, medio siglo 
más tarde Tocqueville puede observar, respecto á ellos, 
que los dioses se van. Cuando escribió Tocqueville su 
obra maestra, aun irradiaba, sin embargo, desde Bos- 
ton, la cindadela puritana, la ciudad de las doctas tra- 
diciones, una gloriosa pléyada que tiene en la historia 
intelectual de este siglo la magnitud de la universali- 
dad. — ¿Quiénes han recogido después la herencia de 
Chánning, de Emerson, de Poe? — La nivelación me- 
socrática, apresurando su obra desoladora, tiende á des- 
vanecer el poco carácter que quedaba á aquella preca- 
ria intelectualidad. Las alas de sus libros ha tiempo que 
no llegan á la altura en que sería universalmente posi- 
ble divisarlos. Y hoy, la más genuina representación 
del gusto norteamericano, en punto á letras, está en los 
lienzos grises de un diarismo que no hace pensar en el 
que un día suministró los materiales de El Federalista! 

Con relación á los sentimientos morales, el im- 
pulso mecánico del utilitarismo ha encontrado el resorte 
moderador de una fuerte tradición religiosa. Pero no 


129 


por eso debe creerse que ha cedido la dirección de la 
conducta á un verdadero principio de desinterés. — La 
religiosidad de los americanos, como derivación extre- 
mada de la inglesa, no es más que una fuerza auxilia- 
toria de la legislación penal, que evacuaría su puesto 
el día que fuera posible dar á la moral utilitaria la au- 
toridad religiosa que ambicionaba darle Stuart Mili. — 
La más elevada cúspide de su moral es la moral de 
Franklin: — Una filosofía de la conducta, que halla 
su término en lo mediocre de la honestidad, en la uti- 
lidad de la prudencia; de cuyo seno no surgirán jamás 
ni la santidad, ni el heroísmo; y que, sólo apta para 
prestar á la conciencia, en los caminos normales de la 
vida, el apoyo del bastón de manzano con que marcha- 
ba habitualmente su propagador, no es más que un 
leño frágil cuando se trata de subir las altas pendien- 
tes. — Tal es la suprema cumbre; pero es en los valles 
donde hay que buscar la realidad. Aun cuando el cri- 
terio moral no hubiera de descender más abajo del uti- 
litarismo probo y mesurado de Franklin, el término for- 
zoso — que ya señaló la sagaz observación de Tocque- 
ville — de una sociedad educada en semejante limita- 
ción del deber, sería, no por cierto una de esas deca- 
dencias soberbias y magníficas que dan la medida de 
la satánica hermosura del mal en la disolución de los 
imperios; pero sí una suerte de materialismo pálido y 
mediocre, y en último resultado, el sueño de una ener- 
vación sin brillo, por la silenciosa descomposición de 


130 


todos los resortes de la vida moral. — Allí donde el 
precepto tiende á poner las altas manifestaciones de la 
abnegación y la virtud fuera del dominio de lo obliga- 
torio, la realidad hará retroceder indefinidamente el 
límite de la obligación. — Pero la escuela de la pros- 
peridad material, que será siempre ruda prueba para 
la austeridad de las repúblicas, ha llevado más lejos la 
llaneza de la concepción de la conducta racional que 
hoy gana los espíritus. Al código de Franklin han su- 
cedido otros de más francas tendencias como expresión 
de la sabiduría nacional. Y no hace aún cinco años el 
voto público consagraba en todas las ciudades norte- 
americanas, con las más inequívocas manifestaciones 
de la popularidad y de la crítica, la nueva ley moral 
en que, desde la puritana Boston, anunciaba solemne- 
mente el autor de cierto docto libro que se intitulaba 
Pushing to tbe front (i), que el éxito debía ser consi- 
derado la finalidad suprema de la vida. La revelación 
tuvo eco aun en el seno de las comuniones cristianas, 
y se citó una vez, á propósito del libro afortunado, la 
Imitación de Kémpis, como término de comparación! 

La vida pública no se sustrae, por cierto, á las con- 
secuencias del crecimiento del mismo germen de desor- 
ganización que lleva aquella sociedad en sus entrañas. 
Cualquier mediano observador de sus costumbres po- 
líticas os hablará de cómo la obsesión del interés utili- 


(I) Por M. Orisson Swett Marden. Boston, 1895. 


131 




tario tiende progresivamente á enervar y empequeñe- 
cer en los corazones el sentimiento del derecho. El valor 
cívico, la virtud vieja de los Hámilton, es una hoja de 
acero que se oxida, cada día más, olvidada, entre las te- 
larañas de las tradiciones. La venalidad, que empieza 
desde el voto público, se propaga á todos los resortes 
institucionales. El gobierno de la mediocridad vuelve 
vana la emulación que realza los caracteres y las inte- 
ligencias y que los entona con la perspectiva de la efec- 
tividad de su dominio. La democracia, á la que no han 
sabido dar el regulador de una alta y educadora noción 
de las superioridades humanas, tendió siempre entre 
ellos á esa brutalidad abominable del número que me- 
noscaba los mejores beneficios morales de la libertad y 
anula en la opinión el respeto de la dignidad ajena. 
Hoy, además, una formidable fuerza se levanta á con- 
trastar de la peor manera posible el absolutismo del 
número. La influencia política de una plutocracia re- 
presentada por los todopoderosos aliados de los trusts, 
monopolizadores de la producción y dueños de la vida 
económica, es, sin duda, uno de los rasgos más mere- 
cedores de interés en la actual fisonomía del gran pue- 
blo. La formación de esta plutocracia ha hecho que se 
recuerde, con muy probable oportunidad, el adveni- 
miento de la clase enriquecida y soberbia que, en los 
últimos tiempos de la república romana, es uno de los 
antecedentes visibles de la ruina de la libertad y de la 
tiranía de los Césares. Y el exclusivo cuidado del en- 


132 


grandecimiento material — numen de aquella civili- 
zación — impone así la lógica de sus resultados en la 
vida política, como en todos los órdenes de la activi- 
dad, dando el rango primero al struggle-for-lifer osado 
y astuto, convertido por la brutal eficacia de su esfuerzo 
en la suprema personificación de la energía nacional, 
— en el postulante á su representación emersoniana, — 
en el personaje reinante de Taine! 

Al impulso que precipita aceleradamente la vida 
del espíritu en el sentido de la desorientación ideal y 
el egoísmo utilitario, corresponde, físicamente, ese otro 
impulso, que en la expansión del asombroso crecimien- 
to de aquel pueblo, lleva sus multitudes y sus iniciati- 
vas en dirección á la inmensa zona occidental que, en 
tiempos de la independencia, era el misterio, velado 
por las selvas del Mississipí. En efecto; es en ese impro- 
visado Oeste, que crece formidable frente á los viejos 
estados del Atlántico, y reclama para un cercano por- 
venir la hegemonía, donde está la más fiel representa- 
ción de la vida norteamericana en el actual instante de 
su evolución. Es allí donde los definitivos resultados, 
los lógicos y naturales frutos, del espíritu que ha guia- 
do a la poderosa democracia desde sus orígenes, se 
muestran de relieve a la mirada del observador y le 
proporcionan un punto de partida para imaginarse la 
faz del inmediato futuro del gran pueblo. Al virginia- 
no y al yankee ha sucedido como tipo representativo, 
ese dominador de las ayer desiertas Praderas, refirién- 


133 


dose al cual decía Michel Chevalier, hace medio siglo, 
que ‘'los últimos serían un día los primeros”. El utili- 
tarismo, vacío de todo contenido ideal, la vaguedad cos- 
mopolita, y la nivelación de la democracia bastarda, 
alcanzarán, con él, su último triunfo. — Todo elemento 
noble de aquella civilización; todo lo que la vincula á 
generosos recuerdos y fundamenta su dignidad histó- 
rica, — el legado de los tripulantes del Flor de Mayo, 
la memoria de los patricios de Virginia y de los caba- 
lleros de la Nueva Inglaterra, el espíritu de los ciu- 
dadanos y los legisladores de la emancipación, — que- 
darán dentro de los viejos Estados donde Boston y Fi- 
ladelfia mantiene aún, según expresivamente se ha di- 
cho, "el palládium de la tradición washingtoniana”. 
Chicago se alza á reinar. Y su confianza en la superio- 
ridad que lleva sobre el litoral iniciador del Atlántico, 
se funda en que le considera demasiado reaccionario, 
demasiado europeo, demasiado tradicionalista. La his- 
toria no da títulos cuando el procedimiento de elección 
es la subasta de la púrpura! 

A medida que el utilitarismo genial de aquella ci- 
vilización asume así caracteres más definidos, más 
francos, más estrechos, aumentan, con la embriaguez 
de la prosperidad material, las impaciencias de sus hi- 
jos por propagarla y atribuirle la predestinación de 
un magisterio Romano. — Hoy, ellos aspiran mani- 
fiestamente al primado de la cultura universal, á la di- 
rección de las ideas, y se consideran á sí mismos los for- 


134 


j adores de un tipo de civilización que prevalecerá. 
Aquel discurso semi irónico que Laboulaye pone en bo- 
ca de un escolar de su París americanizado para signi- 
ficar la preponderancia que concedieron siempre en 
el propósito educativo á cuanto favorezca el orgullo del 
sentimiento nacional, tendría toda la seriedad de la 
creencia más sincera en labios de cualquier americano 
viril de nuestros días. En el fondo de su declarado es- 
píritu de rivalidad hacia Europa, hay un menosprecio 
que es ingenuo, y hay la profunda convicción de que 
ellos están destinados á obscurecer, en breve plazo, su 
superioridad espiritual y su gloria, cumpliéndose, una 
vez más, en las evoluciones de la civilización humana, 
la dura ley de los misterios antiguos en que el iniciado 
daba muerte al iniciador. Inútil sería tender á conven- 
cerles de que, aunque la contribución que han llevado 
á los progresos de la libertad y de la utilidad haya sido, 
indudablemente, cuantiosa, y aunque debiera atribuír- 
sele en justicia la significación de una obra universal, 
de una obra humana,, ella es insuficiente para hacer 
transmudarse, en dirección al nuevo Capitolio, el eje 
del mundo. Inútil sería tender á convencerles de que la 
obra realizada por la perseverante genialidad del arya 
europeo, desde que, hace tres mil años, las orillas del 
Mediterráneo, civilizador y glorioso, se ciñeron jubilo- 
samente la guirnalda de las ciudades helénicas; la 
obra que aun continúa realizándose y de cuyas tradi- 
ciones y enseñanzas vivimos, es una suma con la cual 


135 


no puede formar ecuación la fórmula W áshington más 
Edison. Ellos aspirarían á revisar el Génesis para ocu- 
par esa primera página! — Pero además de la relativa 
insuficiencia de la parte que les es dado reivindicar en 
la educación de la humanidad, su carácter mismo les 
niega la posibilidad de la hegemonía. — Naturaleza 
no les ha concedido el genio de la propaganda ni la vo- 
cación apostólica. Carecen de ese dón superior de 
amabilidad — en alto sentido, — de ese extraordina- 
rio poder de simpatía, con que las razas que han sido 
dotadas de un cometido providencial de educación, sa- 
ben hacer de su cultura algo parecido á la belleza de 
la Helena clásica, en la que todos creían reconocer un 
rasgo propio. — Aquella civilización puede abundar, 
ó abunda indudablemente, en sugestiones y en ejem- 
plos fecundos; ella puede inspirar admiración, asom- 
bro, respeto; pero es difícil que cuando el extranjero 
divisa de alta mar su gigantesco símbolo: la Libertad 
de Bartholdi, que yergue triunfalmente su antorcha 
sobre el puerto de Nueva York, se despierte en su áni- 
mo la emoción profunda y religiosa con que el viajero 
antiguo debía ver surgir, en las noches diáfanas del 
Atica, el toque luminoso que la lanza de oro de la Ate- 
nea del Acrópolis dejaba notar á la distancia en la pu- 
reza del ambiente sereno. 

Y advertid que cuando, en nombre de los dere- 
chos del espíritu, niego al utilitarismo norteamericano 
ese carácter típico con que quiere imponérsenos como 


136 




suma y modelo de civilización, no es mi propósito afir- 
mar que la obra realizada por él haya de ser entera- 
mente perdida con relación á los que podríamos llamar 
los intereses del alma. — Sin el brazo que nivela y 
construye, no tendría paz el que sirve de apoyo á la 
noble frente que piensa. Sin la conquista de cierto 
bienestar material es imposible en las sociedades hu- 
manas, el reino del espíritu. Así lo reconoce el mismo 
aristocrático idealismo de Renán, cuando realza, del 
punto de vista de los intereses morales de la especie y 
de su selección espiritual en lo futuro, la significación 
de la obra utilitaria de este siglo. "Elevarse sobre la ne- 
cesidad — agrega el maestro — es redimirse.” — En 
lo remoto del pasado, los efectos de la prosaica é inte- 
resada actividad del mercader que por primera vez 
pone en relación á un pueblo con otros, tienen un in- 
calculable alcance idealizador; puesto que contribuyen 
eficazmente á multiplicar los instrumentos de la inte- 
ligencia, á pulir y suavizar las costumbres, y á hacer 
posibles, quizá, los preceptos de una moral más avan- 
zada. — La misma fuerza positiva aparece propiciando 
las mayores idealidades de la civilización. El oro acu- 
mulado por el mercantilismo de las repúblicas italia- 
nas "pagó — según Saint- Víctor — los gastos del Re- 
nacimiento”. Las naves que volvían de los países de 
Las mil y una noches, colmadas de especias y marfil, 
hicieron posible que Lorenzo de Médicis renovara, en 
las lonjas de los mercaderes florentinos, los convites 


137 


platónicos. — La historia muestra en definitiva una in- 
ducción recíproca entre los progresos de la actividad 
utilitaria y la ideal. Y así como la utilidad suele con- 
vertirse en fuerte escudo para las idealidades, ellas pro- 
vocan con frecuencia (á condición de no proponérselo 
directamente) los resultados de lo útil. Observa Bage- 
hot, por ejemplo, cómo los inmensos beneficios positi- 
vos de la navegación no existirían acaso para la huma- 
nidad, si en las edades primitivas no hubiera habido so- 
ñadores y ociosos — seguramente, mal comprendidos de 
sus contemporáneos! — á quienes interesase la contem- 
plación de lo que pasaba en las esferas del cielo. — Esta 
ley de armonía nos enseña á respetar el brazo que labra 
el duro terruño de la prosa. La obra del positivismo 
norteamericano servirá á la causa de Ariel, en último 
término. Lo que aquel pueblo de cíclopes ha conquis- 
tado directamente para el bienestar material, con su 
sentido de lo útil y su admirable aptitud de la inven- 
ción mecánica, lo convertirán otros pueblos, ó el mismo 
en lo futuro, en eficaces elementos de selección. Así, 
la más preciosa y fundamental de las adquisiciones del 
espíritu, — el alfabeto, que da alas de inmortalidad á 
la palabra, — nace en el seno de las factorías cana- 
neas y es el hallazgo de una civilización mercantil, que, 
al utilizarlo con fines exclusivamente mercenarios, ig- 
noraba que el genio de razas superiores lo transfigu- 
raría convirtiéndole en el medio de propagar su más 
pura y luminosa esencia. La relación entre los bienes 


138 


positivos y los bienes intelectuales y morales, es, pues, 
según la adecuada comparación de Fouillée, un nuevo 
aspecto de la cuestión de la equivalencia de las fuerzas 
que, así como permite transformar el movimiento en 
calórico, permite también obtener, de las ventajas ma- 
teriales, elementos de superioridad espiritual. 

Pero la vida norteamericana no nos ofrece aún un 
nuevo ejemplo de esa relación indudable, ni nos lo 
anuncia como gloria de una posteridad que se vislum- 
bre. — Nuestra confianza y nuestros votos deben incli- 
narse á que, en un porvenir más inaccesible á la infe- 
rencia, esté reservado á aquella civilización un destino 
superior. Por más que, bajo el acicate de su actividad 
vivísima, el breve tiempo que la separa de su aurora 
haya sido bastante para satisfacer el gasto de vida re- 
querido por una evolución inmensa, su pasado y su ac- 
tualidad no pueden ser sino un introito con relación á 
lo futuro. — Todo demuestra que ella está aún muy 
lejana de su fórmula definitiva. La energía asimiladora 
que le ha permitido conservar cierta uniformidad y 
cierto temple genial, á despecho de las enormes inva- 
siones de elementos étnicos opuestos á los que hasta hoy 
han dado el tono á su carácter, tendrá que reñir bata- 
llas cada día más difíciles, y en el utilitarismo pros- 
criptor de toda idealidad no encontrará una inspira- 
ción suficientemente poderosa para mantener la atrac- 
ción del sentimiento solidario. Un pensador ilustre, 
que comparaba al esclavo de las sociedades antiguas 


139 


con una partícula no digerida por el organismo social, 
podría quizá tener una comparación semejante para 
caracterizar la situación de ese fuerte colono de proce- 
dencia germánica que, establecido en los Estados del 
centro y del Far-West, conserva intacta, en su natura- 
leza, en su sociabilidad, en sus costumbres, la impre- 
sión del genio alemán, que, en muchas de sus condi- 
ciones características más profundas y enérgicas, debe 
ser considerado una verdadera antítesis del genio ame- 
ricano. — Por otra parte, una civilización que esté des- 
tinada á vivir y á dilatarse en el mundo; una civiliza- 
ción que no haya perdido, momificándose, á la ma- 
nera de los imperios asiáticos, la aptitud de la varia- 
bilidad, no puede prolongar indefinidamente la direc- 
ción de sus energías y de sus ideas en un único y exclu- 
sivo sentido. Esperemos que el espíritu de aquel titá- 
nico organismo social, que ha sido hasta hoy voluntad 
y utilidad solamente, sea también algún día inteligen- 
cia, sentimiento, idealidad. Esperemos que, de la enor- 
me fragua, surgirá, en último resultado, el ejemplar 
humano, generoso, armónico, selecto, que Spencer, en 
un ya citado discurso, creía poder augurar como tér- 
mino del costoso proceso de refundición. Pero no le 
busquemos, ni en la realidad presente de aquel pueblo, 
ni en la perspectiva de sus evoluciones inmediatas; y 
renunciemos á ver el tipo de una civilización ejemplar 
donde sólo existe un boceto tosco y enorme, que aun 
pasará necesariamente por muchas rectificaciones su- 


14o 


cesivas, antes de adquirir la serena y firme actitud con 
que los pueblos que han alcanzado un perfecto desen- 
volvimiento de su genio presiden al glorioso corona- 
miento de su obra, como en el sueño del cóndor que 
Leconte de Lisie ha descrito con su soberbia majestad, 
terminando, en olímpico sosiego, la ascención pode- 
rosa, más arriba de las cumbres de la Cordillera! 


141 








A nte la posteridad, ante la historia, todo 
gran pueblo debe aparecer como una 
vegetación cuyo desenvolvimiento ha 
^ tendido armoniosamente á producir un 
fruto en el que su savia acrisolada ofrece al porvenir 
la idealidad de su fragancia y la fecundidad de su si- 
miente. — Sin este resultado duradero, humano, levan- 
tado sobre la finalidad transitoria de lo útil, el poder y 
la grandeza de los imperios no son más que una noche 



de sueño en la existencia de la humanidad; porque, 
como las visiones personales del sueño, no merecen con- 
tarse en el encadenamiento de los hechos que forman 
la trama activa de la vida. 

Gran civilización, gran pueblo, — en la acepción 
que tiene valor para la historia, — son aquellos que, 
al desaparecer materialmente en el tiempo, dejan vi- 
brante para siempre la melodía surgida de su espíritu 
y hacen persistir en la posteridad su legado imperece- 
dero — según dijo Carlyle del alma de sus "héroes”: 
— como una nueva y divina porción de la suma de las 
cosas. Tal, en el poema de Goethe, cuando la Elena 
evocada del reino de la noche vuelve á descender al 
Orco sombrío, deja á Fausto su túnica y su velo. Estas 
vestiduras no son la misma deidad; pero participan, 
habiéndolas llevado ella consigo, de su alteza divina, 
y tienen la virtud de elevar á quien las posee por enci- 
ma de las cosas vulgares. 

Una sociedad definitivamente organizada que li- 
mite su idea de la civilización á acumular abundantes 
elementos de prosperidad, y su idea de la justicia á dis- 
tribuirlos equitativamente entre los asociados, no hará 
de las ciudades donde habite nada que sea distinto, por 
esencia, del hormiguero ó la colmena. No son bastan- 
tes, ciudades populosas, opulentas, magníficas, para 
probar la constancia y la intensidad de una civilización. 
La gran ciudad es, sin duda, un organismo necesario de 
la alta cultura. Es el ambiente natural de las más altas 


144 


manifestaciones del espíritu. No sin razón ha dicho 
Quinet que "el alma que acude á beber fuerzas y ener- 
gías en la íntima comunicación con el linaje humano, 
esa alma que constituye al grande hombre, no puede 
formarse y dilatarse en medio de los pequeños partidos 
de una ciudad pequeña”. — Pero así la grandeza cuan- 
titativa de la población como la grandeza material de 
sus instrumentos, de sus armas, de sus habitaciones, son 
sólo medios del genio civilizador, y en ningún caso re- 
sultados en los que él pueda detenerse. — De las pie- 
dras que compusieron á Cartago, no dura una partí- 
cula transfigurada en espíritu y en luz. La inmensidad 
de Babilonia y de Ni ni ve no representa en la memoria 
de la humanidad el hueco de una mano si se la com- 
para con el espacio que va desde la Acrópolis al Pirco. 
— Hay una perspectiva ideal en la que la ciudad no 
aparece grande sólo porque prometa ocupar el área in- 
mensa que había edificada en torno á la torre de Nem- 
rod; ni aparece fuerte sólo porque sea capaz de levan- 
tar de nuevo ante sí los muros babilónicos sobre los que 
era posible hacer pasar seis carros de frente; ni aparece 
hermosa sólo porque, como Babilonia, luzca en los pa- 
ramentos de sus palacios losas de alabastro y se enguir- 
nalde con los jardines de Semíramis. 

Grande es en esa perspectiva la ciudad, cuando los 
arrabales de su espíritu alcanzan más allá de las cum- 
bres y los mares, y cuando, pronunciado su nombre, 
ha de iluminarse para la posteridad toda una jornada 


145 


de la historia humana, todo un horizonte del tiempo. 
La ciudad es fuerte y hermosa cuando sus días son algo 
más que la invariable repetición de un mismo eco, re- 
flejándose indefinidamente de uno en otro círculo de 
una eterna espiral; cuando hay algo en ella que flota 
por encima de la muchedumbre; cuando entre las lu- 
ces que se encienden durante sus noches está la lámpa- 
ra que acompaña la soledad de la vigilia inquietada 
por el pensamiento y en la que se incuba la idea que ha 
de surgir al sol del otro día convertida en el grito que 
congrega y la fuerza que conduce las almas. 

Entonces sólo, la extensión y la grandeza material 
de la ciudad pueden dar la medida para calcular la in- 
tensidad de su civilización. — Ciudades regias, sober- 
bias aglomeraciones de casas, son para el pensamiento 
un cauce más inadecuado que la absoluta soledad del 
desierto, cuando el pensamiento no es el señor que las 
domina. — Leyendo el Maud de Ténnyson, hallé una 
página que podría ser el símbolo de este tormento del 
espíritu allí donde la sociedad humana es para él un 
género de soledad. — Presa de angustioso delirio, el 
héroe del poema se sueña muerto y sepultado, á pocos 
pies dentro de tierra, bajo el pavimento de una calle de 
Londres. A pesar de la muerte, su conciencia perma- 
nece adherida á los fríos despojos de su cuerpo. El cla- 
mor confuso de la calle, propagándose en sorda vibra- 
ción hasta la estrecha cavidad de la tumba, impide en 
ella todo sueño de paz. El peso de la multitud indife- 


146 


rente gravita á toda hora sobre la triste prisión de aquel 
espíritu, y los cascos de los caballos que pasan parecen 
empeñarse en estampar sobre él un sello de oprobio. 
Los días se suceden con lentitud inexorable. La aspira- 
ción de Maud consistiría en hundirse más dentro, mu- 
cho más dentro, de la tierra. El ruido ininteligente del 
tumulto sólo sirve para mantener en su conciencia des- 
velada el pensamiento de su cautividad. 

Existen ya, en nuestra América latina, ciudades 
cuya grandeza material y cuya suma de civilización 
aparente, las acercan con acelerado paso á participar 
del primer rango en el mundo. Es necesario temer que 
el pensamiento sereno que se aproxime á golpear so- 
bre las exterioridades fastuosas, como sobre un cerra- 
do vaso de bronce, sienta el ruido desconsolador del 
vacío. Necesario es temer, por ejemplo, que ciudades 
cuyo nombre fué un glorioso símbolo en América; que 
tuvieron á Moreno, á Rivadavia, á Sarmiento; que lle- 
varon la iniciativa de una inmortal Revolución; ciuda- 
des que hicieron dilatarse por toda la extensión de un 
continente, como en el armonioso desenvolvimiento de 
las ondas concéntricas que levanta el golpe de la pie- 
dra sobre el agua dormida, la gloria de sus héroes y la 
palabra de sus tribunas, — puedan terminar en Sidón, 
en Tiro, en Cartago. 

A vuestra generación toca impedirlo; á la juven- 
tud que se levanta, sangre y músculo y nervio del por- 
venir. Quiero considerarla personificada en vosotros. 


147 


Os hablo ahora figurándome que sois los destinados á 
guiar á los demás en los combates por la causa del es- 
píritu. La perseverancia de vuestro esfuerzo debe iden- 
tificarse en vuestra intimidad con la certeza del triun- 
fo. No desmayéis en predicar el Evangelio de la delica- 
deza á los escitas, el Evangelio de la inteligencia á los 
beocios, el Evangelio del desinterés á los fenicios. 

Basta que el pensamiento insista en ser, — en de- 
mostrar que existe, con la demostración que daba Dió- 
genes del movimiento, — para que su dilatación sea 
ineluctable y para que su triunfo sea seguro. 

El pensamiento se conquistará, palmo á palmo, 
por su propia espontaneidad, todo el espacio de que 
necesite para afirmar y consolidar su reino, entre las 
demás manifestaciones de la vida. — Él, en la organi- 
zación individual, levanta y engrandece, con su acti- 
vidad continuada, la bóveda del cráneo que le contiene. 
Las razas pensadoras revelan, en la capacidad creciente 
de sus cráneos, ese empuje del obrero interior. — Él, 
en la organización social, sabrá también engrandecer 
la capacidad de su escenario, sin necesidad de que para 
ello intervenga ninguna fuerza ajena á él mismo. — 
Pero tal persuación que debe defenderos de un desa- 
liento cuya única utilidad consistiría en eliminar á los 
mediocres y los pequeños, de la lucha, debe preserva- 
ros también de las impaciencias que exigen vanamente 
del tiempo la alteración de su ritmo imperioso. 

Todo el que se consagre á propagar y defender, 


148 


en la América contemporánea, un ideal desinteresado 
del espíritu, — arte, ciencia, moral, sinceridad reli- 
giosa, política de ideas, — debe educar su voluntad en 
el culto perseverante del porvenir. El pasado pertene- 
ció todo entero al brazo que combate; el presente per- 
tenece, casi por completo también, al tosco brazo que 
nivela y construye; el porvenir — un porvenir tanto 
más cercano cuanto más enérgicos sean la voluntad y 
el pensamiento de los que le ansian — ofrecerá, para 
el desenvolvimiento de superiores facultades del alma, 
la estabilidad, el escenario y el ambiente. 

¿No la veréis vosotros, la América que nosotros 
soñamos; hospitalaria para las cosas del espíritu, y no 
tan sólo para las muchedumbres que se amparen á ella; 
pensadora, sin menoscabo de su aptitud para la acción; 
serena y firme á pesar de sus entusiasmos generosos; 
resplandeciente con el encanto de una seriedad tem- 
prana y suave, como la que realza la expresión de un 
rostro infantil cuando en él se revela, al través de la 
gracia intacta que fulgura, el pensamiento inquieto 
que despierta? ... — Pensad en ella á lo menos; el 
honor de vuestra historia futura depende de que ten- 
gáis constantemente ante los ojos del alma la visión 
de esa América regenerada, cerniéndose de lo alto so- 
bre las realidades del presente, como en la nave gótica 
el vasto rosetón que arde en luz sobre lo austero de los 
muros sombríos. — No seréis sus fundadores, quizá; 
seréis los precursores que inmediatamente la precedan. 


149 


En las sanciones glorificadoras del futuro hay también 
palmas para el recuerdo de los precursores. Edgard 
Quinet, que tan profundamente ha penetrado en las ar- 
monías de la historia y la naturaleza, observa que para 
preparar el advenimiento de un nuevo tipo humano, 
de una nueva unidad social, de una personificación 
nueva de la civilización, suele precederles de lejos un 
grupo disperso y prematuro, cuyo papel es análogo en 
la vida de las sociedades al de las especies prof éticas de 
que á propósito de la evolución biológica habla Héer. 
El tipo nuevo empieza por significar, apenas, diferen- 
cias individuales y aisladas; los individualismos se or- 
ganizan más tarde en "variedad”; y por último, la va- 
riedad encuentra para propagarse un medio que la fa- 
vorece, y entonces ella asciende quizá al rango especí- 
fico: entonces — digámoslo con las palabras de Qui- 
net — el grupo se hace muchedumbre , y reina. 

He ahí porqué vuestra filosofía moral en el tra- 
bajo y el combate debe ser el reverso del carpe díem 
horaciano; una filosofía que no se adhiera á lo presen- 
te sino como al peldaño donde afirmar el pie ó como á 
la brecha por donde entrar en muros enemigos. No 
aspiraréis, en lo inmediato, á la consagración de la 
victoria definitiva, sino á procuraros mejores condi- 
ciones de lucha. Vuestra energía viril tendrá con ello 
un estímulo más poderoso; puesto que hay la virtuali- 
dad de un interés dramático mayor, en el desempeño 
de ese papel, activo esencialmente, de renovación y de 


150 


conquista, propio para acrisolar las fuerzas de una ge- 
neración heroicamente dotada, que en la serena y olím- 
pica actitud que suelen las edades de oro del espíritu 
imponer á los oficiantes solemnes de su gloria. — "No 
es la posesión de los bienes, — ha dicho profundamen- 
te Taine, hablando de las alegrías del Renacimiento; 
— no es la posesión de bienes, sino su adquisición, lo 
que da á los hombres el placer y el sentimiento de su 
fuerza”. 

Acaso sea atrevida y candorosa esperanza creer en 
un aceleramiento tan continuo y dichoso de la evolu- 
ción, en una eficacia tal de vuestro esfuerzo, que baste 
el tiempo concedido á la duración de una generación 
humana para llevar en América las condiciones de la 
vida intelectual, desde la incipiencia en que las tenemos 
ahora, á la categoría de un verdadero interés social y 
á una cumbre que de veras domine. — Pero, donde no 
cabe la transformación total, cabe el progreso; y aun 
cuando supierais que las primicias del suelo penosa- 
mente trabajado, no habrían de servirse en vuestra me- 
sa jamás, ello sería, si sois generosos, si sois fuertes, un 
nuevo estímulo en la intimidad de vuestra conciencia. 
La obra mejor es la que se realiza sin las impaciencias 
del éxito inmediato; y el más glorioso esfuerzo es el 
que pone la esperanza más allá del horizonte visible; y 
la abnegación más pura es la que se niega en lo presen- 
te, no ya la compensación del lauro y el honor ruidoso, 
sino aun la voluptuosidad moral que se solaza en la 


151 


contemplación de la obra consumada y el término se- 
guro. 

Hubo en la antigüedad altares para los "dioses 
ignorados”. Consagrad una parte de vuestra alma al 
porvenir desconocido. A medida que las sociedades 
avanzan, el pensamiento del porvenir entra por mayor 
parte como uno de los factores de su evolución y una 
de las inspiraciones de sus obras. Desde la imprevisión 
obscura del salvaje, que sólo divisa del futuro lo que 
falta para el terminar de cada período de sol y no con- 
cibe cómo los días que vendrán pueden ser gobernados 
en parte desde el presente, hasta nuestra preocupación 
solícita y previsora de la posteridad, media un espacio 
inmenso, que acaso parezca breve y miserable algún 
día. Sólo somos capaces de progreso en cuanto lo somos 
de adaptar nuestros actos á condiciones cada vez más 
distantes de nosotros, en el espacio y en el tiempo. La 
seguridad de nuestra intervención en una obra que 
haya de sobrevivimos, fructificando en los beneficios 
del futuro, realza nuestra dignidad humana, haciéndo- 
nos triunfar de las limitaciones de nuestra naturaleza. 
Si, por desdicha, la humanidad hubiera de desesperar 
definitivamente de la inmortalidad de la conciencia in- 
dividual, el sentimiento más religioso con que podría 
substituirla sería el que nace de pensar que, aun des- 
pués de disuelta nuestra alma en el seno de las cosas, 
persistiría en la herencia que se transmiten las genera- 
ciones humanas lo mejor de lo que ella ha sentido y ha 


152 


soñado, su esencia más íntima y más pura, al modo co- 
mo el rayo lumínico de la estrella extinguida persiste 
en lo infinito y desciende á acariciarnos con su melan- 
cólica luz. 

El porvenir es en la vida de las sociedades huma- 
nas el pensamiento idealizador por excelencia. De la 
veneración piadosa del pasado, del culto de la tradi- 
ción, por una parte, y por la otra del atrevido impulso 
hacia lo venidero, se compone la noble fuerza que le- 
vantando el espíritu colectivo sobre las limitaciones del 
presente, comunica á las agitaciones y los sentimientos 
sociales un sentido ideal. Los hombres y los pueblos 
trabajan, en sentir de Fouillée, bajo la inspiración de 
las ideas, como los irracionales bajo la inspiración de 
los instintos; y la sociedad que lucha y se esfuerza, á ve- 
ces sin saberlo, por imponer una idea á la realidad, 
imita, según el mismo pensador, la obra instintiva del 
pájaro que, al construir el nido bajo el imperio de una 
imagen interna que le obsede, obedece á la vez á un 
recuerdo inconsciente del pasado y á un presentimiento 
misterioso del porvenir. 

Eliminando la sugestión del interés egoísta, de las 
almas, el pensamiento inspirado en la preocupación 
por destinos ulteriores á nuestra vida, todo lo purifica 
y serena, todo lo ennoblece; y es un alto honor de nues- 
tro siglo el que la fuerza obligatoria de esa preocupa- 
ción por lo futuro, el sentimiento de esa elevada impo- 
sición de la dignidad del sér racional, se hayan maní- 


153 


festado tan claramente en él, que aun en el seno del 
más absoluto pesimismo, aun en el seno de la amarga 
filosofía que ha traído á la civilización occidental, den- 
tro del loto de Oriente, el amor de la disolución y la 
nada, la voz de Hártmann ha predicado, con la apa- 
riencia de la lógica, el austero deber de continuar la 
obra del perfeccionamiento, de trabajar en beneficio 
del porvenir, para que, acelerada la evolución por el 
esfuerzo de los hombres, llegue ella con más rápido 
impulso á su término final, que será el término de todo 
dolor y toda vida. 

Pero no, como Hártmann, en nombre de la muer- 
te, sino en el de la vida misma y la esperanza, yo os 
pido una parte de vuestra alma para la obra del futu- 
ro. — Para pedíroslo, he querido inspirarme en la ima- 
gen dulce y serena de mi Ariel. — El bondadoso genio 
en quien Shakespeare acertó á infundir, quizá con la 
divina inconsciencia frecuente en las adivinaciones ge- 
niales, tan alto simbolismo, manifiesta claramente en 
la estatua su significación ideal, admirablemente tra- 
ducida por el arte en líneas y contornos. Ariel es la ra- 
zón y el sentimiento superior. Ariel es este sublime 
instinto de perfectibilidad, por cuya virtud se magnifi- 
ca y convierte en centro de las cosas, la arcilla humana 
á la que vive vinculada su luz, — la miserable arcilla 
de que los genios de Arimanes hablaban á Manfredo. 
Ariel es, para la naturaleza, el excelso coronamiento de 
su obra, que hace terminarse el proceso de ascensión de 


154 


las formas organizadas, con la llamarada del espíritu. 
Ariel triunfante, significa idealidad y orden en la vida, 
noble inspiración en el pensamiento, desinterés en mo- 
ral, buen gusto en arte, heroísmo en la acción, delica- 
deza en las costumbres. — Él es el héroe epónimo en la 
epopeya de la especie; él es el inmortal protagonista; 
desde que con su presencia inspiró los débiles esfuerzos 
de racionalidad del hombre prehistórico, cuando por 
primera vez dobló la frente obscura para labrar el pe- 
dernal ó dibujar una grosera imagen en los huesos de 
reno; desde que con sus alas avivó la hoguera sagrada 
que el arya primitivo, progenitor de los pueblos civili- 
zadores, amigo de la luz, encendía en el misterio de las 
selvas del Ganges, para forjar con su fuego divino el 
cetro de la majestad humana, — hasta que, dentro ya 
de las razas superiores, se cierne, deslumbrante, sobre 
las almas que han extralimitado las cimas naturales de 
la humanidad; lo mismo sobre los héroes del pensa- 
miento y el ensueño que sobre los de la acción y el sa- 
crificio; lo mismo sobre Platón en el promontorio de 
Súnium, que sobre San Francisco de Asís en la soledad 
de Monte Albernia. — Su fuerza incontrastable tiene 
por impulso todo el movimiento ascendente de la vida. 
Vencido una y mil veces por la indomable rebelión de 
Calibán, proscripto por la barbarie vencedora, asfixia- 
do en el humo de las batallas, manchadas las alas trans- 
parentes al rozar el "eterno estercolero de Job”, Ariel 
resurge inmortalmente, Ariel recobra su juventud y su 


155 


hermosura, y acude ágil, como al mandato de Próspe- 
ro, al llamado de cuantos le aman é invocan en la rea- 
lidad. Su benéfico imperio alcanza, á veces, aun á los 
que le niegan y le desconocen. Él dirige á menudo las 
fuerzas ciegas del mal y la barbarie para que concu- 
rran, como las otras, á la obra del bien. Él cruzará la 
historia humana, entonando, como en el drama de Sha- 
kespeare, su canción melodiosa, para animar á los que 
trabajan y á los que luchan, hasta que el cumplimiento 
del plan ignorado á que obedece, le permita — cual se 
liberta, en el drama, del servicio de Próspero, — rom- 
per sus lazos materiales y volver para siempre al centro 
de su lumbre divina. 

Aun más que para mi palabra, yo exijo de vos- 
otros un dulce é indeleble recuerdo para mi estatua de 
Ariel. Yo quiero que la imagen leve y graciosa de este 
bronce se imprima desde ahora en la más segura inti- 
midad de vuestro espíritu. — Recuerdo que una vez 
que observaba el monetario de un museo, provocó mi 
atención en la leyenda de una vieja moneda la palabra 
Esperanza, medio borrada sobre la palidez decrépita 
del oro. Considerando la apagada inscripción, yo medi- 
taba en la posible realidad de su influencia. ¿‘Quién 
sabe qué activa y noble parte sería justo atribuir, en la 
formación del carácter y en la vida de algunas genera- 
ciones humanas, á ese lema sencillo actuando sobre los 
ánimos como una insistente sugestión? ¿‘Quién sabe 
cuántas vacilantes alegrías persistieron, cuántas gene- 


156 


rosas empresas maduraron, cuántos fatales propósitos 
se desvanecieron, al chocar las miradas con la palabra 
alentadora, impresa, como un gráfico grito, sobre el 
disco metálico que circuló de mano en mano? . . . Pue- 
da la imagen de este bronce — troquelados vuestros 
corazones con ella — desempeñar en vuestra vida el 
mismo inaparente pero decisivo papel. Pueda ella, en 
las horas sin luz del desaliento, reanimar en vuestra 
conciencia el entusiasmo por el ideal vacilante, devol- 
ver á vuestro corazón el calor de la esperanza perdida. 
Afirmado primero en el baluarte de vuestra vida inte- 
rior, Ariel se lanzará desde allí a la conquista de las 
almas. Yo le veo, en el porvenir, sonriéndoos con gra- 
titud, desde lo alto, al sumergirse en la sombra vuestro 
espíritu. Yo creo en vuestra voluntad, en vuestro es- 
fuerzo; y más aún, en los de aquellos á quienes daréis 
la vida y transmitiréis vuestra obra. Yo suelo embria- 
garme con el sueño del día en que las cosas reales harán 
pensar que la Cordillera que se yergue sobre el suelo 
de América ha sido tallada para ser el pedestal defini- 
tivo de esta estatua, para ser el ara inmutable de su 
veneración! 


157 





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A si habló Próspero. — Los jóvenes discípu- 
los se separaron del maestro después 
de haber estrechado su mano con afecto 
. filial. De su suave palabra, iba con 
ellos la persistente vibración en que se prolonga el la- 
mento del cristal herido, en un ambiente sereno. Era 
la última hora de la tarde. Un rayo del moribundo sol 
atravesaba la estancia, en medio de discreta penumbra, 
y tocando la frente de bronce de la estatua, parecía ani- 


mar en los altivos ojos de Ariel la chispa inquieta de 
la vida. Prolongándose luego, el rayo hacía pensar en 
una larga mirada que el genio, prisionero en el bronce, 
enviase sobre el grupo juvenil que se alejaba. — Por 
mucho espacio marchó el grupo en silencio. Al amparo 
de un recogimiento unánime se verificaba en el espí- 
ritu de todos ese fino destilar de la meditación, absorta 
en cosas graves, que un alma santa ha comparado ex- 
quisitamente á la caída lenta y tranquila del rocío so- 
bre el vellón de un cordero. — Cuando el áspero con- 
tacto de la muchedumbre les devolvió á la realidad que 
les rodeaba, era la noche ya. Una cálida y serena noche 
de estío. La gracia y la quietud que ella derramaba de 
su urna de ébano sobre la tierra, triunfaban de la prosa 
flotante sobre las cosas dispuestas por manos de los 
hombres. Sólo estorbaba para el éxtasis la presencia de 
la multitud. Un soplo tibio hacía estremecerse el am- 
biente con lánguido y delicioso abandono, como la co- 
pa trémula en la mano de una bacante. Las sombras, 
sin ennegrecer el cielo purísimo, se limitaban á dar á 
su azul el tono obscuro en que parece expresarse una 
serenidad pensadora. Esmaltándolas, los grandes as- 
tros centelleaban en medio de un cortejo infinito; Al- 
debarán, que ciñe una púrpura de luz; Sirio, como la 
cavidad de un nielado cáliz de plata volcado sobre el 
mundo; el Crucero, cuyos brazos abiertos se tienden so- 
bre el suelo de América como para defender una última 
esperanza. . . 


160 


Y fué entonces, tras el prolongado silencio, cuan- 
do el más joven del grupo, á quien llamaban "Enjolrás” 
por su ensimismamiento reflexivo, dijo, señalando su- 
cesivamente la perezosa ondulación del rebaño humano 
y la radiante hermosura de la noche: 

— Mientras la muchedumbre pasa, yo observo 
que, aunque ella no mira al cielo, el cielo la mira. 
Sobre su masa indiferente y obscura, como tierra del 
surco, algo desciende de lo alto. La vibración de las 
estrellas se parece al movimiento de unas manos de 
sembrador. 



161 



Ariel de José Enrique Rodó, 
se terminó de imprimir en 
Colombino Hnos. Ltda., Pie- 
dras 477, Montevideo, el 
siete de marzo de 1947. 
Las ilustraciones originales 
de Antonio Pena, han sido 
reproducidas en Hueco Off- 
set a dos tintas. De la pre- 
sente edición se tiraron 3.000 
ejemplares; doscientos en pa- 
pel de hilo Van Dyck acre- 
mado, señalados con números 
romanos del I al L, de los 
cuales 8 llevan un dibujo 
original de Antonio Pena; 
150 del 51 al 200 en núme- 
ros arábigos, el resto de 
los ejemplares sin numerar.